DOMINGA.– La casa más importante de la calle Simón Álvarez, en el corazón del barrio La Conchita, fue la número 47, un inmueble de dos pisos que durante mucho tiempo sirvió como centro de operaciones del jefe de la mafia local, Felipe de Jesús Pérez Luna, alias El Ojos, el líder y fundador del Cártel de Tláhuac.
Casi a la medianoche estoy frente a esa casa que alojaba un falso despacho de abogados. Desde ahí El Ojos y sus cómplices controlaban las operaciones de la estructura delictiva que devoró el oriente de la Ciudad de México: ahí ordenaban asesinatos, organizaban secuestros, distribuían drogas y pagaban la nómina que alimentaba a cientos de familias.
“También organizaban posadas, festivales del Día del Niño, daban estufas cada 10 de mayo. Y lo más importante: acá se entregaban las bicitaxis para los que no tenían trabajo, ellos los ponían afuera de la estación Nopalera [Línea 12 del Metro] y los hacían chambear como halcones y vendedores de cristal”, dice mi acompañante, Sebastián, oriundo del barrio, que me lleva en un recorrido en motocicleta por las calles y callejones infranqueables esta noche para los foráneos.
Se volvió tan importante este centro de operaciones, que en el patio, el 20 de julio de 2017, elementos de la Marina sorprendieron al Ojos en un operativo relámpago y lo abatieron a tiros, mientras intentaba poner en marcha su automóvil para escapar de las Fuerzas Armadas. Con él murieron siete subordinados. Si una casa pudiera caber en alguna galería de la Defensa Nacional, sería esta de Tláhuac.
Nueve años han pasado desde aquel operativo que provocó el primer narcobloqueo en la Ciudad de México –los seguidores del capo cerraron la Avenida Tláhuac con vehículos robados y quemados, cuando supieron que habían abatido a su líder– y, aunque a simple vista es el mismo barrio, todo ha cambiado.
Bajo la luz débil del alumbrado público apenas se ve el número de la calle. Esta ya no es la casa más importante de la cuadra. Esa “distinción” se la arrebató una edificación genérica cerca de la esquina con Adolfo Unga, a unos metros del lugar donde cayó el líder del Cártel de Tláhuac. Ahí, junto a una lona flotante de un partido político, hay un punto de venta de drogas que acaba de abrir y cerrará al amanecer. “Es el punto de los nuevos ‘chidos’”, dice mi acompañante, 25 años recién cumplidos. Y me enseña una bolsa de marihuana con las cuatro siglas. “Ahora es del Cártel Jalisco. Este barrio ya tiene nuevos dueños”.
Un ‘tour’ por La Conchita y sus paradas del horror
Recorrer el barrio de noche es mejor, dice, porque se puede huir con facilidad, si alguien lo mira con un extraño atenazado a su cintura, es decir, yo. Los halcones del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), dice, ubican a locales y foráneos hasta por la complexión, incluso con el rostro cubierto por un casco polarizado.
Sebastián explica, en tono casi de maestro, que así como en Culiacán es casi imposible huir de la influencia del Cártel de Sinaloa, lo mismo sucede en Tláhuac: muchos los que son amigos en las escuelas de la zona o vecinos de la calle que conocen a alguien que se dedica a la maña. No tendrán lazos familiares o fuertes pero sí se ubican entre ellos. Y la buena vecindad obliga a guardar silencio. Esas reglas no escritas lo atravesaron desde pequeño.
Mi acompañante asegura que nunca perteneció al Cártel de Tláhuac, aunque de vez en cuando hizo favores inconfesables para ellos. La línea es delgada y, a veces, invisible, para alguien como él que conoció al hijo del Ojos en una llanera cancha de futbol y a la hija en fiestas de adolescentes. Gracias a eso ha sido un espectador privilegiado de los cambios en esa zona de la Ciudad de México.
