Policía

Primero te dan un teléfono. Luego un rifle: de halcón a sicario a los 13

Jesús tenía 13 años cuando empezó vigilando una calle por 2 mil 500 pesos semanales. Después vino el campamento y la violencia. En el narco, dice, entrar es fácil; salir vivo es lo raro.

DOMINGA.– Jesús cuenta que tenía trece años cuando alguien le ofreció su primer “jale” para el narco. La propuesta llegó al mercado de abastos, entre camiones, cajas y el ruido metálico de los diablitos y los viene-viene. Jesús trabajaba ahí cargando y descargando camiones por unas propinas. Le dijeron de una nueva chamba, estaba fácil: sólo tenía que vigilar una sola calle y avisar si venían soldados. Le dieron un teléfono, un radio y un sueldo de 2 mil 500 pesos semanales. Muchísimo más que las propinas del mercado.

La invitación vino de un grupo criminal que domina amplias zonas de Michoacán: el cártel de Los Viagras. Así empezó como halcón. Un cargo menor en la escala del narco, ofrecido sobre todo a niños y adolescentes menores de edad, como paso previo al sicariato. Meses después, recuerda, lo mandaron junto con otros jóvenes a una especie de campamento en el campo.

El crimen organizado recluta a menores de edad.
El crimen organizado se cuela por el entorno vulnerable que rodea a infancias y adolescencias en México | Kathia Martínez


Durante varios días les hablaron de respeto, lealtad y valores espirituales. Les cortaron el cabello, los hicieron escuchar sermones religiosos y los prepararon –decían– para ser “mejores personas”. Pero cuando terminó aquel retiro, los enviaron de vuelta a la calle. A delinquir.

Entonces le pusieron en las manos un rifle de asalto y empezó a salir por las noches con hombres armados. “Así es como empiezas”, dice ahora en algún punto de Michoacán. Es mediodía, el sol cae a plomo, aunque por momentos corre un aire frío que obliga a cerrar la chamarra. “Primero te dan un teléfono. Luego un arma. Y cuando te das cuenta, ya estás metido en el narco”.


Años después logró escapar
, cuando un grupo lo detuvo mientras vigilaba la plaza; lo golpearon por horas, lo tablearon, lo subieron a una camioneta, lo abandonaron en el cerro y lo dieron por muerto. Cuando recobró el conocimiento ya era de noche. Se arrastró entre la maleza hasta encontrar cómo salir de ahí. Para entonces, todos en el cártel lo daban por perdido. En ese momento decidió correr y no volver.

Hoy, quince años después, mira hacia atrás y lo resume con una claridad brutal: entrar al narco es fácil. Lo raro es salir vivo.

“Me dieron un rifle y me pusieron a andar”

A Jesús lo reclutaron como halcón a sus 13 años
Los 'halcones' suelen ser el eslabón más bajo de las estructuras criminales. Su trabajo es vigilar y reportar | Kathia Martínez


“No tenía ni idea de lo que hacía”
, dice. Habla despacio, con un tono amable, casi tímido, como si todavía midiera cada palabra. “Me dieron un teléfono y me pusieron a cuidar una zona. Yo lo que hacía era avisar de todo lo que pasara por ahí: gobierno o cualquier camioneta extraña que viera”.

Estamos en el patio trasero de una casa de planta baja. No se pueden dar más detalles, por seguridad. La condición para la entrevista es que no se diga su nombre real, ni el municipio de Michoacán donde se encuentra refugiado. Jesús viste unos jeans desgastados, una playera sencilla y una sudadera con capucha. La piel tostada por el sol delata el trabajo en el campo. Tiene el pelo negro azabache y una barba que apenas brota por las mejillas. Sus ojos, profundos, contrastan con el trato: cálido, respetuoso, incluso afable. Nada en él remite, a primera vista, al adolescente que cargó un rifle a los trece años.

El trabajo, al principio, parecía simple. Vigilar, reportar, aprender a mirar. “Tenía que reportar todo. Y si veía gente con armas, más en chinga tenía que dar el aviso”. No hacía falta saber mucho: “Yo no conocía mucho de camionetas. Nada más decía: ‘una camioneta roja de doble cabina, con tantas personas’. Y ya”. Como él, había muchos. “Sí, se veían chavos como yo; había bastantes”, recuerda. Pero no había tiempo para vínculos: “No te dan chance de platicar ni de hacer amistades con nadie”.

