“Los sueños no tienen ley” dice Platón en el diálogo Fedro, es el espíritu el que libremente muestra los pensamientos, deseos y recuerdos que en la vida cotidiana decidimos negar y olvidar. Nuestro ser liberado, en ese estado de inconciencia que es dormir, viaja por la oscuridad de la memoria, buscando lo que sepultamos para negar a nuestra propia naturaleza. Platón en su pragmatismo nos da una visión muy cercana a la psiquiatría. Jung pensaba en los sueños como revelaciones de la sabiduría del inconsciente y trasciende lo individual.
El espíritu también se traslada al futuro, ve, vaticina y sabe que lo que está por suceder es parte del trayecto incierto de la existencia. La hermosa Casandra recibió de Apolo el funesto don de la adivinación, seducido por su belleza le propuso un trueque injusto, ella le entregaría su cuerpo y él le abriría la ventana prohibida del porvenir. Las visiones llegaron en sueños turbios, los mensajes cifraban su propio lenguaje. Casandra se negó a cumplir el trato, sin prever la furia de Apolo que le escupió en la boca y la condenó a padecer la incredulidad de quien escuchara sus palabras. Casandra perseguida por estas pesadillas, convertida en oráculo y prisionera, interpretaba lo que veía, incapaz de cambiar la fatalidad anunciada. Vio al enorme caballo de madera que gestaba un ejército en las entrañas, vio la caída de Troya, ardían las murallas, el océano fue sangre, y nadie creyó en sus palabras. La maldición la marcó, ella era portadora de la desgracia.
En la mitología grecolatina y en la Biblia los sueños eran la voz de los dioses, los seres humanos incapaces de comprenderlos recurrían a los óraculos para la interpretación de los vaticinios. Advertencias, consejos, anuncios, el espíritu tenía una comunicación sutil que trasladaba la sabiduría que el ser ignora de sí mismo. Llegó la psiquiatría y asesinó al espíritu para inventar a la psique, al inconsciente, al Yo, al súper Yo, destazaron al espíritu para analizarlo en autopsias de gabinete, diálogos sin destino. Dejó de ser sabio para ser patológico, abandonó el misterio para ser el cofre de lo reprimido, de horribles vivencias olvidadas porque para sobrevivir las escupimos en el fondo oscuro del cráneo.
Freud los utilizó, no los interpretó, los usaba como arma persecutoria de la psique castigada, decía que son expresiones irracionales y asociales de nuestra naturaleza. Casandra vuelve a ser maldecida, las visiones regresan a la condena, lo que ella auguró para la psiquiatría sería un deseo reprimido de acabar con Orestes, el caballo simboliza la violencia machista. Lo que sea, menos la caída de Troya. Los psiquiatras no son oráculos, la naturaleza humana dejó el mito y se sepultó en la perpetua sintomatología.
Caer en el vacío, gritar sin ser escuchado, sueños recurrentes que “trascienden lo individual” para ser un canon colectivo, es el vaticino del abismo en el que la psique lanza al espíritu esperando que no regrese jamás.