Política

Política y religión

  • Columna de Bruce Swansey
  • Política y religión
  • Bruce Swansey

El primer cuarto de siglo ha sido todo menos aburrido. Comenzó con una catástrofe financiera que se comparó con la de 1929, cuando varios se defenestraron. Era mejor morir que ser pobre. La debacle confirmó una vez más que la responsabilidad del Estado es regular, encauzar lo que de otro modo corre el riesgo de destruir la precaria civilización de la que los ciudadanos dependen.

El mundo no se había repuesto del desastre cuando fue atacado por un evento que todavía ronda el inconsciente colectivo. La pandemia del coronavirus enfrentó, con enorme fuerza y velocidad, a la gente con el pánico de una peste renovada. La ciencia, que desde el siglo XIX fuera vista como panacea, descubría su impotencia.

El peligro del sobrecalentamiento del planeta se unió a la conciencia acerca de un mundo cada vez más vulnerable. A pesar de las repetidas advertencias de los científicos y de las señales evidentes del cambio climático, se ha hecho poco para controlar fuerzas que ya amenazan zonas enteras del planeta. Los incendios que arrasan bosques, las tormentas y las inundaciones que ya desplazan poblaciones enteras del planeta en busca de condiciones menos adversas.

Brexit se unió a la caballería apocalíptica no sólo por el desgajamiento del Reino Unido (RU) sino también porque se temió que fuera el primer paso hacia el desmoronamiento de la UE. La derecha etnonacionalista se frotó las manos y Mme. Le Pen pronosticó el próximo “Frexit”. Afortunadamente no fue así porque el resto de los países pudo atestiguar las consecuencias negativas de abandonar la UE en un contexto geopolítico cambiante dentro y fuera de Europa.

Últimamente el caos producido por la segunda presidencia del factor naranja en Estados Unidos ha confirmado, por si quedarán dudas, que los países medianos se unen o son aplastados por las grandes potencias que actualmente acechan el mundo para repartírselo. Rusia ha dado el primer paso, seguida por la amenaza del anaranjado de comprar Groenlandia, secuestrar al jefe de Estado venezolano, y por si quedaran dudas y en compañía de Netanyahu hacer estallar literalmente el precario equilibrio en Medio Oriente.

Desde la invasión rusa de Crimea e inmediatamente después del resto de Ucrania, Europa convive con la guerra que hasta el momento es imposible detener. Por su constitución la Unión Europea (UE) requiere tiempo de deliberaciones y votos y este talante democrático impide la celeridad necesaria para la supervivencia de Europa. El fondo de ayuda a Ucrania está detenido hace semanas por el veto de Orbán. Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha señalado la necesidad de revisar los procedimientos porque es insostenible que un país bajo un gobierno “iliberal” (es la definición del propio Orbán) sea capaz de bloquear iniciativas vitales para la seguridad del continente.

Además de estos factores objetivos la influencia norteamericana en cuanto a la mezcla de la religión y la política ha promovido la creación de agrupaciones dotadas de abundantes recursos para promover su visión del mundo. Todo cabe en el resurgimiento del celo religioso con tal de que los miembros coincidan en cuanto a la decadencia de la fe, a la imperiosa necesidad de restaurar el cristianismo y batirse en una cruzada contemporánea contra el islamismo, al que los conspiradores creen ser el vehículo del reemplazo étnico de Occidente.

Entre los cristianos no son los protestantes los llamados a redimir el mundo de las acechanzas del maligno que nunca descansa. Son demasiado pocos y demasiado liberales, dirigidos como están por una mujer, la primera arzobispa de Canterbury. Tampoco los católicos tradicionales, plagados en escándalos sexuales, están a la altura del reto. Entre los cristianos corresponde a los evangelistas enarbolar la bandera de la fe y actuar en su nombre. Son ellos quienes han estado aguardando desde hace medio siglo para volver por sus fueros y arremeter contra el avance del liberalismo. Estados Unidos es el epicentro del nuevo fanatismo que con los evangélicos reúne inversionistas en criptomonedas, escépticos ante el cambio climático, “influencers” de la machosfera y quienes están convencidos, como el vicepresidente norteamericano, de que el amor es un círculo para proteger la familia tradicional, la comunidad y la patria.

Mientras la iglesia anglicana lucha por mantener abiertas sus iglesias, los evangélicos cuentan con recursos abundantes para garantizar organización, conexiones y difusión del mensaje, que no difiere de los eslóganes totalitarios.

En el RU los fieles al renacimiento religioso están a la derecha de Reform. Algunos incluso han sido expulsados de ese partido por su radicalismo, concentrado en su vehemencia contra los paquistaníes. De nada sirve que tengan pasaporte británico porque en el fondo (y el colorímetro) nunca dejarán de ser extranjeros. La extrema derecha fervorosa se considera como cristianismo nacionalista llamado a proteger los valores que definen la cultura occidental. A diferencia de sus padres, la Generación Z ve la rebelión contra las instituciones religiosas como un acto fútil, un gesto vacío.

En la nueva intersección entre política y religión se dice que sin la religión los derechos humanos perderían fuerza, aunque en la práctica las huestes de la fe se empeñan precisamente en anularlos. La batalla por el propio cuerpo está prácticamente perdida en Estados Unidos. En el RU en cambio el aborto se ve como un derecho y actualmente la discusión sobre la muerte asistida ocupa un espacio público de discusión que podría influir legalmente en la forma como ciertas personas deciden terminar su vida.

En 25 años han sucedido tantas catástrofes en el siglo XXI que han afectado la confianza y el optimismo prevaleciente hacia el cambio de siglo y de milenio. El panorama ideológico se ha transformado igualmente en una suerte de movimiento pendular hacia la derecha e incluso la extrema derecha, obsesionadas por dar marcha atrás hacia un mundo que jamás existió, pero el temor inducido por las redes sociales transforma en agrupaciones a las que moviliza. Ante el peligro, la inseguridad y la disminución de la calidad de vida la inmigración ofrece un blanco donde descargar el odio compulsivo hacia los otros, aquellos a quienes se considera fuera del círculo amoroso.

Ante los riesgos que plantea un mundo inestable y la falta de agencia personal para lograr una seguridad que los elude, es natural que muchos recurran al consuelo que sólo puede ofrecer la religión. La búsqueda de trascendencia y la necesidad de convencerse de que la existencia es más que un accidente y tiene sentido, es algo que con el humor nos distingue del paraíso bestial, atado al ciclo del instinto. Los humanos en cambio sabemos que lo único cierto y que nos iguala es la muerte. Ante semejante certeza el deseo de un refugio metafísico es natural. Lo que no lo es es la prodigalidad multimillonaria vertida en instituciones que en nombre de la religión están dispuestas hoy, como en las cruzadas y en las conquistas, a cometer incontables atrocidades. Mantener la división entre las necesidades espirituales y las terrenales, es decir conservar el Estado laico no garantiza igualdad ni justicia, pero en cambio protege de la violencia fundamentalista de quienes en nombre de la fe aspiran a un estado totalitario.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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