La naturaleza y la política suelen compartir una ironía cruel: ambas avisan, pero pocas veces estamos listos para el impacto. Este domingo, Puebla despertó bajo el asedio de dos corrientes heladas. Una, meteorológica, traída por el frente frío número 37; la otra, criminal, soplada desde las entrañas del crimen organizado tras la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho.
El título de este espacio no es gratuito. Ayer, el miedo llegó con el viento. Mientras las rachas despeinaban la capital, las noticias sobre bloqueos en la autopista México-Puebla, a la altura de Santa Rita Tlahuapan, congelaban el ánimo social. No eran rumores: un tráiler, una camioneta y un autobús de ADO ardían en el asfalto. El fuego, paradójicamente, trajo consigo un frío sepulcral a la movilidad del estado.
La parálisis fue sistémica. Las terminales de autobuses, usualmente hormigueros de personas, entraron en caos, luego enmudecieron. Estrella Roja, ADO y AU suspendieron operaciones tras el secuestro y quema de unidades.
La incertidumbre alcanzó las canchas: las Guerreras de Puebla y los Halcones de la Interamericana tuvieron que bajar la cortina, priorizando la vida sobre los encuentros deportivos. Incluso el Banco del Bienestar en Xonacatepec, sintió el zarpazo del vandalismo.
Hay que leer esto con lupa: cuando las universidades y la propia SEP deciden trasladar la educación al monitor y cerrar las aulas, como pasó en la pandemia por el covid-19, el mensaje es de vulnerabilidad compartida. Las autoridades han llamado a la coordinación, y es lo mínimo esperable. Sin embargo, la seguridad no solo se decreta, se construye recuperando la confianza perdida en cada kilómetro de carretera bloqueado.
El panorama es oscuro, sí, pero no debe ser definitivo. La caída de un líder criminal suele dejar un vacío que los grupos delictivos llenan con terrorismo urbano para demostrar vigencia. Ante eso, la respuesta ciudadana no puede ser el repliegue permanente, no podemos entregar los espacios públicos.
Hay que cerrar la puerta al crimen desde la cohesión social y la exigencia de justicia, pero sobre todo, desde la ocupación de nuestras calles, canchas y escuelas. El viento del frente frío pasará, pero la reconstrucción del tejido social es una tarea que no admite pausas ni persianas bajas.
Ganar la calle es, hoy más que nunca, un acto de resistencia y paz.