Tanto desde la ética como desde el derecho, la noción de “guerra justa” apela a la justificación moral de un conflicto armado; su objetivo no es propiciar el deseo bélico entre países sino brindar criterios para analizar el bien buscado a través del uso de las armas.
Asumiendo siempre las guerras provocan efectos colaterales dañinos y son perjudiciales para todos los involucrados, el encuadre ético puede atenuar la gravedad de los daños en casos donde el beneficio obtenido sea mayor al mal provocado; sin embargo, la guerra seguirá siendo un recurso que no ayuda a la solución de los conflictos sino que los empeora.
Según la doctrina de la guerra justa, se requiere el cumplimiento de una serie de condiciones para que la escalada esté justificada más no recomendada:
1.- Que haya una causa justa: esto se refiere a que cualquier país tiene derecho a defenderse en caso de invasiones o amenazas a su territorio o población, también puede significar la defensa de inocentes, blanco de ataques externos. Esta causa justa debe ser siempre objetiva y nunca obedecer a intereses personales o desequilibrios emocionales.
2.- Que haya fundadas razones de éxito. Con esto, se pretende a que, de manera previa, se hayan ponderado además de los riesgos y los beneficios, las probabilidades de éxito de las operaciones armadas, el tiempo aproximado de duración, los recursos que se utilizarán y la capacidad para derrocar la amenaza presentada.
3.-. Que se agoten todos los otros recursos para poner fin a la agresión. Esto es, las intenciones de diálogos y negociación, la petición de mediación por parte de organismos internacionales, los arreglos comerciales o diplomáticos, etcétera.
4.- Intención recta: se refiere a que lo que se busca es la paz y no la dominación ni cualquier otro fin como la adquisición de recursos o la instauración de colonias.
Además, se exhorta desde el derecho a considerar la proporcionalidad y la discriminación entre objetivos militares y objetivos civiles como principios transversales a cualquier acción bélica.
De esta manera, si y sólo si una intención de guerra cumple con estas condiciones, ésta será justificada pero se deberán movilizar todos los recursos y dirigir todas las intenciones a la salvaguarda de la población civil y a la rápida reconstrucción de los daños ocasionados.
Buscar la paz haciendo la guerra no debe ser considerado ni como una acción plausible ni como una heroica. El daño a otros, más cuando no existen las condiciones mencionadas, es reprobable siempre.
Desafortunadamente los líderes mundiales pocas veces reparan en el bien común como eje rector de sus decisiones y, al no hacerlo, actúan de manera irracional y efusiva dejando las consecuencias de sus decisiones al azar y abandonando a la población que habían jurado defender.
Urge generar e insistir en los espacios de diálogo para contrarrestar los inflamados egos de quienes nos representan. La paz es un camino largo y, a veces, sombrío y árido, sin embargo, posible. Tres cosas ayudan en la arena política para transitar este sendero:
a) Amnistía
b) Perdón
c) Reconciliación
Es en el espacio público donde estas tres vías se deben considerar y discutir para poder avanzar. No se trata de dejar atrás y olvidar, sino de reparar y restituir el daño que se puede y procesar el que no. Para ello es preciso contemplar y pensar mecanismos y procesos de sanación y de liberación pero estos, mientras que la guerra dura meses o años, deben permanecer para siempre pues su objetivo no es sólo lo inmediato sino la prevención de futuros conflictos bélicos.
Ojalá que todos supiéramos que los efectos de las guerras van más allá de las víctimas directas y sus no son sólo inmediatos, los traumas y vacíos se perpetúan en las personas por años, el saldo psicológico y emocional es demasiado alto. Si existe un tiempo en que pudiéramos pensar en la utopía de la paz, es el tiempo “ahora”, ese donde el pasado nos enseña y el futuro nos inspira. Reflexionemos hoy en lo que queremos y en lo que no, quizá mañana sea demasiado tarde.