Dicen que en la política, como en la cocina, hay secretos que van más allá del sazón; ambas requieren paciencia, mezcla precisa de ingredientes –o aliados–, manejo de tiempos y preparación exacta para evitar una “mala digestión” pública.
Ayer, en una reunión interestatal celebrada en la Secretaría de Gobernación federal, quedó claro que el gobierno de Puebla tiene una receta que a sus vecinos les urge copiar, y no es el mole ni el chile en nogada, sino la gobernanza.
Mientras representantes de Oaxaca, Guerrero, Chiapas y el Estado de México llegaban con carpetas llenas de conflictos —tratando de minimizar que hay calles y edificios públicos tomados por la Unidad Nacional Independiente en Resistencia (UNIR)—, la delegación poblana, que acudió en representación de Alejandro Armenta, se llevó un reconocimiento que pocos logran en tiempos de polarización.
¿El motivo? La sensibilidad. Según me cuentan, en los pasillos de Bucareli se aplaudió el “trabajo fino” y la inmediatez con la que Puebla ha logrado apagar el fuego con los grupos inconformes. Mientras en estados vecinos el diálogo es un concepto olvidado, en la entidad se ha optado por escuchar a quienes protestan, vengan de donde vengan y del color que estén pintados.
En este marco, trascendió que la Federación destacó la disposición personal del gobernador Armenta, quien no ha tenido empacho en atender directamente las causas, incluso cuando el tono de los reclamos sube de volumen.
El resultado es tangible: cero oficinas tomadas y mesas de diálogo permanentes donde otros solo ofrecen silencio o represión.
Habrá quienes digan que escuchar es solo cortesía política. Sin embargo, en la realidad de la calle, que un gobierno no se esconda tras vallas y granaderos ya es decir algo. Al final, a ningún ciudadano nos conviene que la receta se pase de tueste; la verdadera prueba será mantener ese fuego bajo control sin que la apertura se convierta en debilidad o el diálogo en simple lista de espera restaurantera.