Cultura

La piedra se hizo carne

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“La mentira es el cimiento del poder”, reflexiona el tlatoani de Texcoco. Especial
“La mentira es el cimiento del poder”, reflexiona el tlatoani de Texcoco. Especial

Hay libros que desatan tempestades. Uno de ellos se llama El dios hambriento, la novela punzantemente viva que Enrique Serna ha escrito en torno a aquel pasado hermético y distante que la historia oficial —la que todos mamamos en la escuela— se empeña desde siempre en petrificar. Entre arengas fogosas, consignas de cartón, afectaciones huecas y mentiras impías, nos han dejado ver de aquellos esplendores no mucho más que piedras emblemáticas y algunos cuantos dogmas edulcorados. Imposible escribir una novela histórica que sea al mismo tiempo relevante, vibrante y verosímil sin hacerle cosquillas a la ortodoxia, pero si ya se trata de pisar callos como cucarachas, ¿quién hay mejor que Serna para calzar las botas?

Una de las tareas más delicadas de quien incurre en la ficción histórica —y de paso una apuesta de alto riesgo— es poner carne y hueso en sus protagonistas. Hace falta, además, mucha temeridad para meterse en el pellejo de Nezahualcóyotl o hablarse al tú por tú con Tlacaélel. No es la primera vez, sino de hecho la cuarta, que el autor de El seductor de la patria sale airoso de un brete semejante, aunque probablemente sea la más osada. Ya nada más ponerlos a hablar en castellano implica tirar dados peligrosos y exige dosis altas de osadía, de modo que una vez lanzado al ruedo no queda al novelista más opción que jugárselo todo por las pocas certezas que le acompañarán en la enorme aventura de convertir leyendas en gente de verdad.

El dios hambriento cuenta la historia de una pugna soterrada y tenaz entre un tlatoani afecto a la belleza y otro reconcomido por las ansias malsanas de poder. Es decir, entre dos visiones irreconciliables: una que aspira a celebrar la vida como tal y otra resuelta a entronizar la muerte, reescribiendo la historia según sus intereses más mezquinos. “La mentira es el cimiento del poder, aquí y en dondequiera”, reflexiona el esteta Nezahualcóyotl en torno a los escasos escrúpulos de un Tlacaélel díscolo y receloso cuya sed de dominio tiene tan pocos límites como el hambre de sangre de un dios Huitzilopochtli a quien no tiene empacho en suplantar.

Hay en El dios hambriento, amén de las presencias legendarias, un elenco de personajes entrañables que asimismo humanizan a héroes y villanos, ninguno de ellos libre de las debilidades que inevitablemente marcarán su sino. Es el caso de la princesa Chimalma, sufrida media hermana de Nezahualcóyotl cuya sola hermosura invita a compartir y celebrar la pasión incestuosa que alimenta y enciende la novela. ¿Y qué decir de la brava Quilaztli, su amante irreductible, pertinaz hechicera que enfrenta al mundo entero con el auxilio de Tlapáltic, un temperamental y habilidoso mono araña cuya misión estriba en tornar cotidiano lo sobrenatural?

“Los vencedores tenemos el privilegio de reinventar el pasado”, fanfarronea Tlacaélel, vicioso del poder, animoso antropófago y enemigo feroz de cualquier tentativa civilizatoria. “Un pueblo engañado es un pueblo débil y fácil de corromper”, argumenta a su vez el sabio Patécatl, con la amargura propia de quien mira a su mundo desmoronarse ante el empuje de la bestialidad. Todo lo cual nos lleva a recordar que esta es una novela del siglo XXI, donde los desfiguros de la casta política son en cierta medida comparables a los de aquellos tiempos. Razón más que bastante para ir prefigurando las tormentas que el libro habrá de despertar en un país enfrentado a sí mismo por obra de visiones y ambiciones más o menos afines a las del caníbal.

Encuentro algún torcido parentesco entre el Tlacaélel de Serna, iluminado por “la clarividencia del odio”, y su Fray Juan de Cárcamo, el personaje adicto a los enemas cuya monomanía salpimenta las páginas de Ángeles del abismo, pues no son sus deidades, sino ellos, quienes padecen una gula insaciable y tragicómica. Pero es al cabo la bruja Quilaztli quien resume el espíritu del libro: “Si quieres hacer fortuna y vivir contenta, límpiate el culo con los preceptos morales, en este mundo sólo triunfan los desalmados”.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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