Hace años tuve un amigo médico, editor y escritor iraní (por desgracia terminamos por perder contacto) que tuvo que salir huyendo de su país luego de que fuera captado en una grabación que se volvió viral, donde procuraba auxiliar en una manifestación a una joven que acababa de ser baleada por fuerzas policiales (la joven murió). Antes de eso mi amigo ya había enfrentado grandes problemas con el gobierno de su país (llevaba varios encarcelamientos), pues en sus vertientes de editor y escritor había desafiado a un enrevesado sistema de censura al cual tenían que someterse los libros que se deseara publicar: cada uno debía pasar por varios censores, de manera que incluso si en un primer nivel no se encontraba nada ofensivo, era posible que por ejemplo la revisión del libro ya impreso corriera a cargo de otro distinto, que prohibiera la publicación por determinados motivos, con lo cual había que destruir la edición, o comercializarla ilegalmente, bajo las evidentes consecuencias que esto suponía.
Un hombre finalmente optimista, mi amigo me explicaba que una de las formas en que esto había impactado a la literatura iraní consistía en que quienes escribían procuraban hallar técnicas diversas para burlar la censura, con lo cual utilizaban alegorías y metáforas de lo más indescifrables, para poder escribir sobre determinados temas o situaciones sin que los censores se dieran cuenta. La metáfora adquiría así una función paralela a la que desempeña como procedimiento literario, e incluso se convertía en una especie de metáfora sobre los alcances de las metáforas, donde lo inasible de una imagen podía convertirse en la única forma en que pudiera burlar la arbitrariedad del poder, pero aún así mi amigo consideraba que algún impacto literario positivo se pudiera encontrar en todo esto.
Es interesante pensar si en la actualidad pueda estar ocurriendo algo similar en nuestras sociedades, donde aunque evidentemente las circunstancias son muy distintas, una de las formas de censura aparece tanto por la compulsión de expresar en público cada opinión o emoción que nos produce todo lo que sucede, como por las consecuencias de emitir una opinión ajena a la del canon de la manada a la que uno pertenece. Y si bien en este caso el castigo no es corporal, el torrente de insultos o el ostracismo son herramientas lo suficientemente poderosas como para producir una especie de ataque preventivo sobre el propio pensamiento que, a la manera de los censores iraníes, debe pasar por varios filtros internos para siquiera atreverse a reconocer frente a sí mismo las posibles ambigüedades, complejidades o matices que pudieran abollar la armadura de las certezas evidentes por sí mismas que son actualmente las principales categorías para la reflexión.