Todo en la calle peatonal es gris: el pavimento, los muros de las casas y de los comercios, las bardas, el cielo y los transeúntes vestidos en pijamas con capuchas y chanclas de hule. Una anciana con boina de estambre se apoya en la andadera, resuelta a cruzar los últimos metros. Todos van cubiertos porque aunque ya es mayo el frío del norte cala.
La aldea creció a fines del siglo anterior determinada según criterios básicos, es decir el presupuesto. La uniformidad de las casas que les da el aspecto de cajas de zapatos es resultado del carácter práctico con el que se construyeron. Todo en esa calle peatonal expone la desolación de un lugar que sólo puede continuar su deterioro. El lugar se sostiene contra viento y marea, los transeúntes sobrevivientes de la lluvia atraviesan con los rostros contraídos por la inclemencia y el agostamiento de la vida que una generación hereda a la siguiente. Bienvenidos a Makerfield.
Si no fuera por las próximas elecciones locales, es un poblado secundario, se diría incluso marginal, que decidirá quién será su representante en el Parlamento. Makerfield es el umbral de Westminster, del liderazgo laborista y del número 10 de Downing Street. Es la encrucijada que se resolverá el 18 de junio.
El nombre del pueblo es simbólico: el campo que puede abrir el camino al poder o donde Andy Burnham puede ver su carrera disolverse en humo. Al noroeste de la isla, Makerfield forma parte de lo que fuera la “pared roja” laborista hasta que últimamente, en un voto de castigo, favoreció a Reform oscilando en sentido contrario hacia la extrema derecha. Ganar Makerfield es un reto formidable porque implica una campaña cuyo objetivo es reemplazar al primer ministro, es decir el arranque de un coup d’etat realizado desde dentro del Partido Laborista. El electorado detesta a Starmer y ha decidido castigarlo transfiriendo sus votos a Reform. Aunque como alcalde de Manchester Burnham goza de prestigio, los electores en el Reino Unido (RU) quieren el cambio a menudo definido por la retórica xenófoba de las plataformas neonazi. Iluminarlos mediante alternativas liberales puede ser más arduo de lo que podría imaginarse. Exige persuadirlos de que el rencor no los beneficia.
En su empeño por convencer a los ciudadanos de Makerfield, Burnham suavizó su propuesta inicial que consistía en acercar el RU a la Unión Europea (UE) y modificar la cuestión fiscal. Alinear la isla respecto de Europa, un asunto incierto sobre todo si la extrema derecha triunfa en Francia, Alemania y el RU, despierta el accidente de la locura de los etnonacionalistas que se sueñan en 1840. Por ello y porque Makerfield está compuesto de un electorado que votó a favor de Brexit, Burnham dio marcha atrás. Ajustar los impuestos para que los ricos paguen más inquieta al mercado sin razón porque entre la retórica justiciera y el gran capital se abre un abismo infranqueable. Los billonarios no tienen su fortuna en el mismo banco del ciudadano que está por terminar de pagar la hipoteca. La evasión fiscal significativa no está al alcance del fisco sino blindada en Suiza, Delaware y otros paraísos fiscales. Los ricos a los que se refieren los justicieros son ciudadanos relativamente acomodados, gente de trabajo que ya paga impuestos sobre el 40 por ciento.
La retórica fiscal de Burnham también se ha moderado. Asegurando que no cambiará el compromiso del gobierno actual en relación con la deuda, prefiere gravar los bienes raíces en lugar del trabajo. Esta moderación ha tranquilizado al mercado, pero la perspectiva de cambiar de primer ministro causa la misma inseguridad que cambiarlo porque no pueden hacerse planes a largo plazo. El efecto es inmediato: frenar el crecimiento económico.
Además, Burnham ha decidido apoyar la iniciativa de Shabana Mahmood, ministra del Interior, quien se propone una política restrictiva contra la inmigración. Su apoyo lo sitúa en una línea dura contra posturas más liberales dentro del partido augurando que nuevamente el cambio es un término comodín para designar cualquier cosa. Su aquiescencia con Mahmood revela el temor de perder votos a la derecha cuando lo que debería es evitar la hemorragia de votos a la izquierda.
Si Burnham tiene oportunidad de ganar la representación de Makerfield no será adaptándose a las exigencias fundamentalistas de la derecha prejurásica, sino promoviendo un cambio que debe comenzar con un proyecto económico y social coherente y posible. Ningún político puede satisfacer las exigencias de la nación entera así que tomar decisiones y darles seguimiento a pesar del berrinche de parte del electorado condiciona la viabilidad de los candidatos a mudarse al número 10 de Downing Street. Desdecirse no lo ayudará y hará bien en considerar que la indecisión perdió a Starmer.
En el RU, como en el resto de Europa, la variable que cuestiona y en algunos países desplaza al centro es la histeria vociferante de los populistas. Quien más, quien menos, es rehén de sus consignas rabiosas magnificadas por las redes. Plegarse a su discurso es la manera más expedita de aceptar una vulnerabilidad que puede marginar el centro.
“Es la lucha de David contra Goliat”, dice Nigel Farage, el líder de Reform, quien recibió de un cripto billonario cinco millones de esterlinas.
La elección en Makerfield no sólo decidirá el futuro de Burnham, sino el del Partido Laborista y el de Inglaterra ante el peligro de la extrema derecha.
Las líneas de ataque de Reform son claras: un candidato local plomero de oficio, crítico de las vacunas, admirador del factor naranja y en contacto con “influencers” neonazis, una agenda etnonacionalista, mensaje populista y un proyecto de gobierno que promete lo que cualquier partido ofrece durante la campaña que no explica cómo pretende financiar sus ofrecimientos. El ciudadano plomero se ha declarado contra “el asesinato de los inocentes” (aborto), los gay, los musulmanes y lo que sea. En redes sociales el deslenguado reproduce la machosfera que ataca al acto cognitivo. La defensa de Brexit a pesar de sus resultados empobrecedores y la xenofobia centrada contra la inmigración establecen el marco de la batalla electoral. 15 años de austeridad conservadora rematada por la catástrofe Brexit aseguran el desencanto que impulsa el voto negativo y podría llevar a Farage, uno de los principales culpables del desastre, al número 10 de Downing Street. La gente decididamente no vota racionalmente, sino con ánimo de precipitarse y arrastrar todo en su caída.
El lunes 18 Burnham rechazaba volver a la UE y afectar el régimen fiscal. ¿Qué ofrece entonces? Más de lo mismo que significa ser rehén de Reform. Cambiar el partido porque el partido debe cambiar. ¿Y eso, qué significa?
Además de la batalla externa, Burnham enfrenta la posibilidad interna que escinde el laborismo por lo menos en dos corrientes. Una, la que Burnham representa, una izquierda moderada. La otra, representada por Wes Streeting, una derecha razonable. Es urgente unificar el partido para que ofrezca una alternativa viable frente al resto que ha transformado el RU en un país saboteado por un electorado radical y disperso. Se trata de un malestar caótico que impide el análisis y por tanto las decisiones duraderas. Es el eterno retorno a la decepción al advertir que el milagro del cambio súbito sólo puede ocurrir en la fantasía de las campañas electorales.