Cultura

Un Tranvía llamado Deseo

Hasta las obras maestras sucumben ante una mala dirección. Tennessee Williams es uno de los grandes dramaturgos del siglo XX y “Un Tranvía llamado Deseo” es una obra determinante, total, cargada de poesía y fuerza sexual. La versión dirigida por Diego del Rio en el Teatro Xola despoja a la obra de esa fuerza, la sustituye por una secuencia interminable de gritos y demuestra que el director puede destrozar el texto y a los actores en nombre de la corrección política.

Diego del Rio rebajó el drama de Williams a melodrama pedagógico para enseñar que las pasiones son perniciosas y deben ser combatidas. La obra inicia con improvisaciones amateurs, los gritos anuncian que ahí las cosas más íntimas y sutiles se vociferan para que se escuchen en cien metros a la redonda. Las actuaciones carecen de matices, da lo mismo lo que digan, la actuación es un hervidero de emociones histéricas e incontroladas, el asunto es que dirigir y actuar es control. La histeria no aporta nada en el escenario y desvirtúa la esencia del drama.

El reparto tiene a excelentes actrices y actores, que bajo otra dirección tienen un desempeño magistral y aquí hay momentos en que rayan en el ridículo. Cuando Blanche (Marina de Tavira) dice que Stanley “es un animal”, el público ríe porque el personaje que vimos carece de la fuerza sexual que Williams describe, entonces las palabras de Blanche suenan a insulto, no a la proyección de su propio deseo.

La escenografía es una plataforma con puertas en el piso que son azotadas al ritmo de los gritos, ahogan los diálogos y tienen más protagonismo que los personajes. La iluminación está mal colocada, apunta a los ojos del público. La pareja de Stanley (Rodrigo Virago) y Stella (Astrid Mariel) es parte del despropósito, él carece de sexualidad y magnetismo, ella tiene un tono artificial hasta para invitar al público a compre dulces en la cafetería. En el texto la pareja vive su propia pasión y aquí la pedagogía inquisidora los reduce a pacientes de terapia de pareja. Ignoran que el arte lo hacen artistas no pedagogos, el arte descubre la naturaleza humana, no la anestesia.

Dice Blanche “No quiero la realidad, quiero magia”, eso justamente destroza la puesta en escena, la magia del corazón roto una mujer que encarnó la Madame Bovary de Williams. Stanley, ese animal sexual, fueron sus amores salvajes. Dentro de ese pequeño departamento la sexualidad enclaustrada de tres personajes, de la lealtad de pareja a la lealtad a la propia promiscuidad, la desolación y la soledad, quedan aniquiladas por el maniqueísmo actual.

Más de tres horas de una obra maestra castigada por la frivolidad psicológica de moda, la pareja tóxica, codependencia, etcétera, etcétera, someter a los autores a la ideología de la corrección política, y agradar al puritanismo actual que receta a las pasiones terapia y ansiolíticos para castrar al arte y dejarlo en un eunuco más en la masa generacional que prefiere hacer el amor con un chat que con un ser humano.


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Avelina Lésper
  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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