Política

Misión imposible

  • Columna de Bruce Swansey
  • Misión imposible
  • Bruce Swansey

A Carlos III le encargaron una misión imposible: persuadir a un demente rabioso de los beneficios de la razón. Ni Tom Cruise en sus días de gloria podría haber realizado tal hazaña.

“Oh dear, dear…” susurró el monarca, agraviado personalmente por los comentarios denigratorios del factor naranja acerca de las tropas británicas. Carlos III encabeza las fuerzas armadas y fue oficial naval, así que los insultos del anaranjado lo incomodaron. Como jefe de la Iglesia anglicana, le afrentó la agresión contra el papa y las imágenes blasfemas del anaranjado transmutado en un Cristo obeso y peroxidado.

Toda labor tiene una fecha irrevocable: la del rey fue el 28 de abril, cuando debió respirar profundamente y descender al pantano del Potomac.

“Oh dear, dear…”

Atrás dejaba un país asaltado por la discordia partidaria, la continua amenaza de la extrema derecha cuyo mascarón de proa es Nigel Farage, la crisis de los servicios públicos que no es fácil resolver en un escenario económico de escaso crecimiento debido primordialmente a Brexit, agravado por la guerra en el Próximo Oriente, los atentados terroristas del nuevo IRA (Irish Republican Army) en Belfast y la sombra de Epstein que se proyecta sobre el primer ministro haciéndolo tambalear y cuestionando su supervivencia.

Estos y otros males afligen al reino donde por fin la Cámara de los lords fue disuelta por considerársela incongruente con la actualidad. Defenestrados en masa. En ella los pares del reino habían heredado su sitio parlamentario a sus herederos, repantigados desde hace un milenio sin otro mérito que el accidente biológico. Lo que Blair intentó, le correspondió a Starmer realizar. ¿Progreso democrático o anulación de una instancia escrutadora que en el mejor de los casos puede contener los extremos y en el peor obstaculizar las iniciativas legislativas? Su último legado fue negar el derecho a la muerte asistida para quienes enfrentan enfermedades terminales y padecen una agonía insoportable. ¿Compasión o tortura en nombre de valores ajenos a las víctimas?

Hablando de privilegios medievales, Su Majestad cruzó el Atlántico dejando detrás un tiradero. En Bickershaw, Wigan, en el Ducado de Lancaster, se acumulan 25 mil toneladas de basura tóxica al lado de una comunidad que se asfixia con el hedor. Los abogados del rey han discurrido vender el terreno a precio comercial al consejo de Wigan, que también debe responsabilizarse por la limpieza. Para eso está el dinero de los impuestos. En cambio, Carlos IIII no pagará un penique. Dadas las credenciales ecologistas de Su Majestad el basurero colosal mancha su reputación, pero no afecta el privilegio medieval de la realeza, que está por encima de cuanto regula la existencia del resto.

Así las cosas, Carlos III debió viajar para hacerle la corte al factor naranja e intentar una misión imposible: restaurar la “relación especial” entre el Reino Unido (RU) y Estados Unidos, una relación especialmente ardua. Cabe notar que la única relación especial de ese país es con Israel. En el contexto de la guerra contra Irán, la negativa de Starmer de involucrar al RU encendió en el factor naranja una concentrada animadversión. Su amenaza de destruir Irán escandalizó a Su Majestad. Tal es el contexto previo a la visita que se inició jugando a las tacitas de té, una rancia tradición en el medio pelo de Queens, donde los habitantes del Este de Manhattan jamás posan sus Gucci. Por más que se esfuerce, el anaranjado mona se queda.

Siguieron los desfiles con soldados ataviados con uniformes de época de la independencia, bandas militares, bombos, platillos, cuetes, aviones y alfombra roja. ¿Qué pensarían Jefferson y Franklin si les hubiesen dicho que 250 años después el descendiente de Jorge III estaría entre los suyos y que estos lo ovacionarían durante minuto y medio? Probablemente estarían confundidos al ver cómo su legado es destruido por su propia versión actualizada del rey demente.

Entre Carlos y Trump no puede haber más diferencias, aunque la visita debe explotar la fascinación plebeya del anaranjado por la realeza, con la que se sueña a la par. El factor es, sobre todo, un igualado.

Un poquito de Wilde por aquí, otro poco de Kissinger por allá, algo de Dickens, otro poco de Lincoln y Roosevelt, una clase magistral en cuanto a discursos que deben expresar más de lo que dicen, el del rey consistió en generalidades como los valores compartidos, la defensa de la democracia, el respeto por quienes garantizan nuestra seguridad y el peso de las palabras sobre todo provenientes de un país como los Estados Unidos. Recordó a Lincoln a propósito de la doble importancia de las acciones. Estas generalidades tienen un subtexto: la unidad de Occidente en un momento en el que el factor naranja se empeña en destruir las instituciones que han garantizado el equilibrio internacional, la erosión autoritaria que ha corroído las instancias democráticas en Estados Unidos, el respeto que les corresponde a los soldados británicos que cumplieron con su deber en Afganistán y el peso de las palabras frente a quien se caracteriza por usarlas para atizar la violencia. El lenguaje del factor naranja es netamente performativo e incita a la intolerancia y el abuso. El rey no escatimó sus palabras abogando por el bien común y recordó la importancia de ayudar a Ucrania, un tema espinoso si se recuerda la humillante hostilidad a la que Volidímir Zelensky, el líder ucraniano, fue sometido. El cambio climático también estuvo presente ya que el rey siempre ha mostrado interés por lo que llama “la economía de la naturaleza”, de la cual depende el bienestar del mundo, otro tema tabú para su anfitrión al servicio de los consorcios petroleros. Carlos recordó septiembre de 2001 cuando el golpe terrorista contra las torres gemelas unió al mundo en defensa de Estados Unidos y el papel que la OTAN desempeñó entonces para sugerir la importancia de conservar lo que garantiza la cooperación internacional. De cara a una administración aislada el rey le recordó al anaranjado que esas responsabilidades no son meramente altruistas, sino que también protegen los propios intereses.

El discurso del rey confirma que implicar es más poderoso que denunciar. Su afirmación acerca del vínculo indestructible entre el RU y Estados Unidos sugiere que tal nexo está más allá de las imprecaciones del anaranjado que un día desaparecerá, pero mientras permanezca en la Casa Blanca, ¿habrá logrado el rey persuadir al tirano? Ojalá, aunque dada la calidad del percal la tarea de Carlos III fue una misión imposible.


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