Cultura

Esas pláticas inciertas

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Individuos conectados al mundo, desenchufados de la reunión. AFP
Individuos conectados al mundo, desenchufados de la reunión. AFP

M+.- Odio comunicarme por escrito. Ya sé que suena a chiste, viniendo de quien vive de escribir, pero ahí está el problema: no abraza uno este oficio buscando disminuirlo y burocratizarlo a través de una forma de intercambio verbal que hace de la escritura un engorro prosaico y compulsivo, comparable al llenado de un formulario. La sola redacción de un correo electrónico suele tomarme más tiempo y desgaste que ingeniar este párrafo completo, sin la satisfacción que suele acompañar a la escritura libre y soberana.

“Querido Fulano”, me escribe una persona cuyo rostro no atino a imaginar y cuya voz tampoco he tenido la suerte de percibir, acerca de un asunto de trabajo, y ya desde ese instante me apabulla la sensación de verme envuelto en una farsa donde estoy orillado a responder prodigando un cariño inexistente. ¿Seré un maleducado si no empiezo, a mi vez, tratando de “querido” a ese perfecto extraño tan gentil? Para quienes respetan la escritura, vale más ser grosero que falsario, pero ello no resuelve la cuestión principal: ¿Cómo he de saludar, sin ser brusco ni ñoño, y en qué tono tendría que expresarme para sentirme un poco menos absurdo?

El asunto se agrava con el WhatsApp, donde supuestamente conversa uno con su interlocutor, prescindiendo de todas las ventajas de que suelen distinguir a las charlas telefónicas, ya no digamos a las presenciales. Escribo las palabras a trompicones, acotado por las teclas virtuales del teléfono, víctima de una súbita premura que ni siquiera es mía, ni tendría por qué secuestrarme el sosiego. De pronto me pregunto si el asunto que trato de este modo no sería más fácil de resolver mediante una llamada de dos minutos con todo y cortesías de rigor.

La sola idea de emular un coloquio a través de mensajes electrónicos me parece no nada más ridícula sino de hecho inviable. Toda plática es, por definición, un territorio de espontaneidad. Dice uno lo que piensa o lo que siente no únicamente a través del lenguaje, sino además sirviéndose del tono, el volumen, el ritmo y la ironía, entre otros ingredientes que dan forma y sentido a lo que dice. Incurrimos de paso en exageraciones, inexactitudes, exabruptos, frivolidades y otros excesos propios del parloteo, pero es así que el habla cobra vida y encanto. Tener que redactar lo que vas a decir, así sea a las carreras e inconsecuentemente, es cercenar toda esa ligereza en pos de la vulgar inmediatez.

Ya van varios amigos con quienes me peleo por WhatsApp, frecuentemente a causa de los malentendidos que propicia las comunicaciones silenciosas. Basta con que recurras a la ironía para que tu mensaje se tuerza en el camino, y acaso sea tomado con literalidad por quien súbitamente se sentirá agredido por frases que tus labios habrían expresado con total nitidez. Un privilegio de por sí inaccesible a la palabra pergeñada al calor del momento, con la prisa y torpeza propias de los asuntos que se tratan en un segundo plano. Releyendo más tarde mis rencillas virtuales, he de aceptar que fueron tan estúpidas como el berrinche que hice en su momento. Igual que la ironía, la inteligencia sufre para hacerse lugar en el WhatsApp.

No dudo que sea un medio indispensable, pero no pocos lo usan para reemplazar los auténticos diálogos. A saber cuántas viejas amistades llevo ya varios años tratando únicamente por WhatsApp, con ese defensivo acartonamiento que propicia el saber que tus palabras quedarán grabadas y sujetas a tantas interpretaciones que más valdría nunca haberlas escrito. Ya no contamos chistes, enviamos memes. No compartimos risas, sino meros “ja ja”. En lugar de opiniones, emitimos cumplidos. Y si se trata de expresar sentimientos, recurrimos a fórmulas, stickers y emoticonos que nos sacan de apuros, si bien difícilmente traducen lo que está en nuestra cabeza. Volviendo a la primera línea de este escrito, me permito hacer una rectificación: Odio incomunicarme por escrito.


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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