Se cuenta de un rey que lanzó un concurso entre sus súbditos a fin de plasmar en una pintura la paz perfecta. El premio era sumamente atractivo, así que muchos artistas participaron haciendo gala de sus mejores oficios. El rey personalmente revisó todas las pinturas participantes, y dos quedaron en la gran final.
Llegó el día en que el soberano daría a conocer su veredicto. Los súbditos anticipaban con seguridad por cuál pintura se inclinaría el rey. Era “obviamente” la mejor, plasmaba un lago hermoso en total quietud, rodeado de bellas y majestuosas montañas, coronadas por un espectacular atardecer que se reflejaba con diáfana placidez en el lago. Para ellos no había que considerar ni siquiera la otra opción.
Esa otra pintura plasmaba montañas escabrosas y semi áridas. Sobre ellas había un cielo de nubes oscuras y amenazantes. En una de las montañas parecía retumbar una cascada de agua rugiente y espumosa. El cuadro aquel reflejaba todo, menos paz. Para sorpresa de todos, el rey dio por triunfador a esta pintura.
¿Por qué? Le preguntó uno de sus consejeros, a lo que el soberano respondió: “Si observan con detenimiento, verán que en medio del torrente sale una roca, en la cual hay un pequeño arbusto, y en una de sus ramas hay un nido en el que reposa un ave. La paz no significa ausencia de estruendos, adversidades, problemas ni dolor. Paz significa tener calma en el corazón a pesar de todo ello”.
El cuento encaja con los tiempos que vivimos. Todo luce amenazante y sin encanto alguno. Pandemia, desempleo, economía, inseguridad pública, problemas personales, etc. Pero el Príncipe de Paz, Jesucristo, sigue en busca de cada uno de nosotros. “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”, Juan 14.27.
La paz que sobrepasa todo entendimiento la consiguió Jesús en favor nuestro mediante su sacrificio en la cruz. Allí Él cargo con nuestros pecados, juicio y castigo, para que pudiéramos tener paz con Dios, y también obtener la paz de Dios.
Entrega tu vida a Jesús. Pídele que venga a morar en tu corazón. Recíbele como el Señor de tu vida. Nunca te dejará ni desamparará. No se turbe tu corazón ni tengas miedo. Jesús te ama y quiere estar contigo para siempre. Solo cree y lo verás.