
Luis M. Morales
El aforismo de Jaime López que tomé prestado para encabezar este artículo define con humor pandilleril una de las principales causas de ruptura o distanciamiento entre amigos: las vehementes discrepancias en la valoración del talento, que en casos extremos pueden llegar a los golpes.
En el campo de las artes y las letras, ningún sello de prestigio tiene validez universal, ni siquiera el Premio Nobel, obtenido por muchos escritores que se ganaron a pulso el olvido de los lectores contemporáneos.
Los criterios para calificar un clavado en una justa olímpica son mucho más precisos y objetivos que las razones para conceder el Oscar o la Palma de Oro de Cannes, pues ningún jurado cinematográfico está exento de favoritismos y prejuicios ideológicos. Los veredictos de esas autoridades no deberían desmoralizar ni envanecer a nadie, pues resultar favorecido por ellos es en gran medida un golpe de suerte, o en algunos casos, la coronación de una campaña de cabildeo.
Pero en cualquier disciplina, la lucha por el reconocimiento es tan encarnizada, que no sólo sus protagonistas, sino el público de la tribuna se involucra en ella con fanatismo. Un lector apasionado no puede guardar silencio cuando alguien pretende abollar la corona de su poeta favorito. Sería un traidor si permitiera ese atentado sacrílego. Jamás convencerá a su adversario, pero de cualquier modo intenta lavar el honor del dios mancillado, primero con argumentos y luego con insultos. ¿Por qué nos apasionamos tanto en esas disputas, si en rigor nadie puede ganarlas?
Los choques entre gustos culinarios son inofensivos porque en ellos no interviene la inteligencia. En cambio, cuando alguien se atreve a echarnos en cara un error de apreciación estética sentimos que nos tacha de ineptos o imbéciles. Porque si no sabemos distinguir la buena de la mala literatura, si nos dejamos engañar por el relumbrón de la fama, como afirma nuestro odioso antagonista, ¿de qué nos valió estudiar y leer tanto? Un escudero intelectual no puede bajar los brazos: debe imponerse a gritos y si es necesario, despedazar al adversario, sobre todo si el combate se libra delante de terceros, convertidos en involuntarios réferis de la pelea.
La juventud tiende al antagonismo más que ninguna otra edad, pues cree poseer la verdad absoluta y no se sabe reír de sí misma. Mi mayor pecado juvenil fue no tolerar contradicción alguna en materia de juicios literarios o cinematográficos. Pobre de quien se atreviera a descalificar a mis ídolos de cabecera: lo acribillaba con sarcasmos hirientes, a riesgo de perder amistades. Había tomado partido por la literatura y el cine más cercanos a mi sensibilidad, mis certezas no eran negociables y ante las blasfemias de los herejes reaccionaba como un creyente ofendido.
Más radical aún en la defensa de sus gustos, Manuel Puig se comportaba como el intolerante guardián de un santuario cuando alguien osaba menospreciar a sus veneradas divas de Hollywood.
En la biografía Manuel Puig y la mujer araña, Susan Jill-Levine cuenta que una noche de invierno, Puig recibió en su pequeño departamento de Nueva York a un íntimo amigo, el fotógrafo cubano Néstor Almendros, a quien había ofrecido hospedaje. Cuando Almendros llegó Puig estaba viendo en la tele una película de Lana Turner. Hizo un exaltado panegírico de la estrella y Almendros, irrespetuoso, le respondió que era una pésima actriz y una puta. “De pronto Manuel corrió a la puerta, la abrió y ordenó a su amigo agotado por el viaje en jet que se largara: Una persona que odia a Lana Turner, dijo, no puede seguir bajo mi techo. A las tres de la mañana, Néstor se encontró con sus maletas en la calle en una gélida noche neoyorquina”.
Quizá una mentada de madre le hubiera dolido menos a Puig, porque la madre es una fatalidad genética, pero su devoción por la Turner era un destino elegido. También Don Quijote se batía a duelo con quien pusiera en duda la belleza de Dulcinea. La gente que vive inmersa en mundos ficticios, propios o ajenos, tiende a convertir sus gustos en dogmas.
Algunas devociones, sin embargo, tienen fecha de caducidad, porque la vejez enfría todos los entusiasmos, y a veces provoca radicales apostasías. Las obras que antes amábamos son las mismas, pero nosotros no, pues las experiencias acumuladas nos obligan a leerlas o contemplarlas desde una perspectiva crepuscular.
La aceptación pacífica y serena de las controversias es sin duda un signo de madurez, pero lo que se gana en tolerancia se pierde en fervor militante. Como ahora todo se me resbala y evito las discusiones con el bando enemigo hago un mejor papel en las cenas, pero a fuerza de tolerarlo todo, de reprimir mi cólera, de perdonar blasfemias sin desenvainar la espada, me siento como un tigre afónico y desdentado que recuerda con nostalgia sus rugidos de antaño.
Enrique Serna
* Autor de El vendedor de silencio