Cultura

Los vampiros grises de Fisher

Una de las categorías que adquirió mayor visibilidad con la irrupción omnipresente de lo virtual en la vida cotidiana es la de trol o hater: más o menos, personas dedicadas a insultar o escupir bilis, a menudo parapetadas tras el anonimato (aunque no siempre), sin ningún fin en sí mismo más que la corrosión que pudieran llegar a ocasionar. Como generalmente lo que se busca –además del goce sádico, producido por la descarga ponzoñosa sobre alguien más, de lo que en el fondo es odio contra uno mismo– es atención y generar conflicto, la estrategia más común para lidiar con ellos es ignorarlos, con lo cual el fenómeno ha quedado relegado a una especie de desagradable nota al pie, que casi tan pronto como se enuncia queda sepultada bajo el torrente de información incesante bajo el cual vivimos.

Sin embargo, en días recientes me topé con una categoría derivada que enunció en su momento Mark Fisher, los vampiros grises, que acaso por su mayor sutileza tiene mucho más impacto en la discusión pública que la burda agresión de los troles. Según Fisher: “Los vampiros grises son criaturas que disfrazan su grisura apolillada con un brillo iridiscente, con todos los colores de la sociabilidad atractiva. Como las polillas, son atraídos por la luz de quienes se comprometen energéticamente con algo, pero ellos no pueden comprometerse con nada. A diferencia del trol, el modo del vampiro gris no es agresivo, o al menos no activamente. El vampiro gris es una polilla sólo en su interior. En lo exterior son brillantes, humorísticos, positivos: a todo el mundo le caen bien. Pero están poseídos por una tristeza profunda e implacable. Se alimentan de la energía de los devotos, pero no pueden sentir devoción por nada”.

Las asociaciones que de inmediato genera este demoledor párrafo son muy cuantiosas. Pensemos en la vacua energía de los influencers, siempre ocupados en transmitir alegres un lifestyle donde el producto a monetizar (a través de la promoción de marcas o causas) terminan por ser ellos mismos. Este fenómeno incluye los grotescos casos, cada vez más frecuentes, en donde la curiosidad de moda resulta ser la ambición política. En esas situaciones, hasta un niño con cáncer puede ser vampirizado en aras de la autopromoción y el potenciamiento de la propia marca, pues la política TikTok se fundamenta en generar views y likes, y no hay umbral ético lo suficientemente bajo como para evitar ser traspasado con dichos fines.

Igual caso de vampirismo gris sería una gran parte del activismo chic de muchas celebridades, que precisamente se sirven de su brillo y fulgor, así como de las plataformas masivas creadas (eso sí) por su propia fama, para montarse en el tren de la causa de moda, en lo que termina por lo general siendo más un acto de relaciones públicas que cualquier otra cosa. Es precisamente a lo que el mismo Fisher se refirió como “cultura vertical de la celebridad”, que a menudo se nutre del trabajo tanto de periodistas como de verdaderos activistas que realizan el trabajo de base profesional, para que lleguen los vampiros grises a tomarse la foto o escribir el tuit incendiario, desde la opulencia de sus hogares.

Pues finalmente, como dice Fisher en otra parte:

“Aristócratas y millonarios que nos dicen: tenemos que hacer nuestra parte.

Estamos en esto todos juntos”.

Eduardo Rabasa

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  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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