Cultura

Trapacerías digitales

Luis M. Morales
Luis M. Morales

Alguna vez las redes sociales fueron un buen instrumento para tomar el pulso de la opinión pública, sin la interferencia de los grandes consorcios mediáticos. Los tópicos de moda y la predisposición de muchos internautas al linchamiento moral distaban de mostrar la mejor cara del género humano, pero reflejaban con bastante exactitud los gustos y las fobias de la mayoría. Un ágora donde cualquier francotirador puede ocultarse tras un seudónimo no ayuda, ciertamente, a elevar la calidad de ningún debate, ni a fomentar el valor civil, pero a veces uno encontraba interlocutores interesantes o buenos poetas que arrojaban perlas al muladar. Las redes no han sido nunca un espacio comunitario en sentido estricto, porque sus dueños utilizan a los usuarios para vender información sobre hábitos de consumo a las empresas ávidas de identificar clientes potenciales, pero muchos aceptábamos ese trueque a cambio de entablar un diálogo animado con personas afines. 

Hoy en día las redes ya ni siquiera nos dan ese gusto. En Facebook, la única donde yo vagabundeaba, se ha vuelto difícil encontrar voces amigas entre la carretada de anuncios publicitarios. En protesta por ese maltrato desactivé mi cuenta a finales del año pasado. Me repugnaban sobre todo los compradores de relumbrón que difunden artículos o videos en busca de un estrellato espurio, similar al de los políticos inflados con gas butano en las campañas electorales. El internauta ya no elige a quién seguir: es la empresa quien dirige sus búsquedas, en una descarada manipulación orwelliana. La mercadotecnia rapaz deglute espacios comunitarios como Saturno devorando a sus hijos.  De manera que no escapé de la telaraña por falta de interés en los mensajes de mis amigos: la abandoné porque me costaba trabajo encontrarlos.

Como el público de la radio y la televisión abierta se ha reducido drásticamente desde que los teléfonos celulares hipnotizan a los terrícolas, las agencias de publicidad han tenido que ingeniárselas para colonizar otros territorios. Ya nos arrebataron las redes sociales y ahora toman por asalto las plataformas de películas y teleseries. Por lo pronto, Disney y Amazon quieren hacernos pagar por ver comerciales. En la primera plataforma son ineludibles (o aceptas la extorsión o dejas a tus niños sin sus películas favoritas); la segunda ofrece una opción más flexible, pero no menos ruin: pagar una cuota por no ver anuncios. Al principio, en Amazon solo había comerciales antes de la película; ahora ya la interrumpen seis o siete veces, como en los canales gratuitos. Por supuesto, la cuota de suscripción no se ha reducido: el magnate Jeff Bezos cree que puede fastidiar al espectador y seguir cobrándole lo mismo. Netflix, la compañía líder del mercado, mantiene todavía las viejas reglas del juego. La política de no vender espacios publicitarios seguramente le reditúa una enorme cantidad de suscripciones, pero me temo que tarde o temprano algún ejecutivo audaz encontrará la manera de esquilmar a su clientela cautiva. 

Todo parece indicar que la oferta de entretenimiento sin publicidad solo fue una táctica para enganchar al público antes de jugarle chueco, explotando su necesidad de evasión como los narcos explotan a los yonquis. Se avizora un futuro con paquetes diferenciados de suscripciones: el más barato estará repleto de comerciales y el más caro, libre de anuncios. Habrá, pues, espectadores de primera y segunda clase. Un boicot a las plataformas abusivas quizá las obligara a rectificar. Pero no hay mal que por bien no venga: si esta tendencia se generaliza, mucha gente decepcionada volverá a las salas de cine o incluso podría aventurarse a leer los libros arrumbados en la biblioteca familiar. Ojalá que este abuso de poder se revierta contra los oligarcas y produzca de carambola un efecto cultural positivo.

Las plataformas que transmiten espectáculos deportivos tampoco están respetando los pactos establecidos con su clientela. Hace un par de años contraté Vix para ver los juegos de la Liga Mx sin la avalancha de comerciales que suelen atiborrar las emisiones de la televisión abierta, en las que muchas veces el espectador se pierde goles por estar viendo anuncios. Sin decir agua va, la empresa nos arrebató ese privilegio y ahora pasa los partidos con la misma cantidad de anuncios que le asesta al sufrido auditorio de Televisa. Paradojas del capitalismo salvaje: HBO Max transmite sin comerciales los partidos de la Champions League, y en cambio Vix nos pone infinidad de obstáculos para ver un futbol de paupérrima calidad, en transmisiones insoportables donde el partido es lo que menos importa. Si los pamboleros no defendemos nuestros derechos, apelando quizá a la Profeco, los señores de pantalón largo seguirán sodomizándonos a su antojo. 


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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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