La educación se percibe como una relación entre seres humanos. Como un encuentro entre el Tú y Yo (Buber, s/f). Un encuentro en el que se establece una relación que busca que los alumnos miren una realidad, en esto radicaría la importancia y sentido del papel del maestro. La búsqueda de una realidad nos llevaría a la esencia de la educación: aprender a ser persona, que no es otra cosa que tener una concepción de realidad (Langford, 1977:30). Las personas tenemos una concepción de mundo, que se nos presenta con determinado orden y que a la vez nosotros lo representamos a través del lenguaje, aunque no como condición única si importante para ampliar la riqueza de su concepción.
En la relación que se establece entre el maestro y el alumno, la búsqueda del interior del hombre, representado por el educador, se convierte en la esencia de la relación educativa, donde se observa una dimensión dialógica. Es entonces cuando podemos reconocer que en los maestros existe una interiorización de aquello que transmite. Si esto no es así, difícilmente se posibilita el encuentro entre el tú y yo. En este sentido, el diálogo se presenta como una exigencia existencial (Freire, 1985) que abre el camino para un encuentro de reflexión y acción entre maestros y alumnos, con la firme idea de transformar el mundo y humanizarlo. El diálogo entonces, no se puede reducir a la trasmisión tácita de ideas, sino que tiene que evidenciarse una liberación de los sujetos. La libertad vista como una condición y no como un fin.
Jacques Maritain observa en lo anterior que la tarea del maestro es sobre todo una tarea de liberación, donde la regla primaria y primera es fomentar aquellas disposiciones fundamentales que capaciten al agente principal (educando) para crecer en la vida de la inteligencia. O pensando en términos filosóficos, el saber cómo vida, en la cual se presente una interiorización y exteriorización del mundo que concebimos (Platón) o bien como lo plantea Bonagura (1991) que “la gran tarea de la educación consiste en ayudar al educando a encontrar la formulación de un proyecto de vida constructivo, que haga a la persona lo más feliz posible”, la invitación educativa, en otras palabras.
Por esta misma razón, el maestro debe conjugar en su práctica de enseñanza lo que Tomás de Aquino, citado por Josef Pieper, denomina como vida contemplativa y vida activa, el pensar y el hablar, en la que primero se evidencie la comprensión de las cosas y se participen como verdades y posteriormente las explique, muestre y transmita. Sin en la relación educativa el maestro no cumple con esto, se puede decir que no hay enseñanza.
La relación educativa entonces, encuentra su sentido en la medida en que tanto maestro como alumnos comprendan el significado del mundo que los une y en el que viven, y esto sólo es posible en un acto de comunicación, de diálogo. El tipo de comprensión que refiero es el que se denomina como “comprensión empática” (Rogers, 1985) que muestra la capacidad de los sujetos de comprender el interior de los otros. Esta posibilidad le permite, en el caso del maestro, de ver el mundo desde el punto de vista de los alumnos, y cuando esto ocurra, regreso a lo anteriormente mencionado, la liberación en los sujetos es más perceptible.
Si reconocemos lo anterior, diríamos que la relación educativa, caracterizada por el diálogo, tiene su punto de partida en la realidad de las cosas, pasa por una interiorización donde encuentra su concreción, y finalmente se exterioriza en la medida en que toma conciencia de ella. La relación educativa es una comunicación con la realidad y con los otros.
Alfonso Torres Hernándeztorresama@yahoo.com.mx