La historia, se dice, es el alma de los pueblos, la disciplina que hilvana la diversidad originaria unificando los fragmentos en torno de una narrativa que oficialmente se propone legitimar la serie de accidentes que reconocemos como estado nacional. De allí su valor ideológico transmitido mediante la gesta de héroes y sobre todo de enemigos. Sin estos no hay nación. Todo líder aspira a ser recordado como redentor.
Aparte de la historia oficial, hay distintas formas de evaluar el pasado, desde los grandes acontecimientos hasta el peligro de aficionarse a la lectura en el siglo XIV y terminar junto con los libros en la hoguera, desde los periodos que segmentan el proceso constitutivo de la nación hasta el establecimiento de espacios públicos. Todo cabe en la historia, hacia la que el presente se vuelca irremediablemente.
Por eso se da tanta importancia al registro histórico, porque moldea la identidad personal y colectiva: sin conciencia del pasado no podemos aspirar al futuro. De manera especial cuando ocurren acontecimientos extraordinariamente violentos es fundamental registrarlos y con la distancia establecer el sentido que en su momento fue distorsionado. En este sentido la labor del historiador es similar a la del restaurador que limpia la suciedad de los intereses creados para ofrecer otra versión de los hechos.
Esto es evidente en el caso de las víctimas de la Guerra Civil en España. Los deudos y descendientes reclaman encontrar los restos en nombre de la memoria que el régimen se esforzó por borrar. Sin esto, se argumenta, no hay ninguna posibilidad de dejar atrás lo que ha sido una llaga infestada.
En Irlanda la importancia de rescatar a las víctimas de una república teocrática y autoritaria del olvido impuesto por la respetabilidad de las instituciones, es fundamental. Y ha comenzado por dar voz a las mujeres que hasta hace poco sufrieron el exilio interior en silencio. Los conventos donde se mantenía recluidas a quienes se habían embarazado fuera del matrimonio han sido expuestos en su dimensión carcelaria y revelado su condición de cementerios clandestinos en cuyas fosas comunes terminaba anónimamente la breve existencia de bebés e infantes que morían antes de ser colocados con familias que prácticamente los compraban. La promesa de la independencia fue traicionada por un gobierno que sustituyó la dominación británica por la hegemonía de la burguesía católica sin que ese cambio beneficiara a las mujeres ni a los pobres que siguieron viviendo hacinados en condiciones indignas. Las revoluciones ocurren para ser traicionadas o, como lo expresa elegante y cínicamente Lampedusa a través del Gatopardo, hay que cambiarlo todo para que todo siga igual.
El progreso de una sociedad no se mide sólo por su desarrollo económico sino también por su capacidad para satisfacer las necesidades de la población que tampoco se limitan a las condiciones materiales de existencia. El progreso debe también crear las condiciones necesarias de apertura ética, esencial para una sociedad más justa e incluyente.
1998 marca el fin de décadas sangrientas en Irlanda, una época oscura de atentados terroristas dentro y fuera de Irlanda del Norte, de amenazas, venganzas y crímenes en nombre de la identidad por parte de nacionalistas republicanos y de unionistas. Esos años han sido ya objeto de reflexiones y análisis, también de obras de ficción y de teatro empeñados en articular el terror cotidiano, la vigilancia y el castigo que acechaba en cada calle a cualquier hora. Todavía ese año, después de haber sido firmado el Acuerdo de Belfast, a las 3:10 de la tarde explotó en Omagh, en el Condado de Tyrone en el Ulster, una bomba que destrozó el centro del pueblo y cobró la vida de 29 personas hiriendo gravemente a otras 220. Ese fue el último gran episodio de un conflicto que continúa, aunque desde entonces la paz se ha convertido en un valor estabilizador para tirios y troyanos.
El recuerdo de esa lucha sorda y sin cuartel ha vuelto a reclamar la atención pública por el juicio en el que desde el 10 de marzo tres víctimas de atentados terroristas en 1973 y en 1996 en Londres y en Manchester, han entablado contra Gerry Adams, a quien acusan de haber sido responsable como miembro del consejo del Ejército Republicano Irlandés, una asociación que Adams siempre ha negado.
El acusado acudió a la corte con chaleco antibalas previendo cualquier manifestación de afecto porque esos atentados y esas víctimas no son los únicos. Margaret Thatcher estuvo a punto de sucumbir en 1984 cuando una bomba explotó en el Grand Hotel de Brighton durante la convención conservadora , donde cobró la vida de cinco personas e hirió a 34.
No es la primera vez que se acusa a Gerry Adams de haber formado parte de la cúpula del IRA (Irish Republican Army). El año pasado ganó el pleito contra la BBC a la que acusó por difamación por un programa transmitido en 2016 en el que se le acusaba de haber sido responsable de la ejecución en 2006 de Denis Donaldson, un agente británico. Adams fue exonerado y recompensado con 100 mil libras esterlinas. “Eso —declaró— le enseñará a la BBC a tener mejores modales y una comprensión más clara de la realidad”.
Sea el que sea el veredicto de la corte en Londres, lo que está en juego es la pertenencia de Adams al IRA, un secreto a voces porque muchos están convencidos de su participación y porque obligarlo a aceptarla afecta a Sinn Féin, el brazo civil del IRA, partido político del que Adams fue presidente desde 1983 a 2018. Desvelar su posición es fundamental para evaluar hasta dónde Sinn Féin es independiente respecto de un consejo formado por individuos protegidos por el anonimato pero cuyos intereses se teme lo manipulan. Mary Lou McDonald, la presidenta actual desde 2018 de ese partido, niega la existencia de tal consejo fantasmagórico ubicado en Belfast porque frena al partido de cara a las elecciones para desbancar a los partidos tradicionales que alternan en el gobierno desde la independencia irlandesa.
El juicio contra Gerry Adams también cuestiona el papel de la historia como obstáculo para dejar descansar el pasado. En 2025 se firmó el Northern Ireland Troubles Bill, que modificó la protección otorgada por el partido conservador a los soldados británicos y a los miembros del IRA en 2023 mediante el Northern Ireland Legacy Bill. A 28 años de haberse firmado el Tratado de Belfast y a 57 del origen de la era conocida como “the Troubles” (literalmente la época de los problemas) hay todavía muchos cadáveres en el armario que exigen esclarecimiento para descansar auténticamente en paz. Por un lado exigir transparencia y por otro la necesidad de que el pasado lo sea realmente plantean reclamos contradictorios. ¿Es lícito dedicar tanto tiempo, esfuerzos y costo material y emocional a hurgar en el pasado? Una sociedad encadenada a un litigio permanente corre el riesgo de prolongar un estado crítico que se desea superar. El legado de esta época es por un lado la existencia de soldados que acataron órdenes en situaciones que ellos no provocaron y que los acosan medio siglo después cuando el Estado cuyas órdenes siguieron no existe para escudarlos. Por el otro lado, están quienes rechazaban una ocupación que veían como inercia de una conquista colonial injusta e injustificable.
El juicio contra Gerry Adams ocurre en el contexto del legado imperial que ha probado ser conflictivo donde quiera que ha ocurrido desde India y Pakistán a África y el Medio Oriente e Irlanda, cuya guerra de independencia iniciada en 1916 marcaría el principio del fin del imperio británico. La transparencia es necesaria precisamente para poder superar el estancamiento maniqueo de una historia que necesita ser contada para que el pasado efectivamente lo sea.