La teoría del doble vínculo del antropólogo Gregory Bateson postula que en los sistemas de intercambio culturales y en sus distintas formas de comunicación, en ocasiones se produce un doble mandato, que no suele ser explícito sino comunicado de formas sutiles, confusas o principalmente contradictorias. Como consecuencia, quienes reciben los mensajes propios del doble vínculo se ven incapaces de procesarlos, y el cortocircuito se manifiesta de maneras extremas, por ejemplo con esquizofrenia o con colapsos nerviosos.
La monumental novela de Sylvia Plath, La campana de cristal, es quizá el mejor ejemplo literario que yo conozco de los efectos para una psique de este tipo de mandatos contradictorios, y el hecho de que Plath refiriera que se trataba de una novela altamente autobiográfica, y de que su madre intentara tras la muerte por suicidio de Plath evitar la publicación en Estados Unidos, para evitar deshonrar a la familia, de alguna manera confiere mayor potencia a la narración, pues con la celebridad póstuma del libro y de la autora, es difícil no leer La campana de cristal conociendo de antemano el desenlace que el quiebre psicológico que ahí se narra terminaría trayendo en la vida real, así fuera varios años después.
Esther Greenwood es el personaje que Plath utiliza como trasunto para narrar el verano que pasó en Nueva York, apenas siendo mayor de edad, como asistente editorial en una revista de moda. Así, lo que debería ser un sueño de glamour cultural se convierte en una lenta pesadilla, ante la imposibilidad de cumplir tanto con la expectativa de encontrar un buen esposo para formar una respetable familia burguesa, y su aspiración de continuar con sus estudios literarios y tener éxito como escritora. Sus encuentros con hombres rayan entre la abierta violencia misógina de un aspirante a don Juan (de nombre Marco), a la condescendencia del médico Buddy Willard, quien cree que le hace la vida al preguntarle si quisiera ser “la señora de Buddy Willard”.
La campana de cristal que la aleja de las expectativas familiares y sociales, y en última instancia de sí misma, desciende de manera lenta pero implacable, hasta que –como le sucedió a Plath– Esther Greenwood tiene un quiebre y debe ser hospitalizada en una institución psiquiátrica. Además de no poder dormir, se inserta en una especie de presente sin tiempo ni formas, donde incluso la voz con la que habla para cancelar un curso académico le suena a la de alguien más:
“Veía los días del año dispuestos frente a mí como una serie de brillantes cajas blancas, y lo que las separaba entre sí era el sueño, como una sombra negra. Sólo que para mí, la larga perspectiva de sombras que separaban a una caja de la siguiente de pronto se había quebrado, y podía ver día tras día tras día brillando frente a mí, como una avenida blanca, amplia, de una desolación infinita”.
Como experimentara por ejemplo otra víctima del doble vínculo como lo fue Lou Reed (sólo que en su caso por su homosexualidad), la respuesta de la psiquiatría consistiría en resolver la contradicción aniquilándola con choques eléctricos, como si la mejor forma de acabar con un cortocircuito producido por las demandas contrapuestas de la propia sociedad fuera limitando el funcionamiento de los circuitos a un mínimo funcional, para que la inteligencia aguda no registre más las contradicciones y acepte gustosa la vida de conformismo que de ella se espera. Y quizá lo peor es que tanto Greenwood como los lectores experimentamos un cierto alivio pues: “Para la persona dentro de la campana de cristal (…) el mundo mismo es el mal sueño”.
Eduardo Rabasa