Cultura

La Meseta Purulenta

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El Palacio de Bellas Artes amurallado. Octavio Hoyos
El Palacio de Bellas Artes amurallado. Octavio Hoyos

Siempre creí tener muchos motivos para vivir en la Ciudad de México. Hoy que me lo pregunto, sin embargo, no consigo reunir media docena. Veo a los inmigrantes magrebíes entrar en Ceuta como marabunta y me digo que algo así nos pasó, sólo que lenta, imperceptiblemente, a lo largo de las últimas décadas. Para hacer realidad semejante catástrofe, tuvo que haber millones de mexicanos que en su momento opinaron igual en cuanto al atractivo de la que Carlos Fuentes llamaba, con guasona y macabra familiaridad, La Meseta Sangrienta.

Y bien: ya no la aguanto. Hasta hace pocos años me servía de consuelo salir en domingo o volver a la casa pasada medianoche, sin aglomeraciones ni embotellamientos, pero ya ni eso está garantizado. Para quienes aprecian la paz espiritual, la sola idea de pisar un centro comercial en sábado o domingo es una invitación a los infiernos. Se diría que al chilango de hoy le hacen feliz turbas y griterías, tanto así que la vida no le parece vida si no se suma a algún gentío bullanguero, insolente y montuno.

Andamos enojados, para colmo. Reclámale a un motociclista que circule encima de la banqueta, o a un ciclista que lo haga en sentido contrario, o a un automovilista que se estacione en doble o triple fila, y verás que en un tris se indigna y se engorila cual si fueras causante de todas sus desgracias. En el pasado era uno más aguerrido, y hasta estaba dispuesto a darse un par de cachetadas con un perfecto extraño para mejor zanjar el altercado, pero hoy que proliferan pistolas y maleantes vivimos condenados a mirar hacia el piso para no ir a engrosar la estadística negra del día. ¿Quién me dice que el gritón de la moto que me está amenazando por quitarme estas pajas no viene de vaciarle la fusca a algún deudor?

Nunca, que yo recuerde, viví en una ciudad en tal modo indolente y agresiva. Solía ser bonita y a su modo caótica, tramposa y señorial, cábula y entrañable. Uno hasta se jactaba de moverse por ella como pez en el agua y conocer sus códigos secretos igual que un patrimonio familiar, mientras la veía poblarse sin el mínimo asomo de racionalidad, hasta volverse la inconmensurable tierra de nadie donde hoy sobrevivimos los chilangos con la jeta torcida y el hígado arrugado.

Para colmo de horrores, mi ciudad es botín de intereses políticos burdos, avorazados y con cierta frecuencia criminales. El Metro, alguna vez orgullo citadino, padece un abandono inenarrable tras treinta años de ser mal operado y peor mantenido por administraciones ineptas y corruptas, supuestamente aliadas de los pobres y al cabo indiferentes a sus necesidades apremiantes. ¿Existe acaso peor calamidad que gastarse tres horas en llegar al trabajo y otras tantas en volver a la casa, en condiciones cuasiganaderas? ¿Y no es verdad que asaltos, abusos y agresiones son parte del menú de cada día?

Si alguna vez se dijo que el chilango pecaba de belicoso, la adversidad le ha puesto a la defensiva. No esperamos que nada salga bien, pues de todas las leyes en teoría vigentes operan solamente las de Murphy. Por si esto fuera poco asistimos, atónitos, al enseñoramiento del mal gusto, de manera que al abandono general le acompaña una estética palurda de cuya zafiedad dan cuenta por igual los candelabros del Metro Hidalgo y el Paseo de la Reforma transformado en un tianguis esperpéntico, donde mandan las mafias de vendedores ambulantes: aliadas persistentes del poder.

Éramos arrogantes los chilangos, cuando creíamos ser beneficiarios del centralismo idiota que nos trajo hasta acá, y ya la realidad nos lo ha quitado. Ojalá me equivoque, pero me cuesta creer o siquiera desear que las cosas no sigan empeorando. Por donde vaya encuentro dos constantes: baches y propaganda. O sea calamidades y mentiras. Y como soy chilango, a nadie le creo nada. Me temo que nuestra última riqueza, cuando esto al fin reviente, habrá de ser por fuerza la incredulidad.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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