Decenas de jóvenes son cooptados por grupos criminales.
Al igual que Jesús, otros niños y adolescentes son reclutados por grupos criminales en Michoacán | Kathia Martínez


Los Viagras –el grupo que lo reclutó– surgieron entre los años de 2013 y 2014 como una escisión de las autodefensas michoacanas y hoy operan en regiones clave de Tierra Caliente. Mantienen disputas violentas por el control territorial con otras organizaciones criminales, especialmente con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), en una guerra que ha convertido amplias franjas del estado en escenarios de confrontación constante. En ese contexto, los jóvenes como Jesús suelen ocupar los eslabones más frágiles de la cadena.

Sí tenía miedo”, admite, tímido. “De cualquier cosa que pudiera pasar… que llegaran personas a disparar o que me agarraran los soldados. Decía: ‘¿qué voy a hacer con esto?’”.

A esa edad, sin embargo, el miedo convive con otra cosa: la normalización. “La verdad, me sentía normal, no me sentía mal. Pensaba en los riesgos y en los peligros, sí, pero lo veía como algo normal, pues”. Esa es, quizá, una de las claves del reclutamiento: a veces, no se entra de golpe al abismo. Se entra paso a paso, casi sin darte cuenta.

Primero el teléfono. Luego el radio. Luego el arma. Y después, todo lo demás.

Los jóvenes ascienden peldaños poco a poco.
Dependiendo de las necesidades del cártel y de las habilidades de los reclutas es como van ascendiendo en el organigrama criminal | Kathia Martínez


“Te van acostumbrando a hacer estas cosas”
, dice. Por esas cosas, sin que él lo diga o lo pueda decir, se entiende el sicariato, cobrar el derecho de piso a gente inocente, participar en las desapariciones de halcones o narcomenudistas rivales, o en las torturas para sacar información. Por ejemplo, dice que recuerda el caso de un compañero, de catorce o quince años, al que le ordenaron participar en una ejecución. “Le decían que era parte del jale, que no pasaba nada, pues, que se iba a acostumbrar a disparar a alguien”.

Ese proceso –la costumbre– es central. No se trata sólo de dinero. También de pertenencia, de rutina, de una lógica que se va instalando en la psique de niños y adolescentes, quienes además ven en soldados y marinos no a quienes los van a ayudar o salvar, sino otros de sus principales enemigos.

“Me dijeron que cada quincena tendría buena lana”

Grupos delictivos se enfrentan con autoridades federales.
El crimen organizado se ha arraigado en distintas comunidades tanto de Michoacán como de otros estados | Kathia Martínez


Esa lógica no es exclusiva de un lugar ni de un grupo. En La Barca, en la frontera entre
Jalisco y Michoacán, una abuela entrevistada lo describe de otra forma, pero con el mismo fondo. Por las comunidades cercanas pasan camionetas. Hombres se acercan a niños. Les dan calcomanías. Del CJNG, las cuatro letras. “Mi nieto me dijo bien emocionado: ‘Nos las dan los de la maña, abuelita’”, cuenta Juana. No es un gesto menor.

Es una forma de presencia. De normalización. De siembra. El reclutamiento puede empezar con una oferta, con un teléfono… o con una simple calcomanía puesta en manos de un niño.

Aunque, claro, el dinero importa. “Me dijeron que cada quincena tendría buena lana”, recuerda Jesús. Antes, cargando camiones en el mercado, apenas juntaba propinas. “Es más fácil elegir lo que te deje algo de dinero o lo que te deje más”. Pero la promesa dura poco.

“Muchos chavos entran ahí con la mentalidad de que van a hacer mucho dinero… para impresionar”, dice. “Se van con la finta de que quieren ser los nuevos chapos o los nuevos menchos”. Y entonces viene la otra cara. “La mayoría no alcanza ni a la segunda quincena. Son carne de cañón. Muchos terminan muertos. Los mandan a pelear terreno o plaza, y ya no regresan”.

Con el tiempo, Jesús asegura que también ha cambiado la forma de reclutar. “Antes se puede decir que tenían ciertos valores… no te mandaban a la primera línea de fuego”, explica. “Pero ahora… a los chavos los agarran como soldados desechables… y pues los despedazan vivos”.

