Cultura

En memoria del Chino

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El mejor amigo del hombre a ras del suelo. Verónica Rivera
El mejor amigo del hombre a ras del suelo. Verónica Rivera

Apenas si recuerdo un par de escenas de esta anécdota triste, y sin embargo hasta hoy me persiguen. No controla uno los monstruos que carga en la conciencia, especialmente cuando no los comprende y nada puede hacer para explicar su asedio recurrente, como no sea sentarse a relatar lo que, según recuerda, sucedió. En todo caso, tengo una cicatriz bajo la ceja que inevitablemente me remite a aquellos hechos por los que hasta la fecha me acompaña una culpa que no por más absurda es menos inquietante.

Aquel era un perrito generalmente amable y juguetón que solía deambular por nuestra calle. Tenía yo entonces poco más de tres años y acostumbraba acariciar a cuanto chucho se ponía a mi alcance. Esa tarde, no obstante, se hallaba el can de marras muy entretenido royendo un hueso recién pepenado, cuando me acerqué a él, ingenuamente ajeno a la obvia reacción que seguiría. Sentada a pocos metros de la escena, recargada en la puerta de la casa, no alcanzó mi mamá a detenerme. Cuando menos pensó, ya había yo importunado al inocente perro, que en súbita defensa de su manjar me asestó una mordida cerca del ojo izquierdo.

Con el niño berreando y escurriendo sangre, mi madre se llevó un tremendo susto, mientras el perro huía despavorido de ella, de mí y del hueso que de todas maneras no pudo disfrutar. La primera pregunta que se hizo mi mamá era la más común en esos tiempos: ¿Y si tenía rabia el perro vagabundo? Poco rato después llegó mi padre y juzgó indispensable capturarlo. “Es el Chino”, dijeron unos niños que habían visto la escena y ya lo conocían. A cambio de una pronta recompensa, fueron tras él y en cuestión de minutos lo trajeron atado de un mecate. Con su ayuda, mi padre lo metió en la cajuela de su coche: prueba de que aquel Chino era, en condiciones normales, manso e inofensivo.

Me recuerdo chillando, sentado entre mis padres, de camino hacia el Centro Antirrábico —esto es, el matadero de los perros sin dueño—. Lloraba más que nada de terror, pues había escuchado no sé dónde que la rabia sólo podía prevenirse con varias inyecciones en la panza. Atrás, en la cajuela, venía el Chino ladrando desesperadamente, a lo cual mi papá respondía gritando “¡Cállese, Chino cochino!”. Tras algunos análisis, resultó que el perrito estaba sano, más ello no fue obstáculo para que de cualquier manera lo mataran.

Crecí, a partir de entonces, con aquellas imágenes en la cabeza. Por más que mis papás trataron de explicarme mi inocencia al respecto, nunca me perdoné haber sido el causante de la muerte del perro, ni dejé de escuchar a su alma en pena chillando y pataleando dentro de la cajuela. Cuando, en el catecismo, me hablaban del “pecado original”, mis pensamientos iban irremediablemente a parar en el Chino. Un par de años después tuve mi primer perro, y al poco tiempo me habitué a hacer migas con cuanto chucho se cruzó en mi camino, tan imprudentemente que de entonces acá cuatro más me han mordido, sin mayor consecuencia. “Me lo merezco”, dije cada vez, pensando en aplacar mi culpa primigenia.

Gerónimo, se llama uno de nuestros perros, entre cuyos apodos cariñosos se cuenta el de “Gerocho” o “Gerochito”, que al paso de los meses degeneró a su vez en “Gerochino”. Cuando menos pensamos ya le decíamos “Chino”, en principio de broma y al cabo, de mi parte, con toda seriedad, a modo de homenaje a la primera víctima de mi candor. Hasta hoy experimento una suerte de alivio espiritual cada vez que le digo Chino, Chinito, Chinicuil o Chinápiro al bueno de Gerónimo, que sin falta responde a esos y otros simpáticos epítetos. Miro de paso al Chino original en cuanto perro sé que ha sido maltratado. Alguien dentro de mí me recuerda, no obstante, que nunca acabaré de reprocharme por lo que jamás pude prevenir.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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