Política

Ocaso del populismo

  • Columna de Bruce Swansey
  • Ocaso del populismo
  • Bruce Swansey

La era de los populistas está por terminar. Orban ha sido el primero después de mantener a la Unión Europea (UE) como rehén durante 16 años y nadie en Europa lo extrañará. Fue un alfil de Putin tanto como de Trump, un fascista infiltrado, dedicado a obstaculizar a la UE, el enemigo dentro de casa. Las últimas elecciones en Italia no han favorecido a la Meloni por su cercanía con el factor naranja.

En el par de décadas que llevan como líderes de la reacción los populistas han demostrado que sus promesas de cambio entrañaban el regreso a la era de las cavernas. Si el liberalismo decepcionó, el populismo traicionó a las clases que proyectaron en esos líderes su deseo de cambio que no los favoreció, sino que contribuyó a cavar mediante la corrupción a una escala inédita el abismo entre los billonarios y los menesterosos.

No sólo eso. Trajeron la guerra que sorprendió sobre todo a los que la iniciaron porque revela todo aquello que habrían preferido continuar ocultando. Por ejemplo, que desde la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ha ido perdiendo la brújula moral. Estados Unidos ya no se conforma con América para los americanos. El factor naranja reclama el mundo entero para sí, su familia y sus esbirros.

Y uno de los efectos del mareo es la incapacidad para calcular correctamente al enemigo. La prepotencia imperial impide comprender al oponente designado, concibiéndolo como una presa fácil cuya obligación es doblegarse.

Como en Vietnam, ahora en Irán el poderío tecnológico del ejército mejor equipado del mundo se muestra incapaz. Además de la humillación, la guerra está creando una resistencia interior de parte de la población que se desencanta de un proyecto delirante.

Las intervenciones norteamericanas han logrado confirmar una lenta, progresiva pérdida de imagen como defensor de la democracia. Con cada guerra, los motivos para la agresión han sido cada vez más ficticios. En la guerra contra Irak, pocos creyeron en las razones para llevar a cabo lo que se ha convertido parte del vocabulario bélico: el cambio de régimen.

Con Gadafi se propusieron un cambio que dejó a Europa sin el cancerbero que la protegía de la temida inmigración. Quienes llegaban hasta Libia allí permanecían confinados en prisiones inhumanas donde perdían la vida. Los líderes del llamado tercer mundo surgen para recrudecer los vicios contra los que se alzaron.

Sadam Hussein no tenía ni de lejos las armas ni la capacidad para desarrollarlas y convertirse en una amenaza internacional, pero eso era lo de menos. Más que la democracia lo que importa es controlar los recursos naturales.

Hasta esa aventura Europa participaba como aliada. La colaboración de Tony Blair con George Bush en la guerra contra Irak es una sombra que todavía se tiende sobre el laborismo y de la cual Keir Starmer, el primer ministro del Reino Unido (RU) es consciente. Por ello, como el personaje interpretado por Hugh Grant en Love, Actually, Starmer se ha propuesto mantener al RU al margen de una aventura delirante.

A diferencia de aquella película, la relación “especial” entre el RU y Estados Unidos se ha convertido en una especie de accidente de la locura del factor naranja, convertido en rehén de su caos. A los ayatolás no se les pasea atados al carro triunfal como sucedió con el débil mental venezolano.

La guerra contra Irán es el último capítulo de la pérdida de la brújula moral y de la incapacidad para calcular los riesgos no sólo para Estados Unidos sino para el mundo. La reverberación de la demencia anaranjada se siente en el mundo entero. El desorden que Trump en estrecha colaboración con el gobierno fundamentalista de Netanyahu ha provocado en el Oriente Próximo se le escapó de las manos. Es fácil entrar al infierno, pero imposible salir.

La UE lo ha entendido con claridad unánime: esa guerra no es suya y quizá es tiempo de que el cambio de régimen ocurra en Washington antes de que Nerón termine de incendiar el mundo para divertirse. En lugar de subirse al carromato anaranjado, Starmer se esfuerza por reparar los puentes con la UE que Brexit destrozó en aras de una independencia que sólo en las fantasías de Farage era posible.

El factor naranja no puede creer el desaire. ¿Qué tienen Eisenhower, Regan y Bush que no tenga él para que Starmer insista en que la de Irán no es su guerra y no se verá arrastrado al conflicto? Y para resarcir la herida narcisista discurre ante las cámaras seguro de que Carlos III aprueba sus acciones y así lo manifestará el 28 de abril en Washington.

Sus rabietas han tenido un efecto positivo en la UE fortaleciendo el centro político, robusteciendo la popularidad menguante de Starmer aunque el escándalo provocado por la designación de Peter Mandelson como embajador británico en Washington continúa acosando al gobierno. Su destitución no ha sido suficiente.

Los berrinches en el pantano del Potomac han hecho posible la admisión oficial acerca del daño causado por Brexit, el proverbial elefante en la habitación que nadie quería reconocer. El modelo suizo puede ofrecer un marco de alineamiento para los sectores de salud, científico, alimenticio y energético. Starmer se propone una relación pragmática con la UE al contrario de los partidos de derecha que insisten en principios ideológicos letalmente vinculados con el desastre anaranjado, lo cual les seguirá pasando la cuenta electoral. Antes de lo que se imagina, Farage puede ser el próximo populista impopular.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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