Cuando era adolescente vio cómo el Cártel de Tláhuac desplazó a las familias criminales de antaño, esas que llegaron al oriente de la capital, huyendo de un centro devastado por el terremoto de 1985. Ellas fueron por décadas las representantes del crimen hasta que cerca de 2012 las devoró el Cártel de Tláhuac, un engendro del Cártel de la Mano con Ojos, que a su vez se escindió de los hermanos Beltrán Leyva, enemigos a muerte de El Chapo Guzmán y El Mayo Zambada.
El Cártel de Tláhuac, bajo el liderazgo del Ojos, fue implacable. Reclutó a los viejos vendedores de drogas y los que no quisieron alinearse fueron obligados a irse del barrio o fueron asesinados. Monopolizó calles completas, compró las voluntades de la gente y puso en la nómina a las autoridades. Y dio empleo en una zona empobrecida y olvidada de las inversiones en el centro de la ciudad.
“La delegación [ahora alcaldía] era de ellos. El Ojos metió a su familia completa. Tías, tíos, sobrinos, toda su gente estaba en todos lados”, cuenta Sebastián. Más tarde buscaré información al respecto en mi computadora y encontraré una nota de MILENIO que cuenta cómo después de la muerte del Ojos, la extinta Asamblea Legislativa solicitó la remisión del jefe delegacional Rigoberto Salgado: los diputados lo acusaban de ser familiar y cómplice del líder del cártel local.
El ‘tour’ por La Conchita y alrededores sólo tiene paradas de horror. Por acá mataron a un vendedor de mota, por allá tiraron un cuerpo de un estudiante de secundaria. Esta es la casa de una familia rafagueada, esa es la esquina donde secuestraron a la hija de un comerciante que no pagó piso. Son las escalas de una guerra silenciosa en el oriente de la Ciudad de México.
“Y mira, si hubiera que marcar un lugar donde comenzó todo sería aquí”, dice Sebastián, quien sin bajarse de la moto apunta a otra calle oscura de la zona: Langosta, colonia Del Mar en Tláhuac, conocida por ser de las más afectadas durante el terremoto de 2017.
“Acá agarraron en 2021 a Don Goyo [Gregorio Sandoval], el que quedó en lugar del jefe y que ayudaba a la familia del Ojos a mantener el negocio. Sin él, se quedó esto sin mando y se empezó a meter la gente del Mencho... que en paz descanse”, dice Sebastián con tono serio sin ápice de broma. “Y aunque El Mencho ya no está, acá está su gente”.
Las heridas abiertas de Tláhuac y los desaparecidos
El oriente de la ciudad es un monstruo ingobernable. Informes de seguridad a los que DOMINGA ha tenido acceso cuentan que todos los días hay una disputa callada por el territorio y sus mercados ilícitos de al menos dieciséis grupos criminales. El más grande, desde 2021, es el CJNG y luego siguen otros, como el Cártel de Sinaloa, La Nueva Familia Michoacana, La Unión Tepito, el Tren de Aragua y otras bandas locales menos sofisticadas pero violentisimas, como Los Macarios, Los Gastón, Los Balta, Los Molina, Los Rodolfos y más.
Se disputan las calles donde viven y conviven unas siete millones de personas, tantas como las habitantes de un pequeño país de Centroamérica. La densidad de población es un atractivo; la inaccesibilidad de sus calles es otra. Y entre lo más apreciado está la dificultad de las autoridades para poner los ojos en las zonas periféricas de la región, por ejemplo, Las Lagunas de La Habana.
En ese espacio a cielo abierto, en los límites de Chalco y Xico, los colectivos de madres y padres de desaparecidos Una Luz en el Camino, Hasta Encontrarles CDMX, Mariposas Buscando Corazones, así como familias independientes, han encontrado en las últimas semanas mil 527 hallazgos de restos óseos. Es un lugar de difícil acceso para las patrullas; para llegar hay que caminar por invernaderos de flores que intentan embellecer ese tétrico lugar.
