Policía

Rossana Reguillo

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Antropóloga indómita, narradora del horror, maestra irrepetible, guía de periodistas sociales queriendo entender violencias del narco y del Estado, defensora de jóvenes y causas perdidas, detective de bots y faunas virtuales…

Rossana Reguillo se acercaba a la realidad más trágica del país de forma intensa pero no se apropiaba nunca de ella. Tenía un oído que le permitía entender y nombrar lo terrible, sin simplificarlo.

A los reporteros en llamas que pedíamos su consejo, nos enseñaba a tener paciencia, método y, por delante de todo, una perspectiva crítica. Recuerdo más discusiones que coincidencias sobre la insurrección de la APPO en Oaxaca de 2006, sobre La otra campaña del EZLN, sobre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, sobre el Yosoy132, y sobre la lucha de las familias de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Pero todas las discrepancias resultaban aprendizajes fructíferos porque Rossana respetaba por encima de todo el pensamiento independiente. Uno nunca salía indemne de una conversación con ella. Crítica y autocrítica circulaban en medio de la conversa. Lo importante no era tener la razón, sino pensar mejor.

Durante los últimos años de su vida disminuyó la intensidad de nuestros encuentros, en medio de un territorio digital saturado de ruido al cual Rossana decidió sumergirse con su ímpetu y rigor acostumbrados.

En estos días de amplios y bien merecidos obituarios sobre ella, me pongo al corriente de su esfuerzo por detectar operaciones de propaganda y desmontar narrativas manipuladoras. Sus conclusiones la volvieron incómoda para una parte del progresismo hecho gobierno.

El legado intelectual de Rossana trasciende el blanco y negro que busca marcar la polarizante conversación actual. El poder, venga de donde venga, exige siempre escrutinio. La consigna, aunque sea la de nuestra causa, sin complejizarla, nunca deja de ser una mera consigna.

Ante este momento del mundo en el que la verdad pierde su batalla diaria con la velocidad y en el que los algoritmos moldean la percepción de la realidad, lo que figuras como Rossana remarcaron siempre con su ejercicio intelectual, parece imposible: ‘Paciencia, Dieguito, hay que detenerse a entender’, recuerdo que me dijo varias veces. La última cuando nos consolábamos rabiosamente por el asesinato de nuestro querido Javier Valdez.

Porque intentar entender es ya en estos tiempos un lujo, una forma de resistencia.


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Diego Enrique Osorno
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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