La película francesa La Haine, para algunos conocida como El odio, es de 1995 pero ofrece una tesis muy actual: la violencia no es un evento, es una dinámica acumulativa que se va contagiando. El odio no surge por un solo momento o hecho fundacional, sino por el cúmulo de sucesos, circunstancias y contextos.
Esto se aprecia con potencia estética en la escena de un hombre que cae de un edificio. Al pasar cada piso se repite: hasta ahora todo va bien; hace falta el aterrizaje. La caída es inminente, el golpe irreversible, el punto culminante de la muerte, del conflicto o de la violencia. Sin embargo, la metáfora ofrece un espejo de la realidad: los análisis políticos se repiten a sí mismos —hasta ahora todo va bien, podría estar peor—; en las familias también lo decimos —hasta ahora todo va bien, podríamos ser nosotros y no lo somos—; las empresas, las universidades, los medios, los actores políticos: hasta ahora todo va bien, hace falta el aterrizaje.
La película muestra cómo un contexto sociopolítico y un cúmulo de microviolencias repetidas pueden terminar en tragedia, en un gran momento violento de difícil reparación: una pistola en manos equivocadas, en el momento equivocado; una suma de agresiones escritas de forma sistemática en Facebook o cualquier red social que termina con un joven estudiante asesinando a dos maestras.
La violencia que vemos, leemos, repetimos, cantamos o scrolleamos en redes sociales y en múltiples espacios ha reducido el costo de ofender o violentar, en lo público y en lo privado. El odio difumina las líneas invisibles entre civilidad y paz y las cruza de inmediato. Lo vemos en todas las dimensiones: en la política y en la agenda de igualdad, inclusión y no discriminación, donde es más común de lo que debería. Se observa en cada avance de la agenda del empoderamiento político de las mujeres, en los derechos de las personas migrantes, en decisiones polémicas como la eutanasia en Barcelona, o en el debate sobre la ampliación de derechos políticos para personas con discapacidad, pueblos indígenas o la comunidad LGBT. No se trata de satanizar el debate, sino de reconocer que el debate ha sido sustituido por el odio y la violencia.
La película es una parábola de los tiempos aciagos que vivimos: aunque parezca que todo va bien, es evidente que vamos a caer. El odio, aunque se esconda en forma de meme, no nos llevará a ningún lado.