La frase no la dice con énfasis, ni morbo. La dice con la parsimonia de quien describe una regla que es como es, sin más. Como quien ya lo vio. Como quien sabe que pudo haber sido él. Porque, en realidad, estuvo muy cerca.

Menores de edad reclutados se enfrentan a autoridades en el estado.
Los menores confrontan no solo a grupos criminales rivales sino también a autoridades | Kathia Martínez


“Mi siguiente paso ya era ser sicario”
, reconoce. “Ya andaba con ellos… me sacaban de noche y dábamos vueltas en las camionetas”.

En esas vueltas, empezó a entender otra dimensión del trabajo: la desaparición. “Si encontraban a la persona por la calle, así se la llevaban… o iban a su casa, entraban y se la llevaban delante de quien fuera”.

—¿Y las matan?
Pues sí porque ya no aparecen —dice y sonríe, tímido, encogiendo los hombros.

“No tiene futuro esto del narco”

Jesús vivió para contarla... no todos los menores reclutados por el 'narco' tienen esa suerte
Jesús vivió para contarla... no todos los menores reclutados por el 'narco' tienen esa suerte | Kathia Martínez


La salida del cártel no fue una decisión planificada.
Fue más bien, explica Jesús, una suma de señales. Antes de la golpiza que lo haría huir definitivamente, ya se había cruzado una vez con quienes identifica como militares. Fue en una casa de seguridad que servía, principalmente, para ocultar armas y dinero en efectivo. Debía vigilarla, aunque no sabía del todo lo que se resguardaba.

“Había una maleta con mucho dinero debajo de la cama, que yo ni sabía”. Ese día, entraron a revisar el lugar, no se sabe si producto de una traición al interior del cártel, de un pitazo anónimo, o de trabajo de inteligencia de la milicia. Jesús estaba ahí, junto a otras dos personas y una mujer que fingían ser familia. “Entraron, revisaron todo y no encontraron nada. Sólo dijeron: ‘muchas gracias y buena tarde’, y se fueron”.

No encontraron la maleta, que estaba llena de pacas de billetes grandes, incluso dólares. También había rifles, aunque esos ya los habían retirado horas antes. “Si la hubieran encontrado, me hubieran dado una putiza”.

No fue un episodio aislado. “Poco después, sí me agarraron… me vendaron los ojos… y donde se paraba la camioneta me golpeaban recio… no tenían compasión de un niño”, cuenta con la mirada clavada en sus manos, que juguetean con una servilleta de papel. Se turnaban para pegarle. Cuenta y ríe amargo. Luego lo tiraron en el cerro, creyéndolo muerto.


“Yo me levanté hasta por la noche… con el dolor me fui arrastrando como pude. Ahí fue cuando dije: esta vida no tiene futuro”. No fue solo la violencia del grupo criminal. Fue también la violencia del país que, en su caso, operaron sobre el mismo cuerpo. Sobre el cuerpo frágil de un adolescente, casi niño todavía. Después de eso, ya no volvió.

“Les dije en mi célula que ya no quería trabajar… y no hubo bronca”, dice. Aunque, por si acaso, se fue lejos. Huyó con lo puesto. A veces salir es así: no hay persecución, no hay ajuste de cuentas inmediato. Sólo una grieta. Un momento que hay que aprovechar. Y correr lo más rápido que se pueda por si alguien dentro de la célula cambia de opinión y te considera un peligro para sus intereses.


​Poco antes de terminar la entrevista, el cielo empieza a cerrarse. Las nubes cubren el sol y una llovizna fina, fría, comienza a caer sobre el terreno. Él apenas se inmuta. Se ajusta la sudadera y sigue hablando con la misma calma. Hoy, a sus 28 años, vive lejos de donde empezó todo. Asegura que no idealiza nada de aquellos días. “El narco no es como lo pintan los corridos”, asegura. “Nada de ese mundo te da un beneficio, una ganancia real”.

No se arrepiente, aclara. Pero tampoco volvería. “No hay futuro ahí”, dice. Y luego añade, con una risita breve, amarga: “Acá fuera, tampoco… pero al menos te libras de ver y hacer muchas cosas horribles”.


GSC/ATJ

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Manu Ureste
  • Manu Ureste
  • Periodista de Animal Político. Ha publicado investigaciones reconocidas con prestigiosos premios, así como crónicas de migración y crimen organizado. Su último libro es ‘Vivir con el Narco’ (2024).
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