Política

Los idos de mayo

  • Columna de Bruce Swansey
  • Los idos de mayo
  • Bruce Swansey

Aplastados. Anulados. Desechos. Algunos lo definen como una catástrofe.

“Necesitamos un primer ministro enérgico” —afirma una señora. Y agrega: “No votaremos por el laborismo hasta que se vaya ese. ¿Está sordo?”

Vivimos en la era del rencor. Los electores votan contra lo que consideran el statu quo al que asocian con la ineficacia programada que favorece a la élite. Es el voto de la frustración que se revuelve contra la incertidumbre y la disminución drástica de la calidad de vida. Los votantes quieren el cambio, aunque no lo sepan definir. En realidad el cambio expresa la esperanza de modificar las condiciones materiales de existencia, pero sin un proyecto que resulta de la conciencia de clase y de las formas de producción, el cambio es otra palabra para expresar el pensamiento mágico que se decanta a la derecha por Reform sobre todo en el centro del país y a la izquierda por el Partido Verde en las áreas urbanas.

“No me retiraré dejando al país sumido en el caos. No quiero dorarles la píldora. Es un día aciago, pero el Partido Laborista tiene mucho que ofrecer”.

La disyuntiva entre votar por Reform o el Partido Verde parecería presentar opciones radicalmente opuestas y sin embargo tienen más de un rasgo compartido: el deseo de cambio, sea lo que sea, la esperanza de regresar a una época que sólo existe en la imaginación y la creencia de que Polanski, líder del Verde, cumplirá su promesa justiciera. Puede añadirse que en los extremos la intolerancia y el fanatismo se tocan para exigir independencia y patria.

“Ya no se trata de si se irá, sino de cuándo”.

Los líderes sindicales que apoyan al Partido Laborista calculan el futuro inmediato. ¿Deberían apoyar las pretensiones de Andy Burnham, alcalde de Manchester? La decisión de Starmer de permanecer en el número 10 difiere la batalla por el liderazgo del partido, pero no la resuelve. El resultado de las elecciones ha debilitado a Starmer. ¿Qué tal Angela Rayner, aunque su asunto fiscal todavía no se resuelve? ¿O mejor Wes Streeting, de centro derecha, que debe aprovechar la coyuntura antes de que Burnham se mueva? El vacío de poder alebresta el avispero.

El malestar no empezó ayer. Comenzó en 2008 con la catástrofe financiera y continuó 10 años después con Brexit, que consumó y agravó el decaimiento económico del Reino Unido (RU). La paradoja del voto del rencor es que quienes en esta elección votaron por Reform lo hicieron a favor de Brexit corroborando con ello su voluntad de aislacionismo empobrecedor. Votaron por empeorar sus condiciones de vida, una acción semejante a quien se auto inmola a causa del berrinche que es incapaz de entender.

Al contrario del gobierno actual que por fin encaró la catástrofe de Brexit y hace esfuerzos para reparar las relaciones con la Unión Europea (UE), Reform promete continuar con la ilusión populista. El deterioro nacional no es suficiente para alertar a los más afectados. Al contrario: el rencor es como un incendio que arrasa Europa.

2008 fue el inicio del rencor normalizado. Y seguirá reclamando la cuenta pendiente a un Estado cuyo proyecto fue encogerse y transferir su responsabilidad al mercado. El estancamiento económico agudizó una crisis de confianza que ha expulsado al laborismo de Gales, que desde la devolución de poderes en 1999 y aún antes había permanecido leal al laborismo que ahora ocupa el tercer lugar en las preferencias electorales, después de Plaid Cymru y en Escocia después del Scottish National Party. En ambos casos, así como en las elecciones locales en Inglaterra, el populismo de extrema derecha de Reform se lleva 26 por ciento del voto.

“Devastador”.

El bipartidismo es reemplazado por su multiplicación que ha producido seis partidos: los nacionalistas correspondientes, Reform, el Partido Laborista, el Verde, el Conservador y los Demócratas Liberales.

La impopularidad de Keir Starmer, el primer ministro, se debe a que ha tomado decisiones que muestran escasa habilidad política. La primera, que no le han perdonado, fue retirar el apoyo recibido por los ancianos, esencial para sortear el rigor del clima invernal. El ahorro quería justificarse por la estrechez del presupuesto pero la medida recordó la odiada austeridad conservadora. El mensaje no correspondía a los valores del laborismo, que Starmer resituó al centro del espectro político rescatándolo de la órbita corbynista de izquierda.

