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Jueves , 25.04.2019 / 00:02 Hoy

La pantalla del siglo

"Caballerango": Sin lugar para jóvenes

Annemarie Meier

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Caballerango fue una de las películas más impresionantes que pude ver en el FICG 2019. Importante fue, sin duda, vivir la experiencia en compañía del grupo de críticos de cine del “Talent Press”, un taller que se encarga de publicar reseñas de las películas iberoamericanas exhibidas. Me impresionó la sensibilidad de mis colegas de Uruguay, España, Cuba, Costa Rica y Ciudad de México en abordar, analizar y comentar tanto el tema como la estética e importancia cultural y social del filme que describe el ambiente y escucha los testimonios de familiares y amigos de Nando, un joven de la ranchería Milpilla, cerca de Atotonilco en los Altos de Jalisco que se quitó la vida. La película no busca ni especula acerca de los motivos de la decisión de Nando. Capta y trasmite los testimonios de familiares y amigos del joven y describe con detalle la tierra, las actividades y la relación con los animales que formaban su entorno.

La joven crítica de CdMx Astrid García Oceguera sintetiza el filme con las palabras: “El primer largometraje de Juan Pablo González retrata a través de viñetas el día a día de una recóndita comunidad que sufre de un terror velado y que se enfrenta a la amenaza invisible que se está llevando poco a poco la vida de los más jóvenes, de los que ellos conocen como hijos, hermanos, vecinos, amigos. La estructura narrativa se construye con un recurso documental bastante común en estos ejercicios audiovisuales: el uso de talking heads, elemento que se reinventa en Caballerango y que muestra a los interlocutores no mirando a la cámara sino llevando a cabo sus tareas cotidianas: viendo la televisión, poniendo uñas de gel, calentando tortillas en un comal, tomando tequila en la sobremesa. Lo que hila esta sucesión de imágenes es que el tema que las une es uno sólo: la muerte de Nando y lo que pasó después”.

Caballerango empieza con una carrera de caballos en campo abierto. Captada con un plano secuencia con cámara fija, observamos cómo grupos de hombres de todas las edades se preparan para presenciar la carrera. Alborotados hablan con voz fuerte y hacen apuestas hasta dirigir su mirada hacia el lado de dónde llegarán los jinetes. La espera cargada de suspenso, termina en el instante en el que los caballos pasan con tanta rapidez que sólo se ven como barrido sobre la pantalla. A la secuencia de la carrera le siguen otras que muestran de qué manera las actividades de hombres y mujeres están ligadas a la tierra y al destino de caballos, vacas y pollos cuya crianza, domesticación y matanza forman parte de las rutinas diarias de la comunidad. Destaca, sin embargo, una escena especialmente elocuente que ilustra de qué manera la muerte de un ser cercano detiene el tiempo y causa dolor: Desde un crucero de calles observamos cómo se acerca una procesión funeraria. Con infinita lentitud hombres, mujeres y niños empiezan a poblar la pantalla y dar pie a un plano nocturno en el que la luz de cientos de veladoras ilumina un cerro cercano.

“Los suicidios han mutado década tras década de ser un estigma social a ser una incógnita punzante que se internaliza más como tragedia que como duelo”, escribe Astrid García. Caballerango señala la urgencia de atender un problema que nos debe preocupar y hacer reaccionar. No sólo en Atotonilco dónde Juan Pablo González realizó su filme.

annemariemeier@hotmail.com

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