Existen novelas que son más intensas que la vida de muchas personas. Leemos ficción buscando que la realidad crezca, abriendo un espacio para llevar la mente y el espíritu más allá de la vida cotidiana. La seducción de una realidad paralela es un espejismo que nos traga, y nos obliga a pensar de otra forma nuestra propia realidad. La ficción es educación sentimental, los personajes son amigos y maestros, aun las situaciones más terribles, en su incierta existencia se suman a la del lector.
La ficción es un laberinto existencial, se inspira, roba fragmentos de la realidad y los utiliza, los hace crecer, ser más poderosos, audaces, y lanza al abismo a ese personaje que desperdicia su verdadera existencia escondido en la seguridad de su cobardía. Arrancar pedazos de vidas y anécdotas, rostros y escarbar en el pasado buscando el fango y la gloria es la obsesión, la misión y tragedia de la literatura.
La condena cae en los autores que toman la vida de sus amistades, familiares y las llevan a vivir una segunda existencia regida por la voluntad del arte. Los acusan de traición, como si el pasado de cada existencia mereciera algún tipo de lealtad, algo que ni el dueño de esos días es capaz de sostener. Se cree que la realidad siempre superará a la ficción, y es así, porque la ficción se termina al cerrar el libro, al finalizar la película, y la realidad sigue ahí, inamovible, poderosa, miserable, y exultante, entonces como autores tenemos que escribir cada segundo nuestra propia historia.
En “Amarga Navidad”, la película de Pedro Almodóvar, el tema central es la depredación que hace la ficción de la realidad para una vez poseída se convierta en lo que el autor desea. Es un director de cine que escribe el guión de una película después de una temporada de bloqueo creativo. Mientras lo hace vemos esa historia ficticia, al mismo tiempo de los “hechos reales” que la inspiran. Los implicados son su amante, su asistente de toda la vida, las personas más allegadas a él. Sus gestos, decisiones, son los de sus personajes, y las altera modificando el trayecto de sus existencias, la ficción corrige a la realidad.
El sentimiento de violación y traición de su asistente es el dilema ético de la literatura. El arte arranca de la realidad lo que necesita, lo estruja, saca de ella la sangre que será la tinta de cada página, de cada historia y la explota hasta que la deshecha en un final que la impotente realidad no puede cambiar. El arte es el espacio inasible, infranqueable de la voluntad de la creación. Es interesante que después de varias malas películas, Almodóvar regrese a los motivos de la ficción y al dilema que ha marcado la vida de muchos escritores. Fue la caída de Truman Capote, el aislamiento social de Marcel Proust. En el obtuso sentimentalismo en donde envolvemos a nuestras vidas, repudiamos vernos en el espejo de una historia inventada por otro que se arroga el poder de una deidad.