“Toda esa zona está llena de cuerpos. Es la guerra de aquí, el oriente. Para que no digan que sólo hay guerra en Sinaloa o en el norte. Acá en la capital está pasando lo mismo”, dice Sebastián, mientras engulle una bebida energética. “Y si te vas al Bosque de Tláhuac está igual: puro muertito de gente que no se alineó al nuevo cártel”, asegura. A medida que nos movemos en su motocicleta, me relata las heridas abiertas de una ciudad que aparece en los boletines oficiales: cuando Don Goyo cayó, otros liderazgos del Cártel de Tláhuac sucumbieron. El Cano, La Morsa, El Papirrín, El Tomás y muchos otros alias que sólo conoce la gente del barrio.
Con esos espacios vacantes, el CJNG entró a Tláhuac con poca resistencia, recuerda. Y aplicaron la misma técnica que sus rivales para dominar las calles: cooptaron vendedores de drogas, policías, empresarios. Ofrecieron préstamos, regalos de temporada, abogados pagados por la mafia para resolver problemas legales de los vecinos e invadieron predios, como el de Tempiluli, para darles casas precarias a sus más leales seguidores.
La presidencia de la gente de Jalisco, dice, se volvió dominio en julio de 2024, cuando el último gran líder, ya fuera de la familia Pérez Luna, cayó por una llamada anónima realizada por los mismos miembros Jalisco a la policía capitalina: Azael Cano, El Payo, fue arrestado en la alcaldía Iztapalapa, mientras intentaba volver a Tláhuac para luchar por el territorio que le quedaba. “Ya en 2024 esto se volvió de las cuatro letras”, me dice Sebastián entre paradas rápidas en los semáforos. Su relato coincide con los años de mayor expansión del CJNG: con el Cártel de Sinaloa fragmentado y La Unión Tepito enfrascada en su propia guerra contra la Fuerza Anti-Unión, los del Pacifico tomaron el oriente de la Ciudad de México, su nuevo bastión, las calles que recorremos con prisa para no ser advertidos.
Tláhuac está repleto de halcones día y noche
Nuestro recorrido en motocicleta dura apenas una hora. Más tiempo, afirma Sebastián, sería un suicidio e insiste en las comparaciones con Culiacán: el barrio está repleto de halcones, día y noche, disfrazados de mototaxistas, vendedores de cerveza en tiendas de abarrotes y policías. Ante la menor sospecha, las barricadas se activan. El orgullo mafioso que recuerda a los narcobloqueos del 2017.
“Todo acá se mueve con el permiso de la mafia”, dice y extiende su brazo: ‘ellos’ otorgan el visto bueno para las tandas entre vecinos, las remodelaciones de las casas, las fiestas patronales y los cierres de calles para la instalación de sonideros. “Sólo dos cosas no pagan impuestos acá: los nacimientos y los funerales. Fuera de eso, todos pagan”.
Mientras zigzagueamos por La Conchita también vemos el otro rostro del barrio: uno que sufrió con el más reciente terremoto en territorio chilango y que se reconstruyó con dignidad. El que habitan los que llegan de noche después de una larga jornada de trabajo para no extender la mano cuando el cártel ofrece sus limosnas y en el que vive gente que se esfuerza por borrarse al oriente el estigma de la violencia. “También tenemos colectivos de artistas, grafiteros bien chidos, morros que le hacen chido al deporte. No todo es malo por acá. Lo que pasa es que cuando un cártel se mete a tu barrio, todo lo cambia”, dice Sebastián, antes de llegar a nuestra última pero también primera parada.
Estamos de nuevo frente a la calle de Simón Álvarez número 47. La casa del capo que perdió poder. Y a unos metros de las nuevas narcotiendas del CJNG. Uno a uno, dealers y consumidores se acercan al punto, tocan la puerta y se van aprovechando un faro fundido. La economía criminal empieza su jornada y es mejor salir de aquí.
“A la próxima no vayas a Jalisco”, se despide Sebastián. “Mejor date una vuelta por Tláhuac”.
GSC/ATJ