“El Partido Laborista debe volver a ser el de los trabajadores”, declara Eluned Morgan en Gales, donde después de un siglo ha sido desplazado por Plaid Cymru.

Más recientemente Starmer ha acotado el movimiento contra la guerra genocida en Palestina que actualmente Israel prolonga dilapidando Líbano. En cambio, Starmer se ha mostrado firme contra el antisemitismo que quiere erradicar de la sociedad británica esquivando el hecho de que, aunque injustificable, es una reacción indiscriminada contra el gobierno fundamentalista de Netanyahu. Para colmo, el escándalo ante la designación de Peter Mandelson como embajador en Washington a pesar de su estrecha amistad con Jeffrey Epstein y la torpeza para enfrentarlo, convirtieron a Starmer en el obstáculo primordial para ganar elecciones.

“Keir Hardy fundó el Partido Laborista. Podría ser otro Keir —Starmer— quien lo anule”, declaró un viudo de Corbyn.

En el campo conservador, el partido ha disminuido drásticamente su presencia y el voto mayoritario a favor del laborismo manifestó el repudio ganado durante 14 años de austeridad. El desfile de ministros que desde Theresa May convirtieron el número 10 de Downing Street en la versión política de un Airbnb terminó con Liz Truss, que duró en el puesto menos tiempo que una lechuga en el anaquel del supermercado. El partido perdió centenares de representaciones de tal forma que, de facto, ha dejado de ser el partido oficial de oposición, lugar que desde ahora llenará Reform.

Aparte de la reconstrucción de los servicios públicos y de manera especial la salud, las elecciones en Escocia y en Gales ponen sobre el tablero del debate el nacionalismo que Brexit alumbró y que ahora Plaid Cymru y el Scottish National Party exigen de Westminster. Es el tema dominante y el único que puede darle a esos partidos la fuerza aglutinante de la que los demás carecen. Sin prever que su escisión de Europa provocaría la posible desintegración del RU quienes votaron por Reform son los mismos que eligieron desgajar al país de la UE. La escisión entre quienes se obstinan por recuperar el espejismo de la independencia imperial y quienes son conscientes del fracaso del RU separado de Europa traza la gran fractura del mapa político. En Belfast Sinn Féin apoya el nacionalismo para reclamar Irlanda del Norte y reunificar la república irlandesa.

Aunque la victoria de Reform es innegable, también lo es que su proyecto populista de extrema derecha enfrentará los escollos monumentales de administrar el estancamiento económico, la inflación y la crisis mundial provocada por la guerra del factor naranja contra Irán que afecta los energéticos y a partir de ellos todo lo demás. En su plataforma electoral el partido ya habla de recortar el presupuesto y dar 1.5 por ciento del dinero a la gente para enfrentar el costo de vida. Según los verdes es un programa delirante y antidemocrático. La derecha se caracteriza por su repudio de la burocracia y de las representaciones diplomáticas, que considera un gasto excesivo. También de la cultura que considera el caldo de cultivo de la crítica. Es previsible que de acceder al número 10 de Downing Street, la BBC continúe el proceso de desmantelamiento iniciado por Boris Johnson.

La salud pública, la escasez de vivienda, la inmigración, el costo de vida y la educación son las grandes preocupaciones del electorado.

Los idos de mayo son los partidos hasta hace poco hegemónicos. Algo ha cambiado, aunque no lo que muchos imaginarían. En el RU el sistema bipartidista que había definido el poder acaba de pasar a la historia. ¿Y qué significa esto? En primer lugar la volatilidad del electorado que ya no vota guiado por la fidelidad doméstica de pertenencia al laborismo o a los conservadores, sino que acude a las urnas para desquitarse y expulsar a los partidos hegemónicos al margen del centro en el que se fragua el campo de poder actual. El voto del rencor que no tiene otro proyecto que enseñarles una lección. Quién sea el receptor de semejante enseñanza es lo de menos. Lo que importa es desahogar la frustración ante unas condiciones de vida reducidas al borde de la miseria durante años de estancamiento que ha conseguido consolidar la fragmentación política.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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