Pese a ser el “Rey de reyes y Señor de señores”, nació en un establo rodeado de bullicio y excrementos de animales, en una insignificante ciudad bajo el dominio del Imperio Romano. No hubo médico, ni enfermeras, ni anestésicos; fue envuelto en pañales. Poco después de su llegada, se emitió una orden para darle muerte. Su madre, María, y José tuvieron que huir con Él a Egipto. Al regresar a su tierra, vivió en una ciudad de tan mala fama que incluso uno de sus futuros seguidores exclamó antes de creer en Él: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”
Jesús no fundó partidos políticos, religiones ni grupos filosóficos, pero su influencia ha impactado a innumerables generaciones y ha trascendido los siglos. No viajó más de 300 kilómetros desde donde nació, pero sus palabras siguen resonando en todo el mundo. Solo escribió con su dedo en la tierra polvorienta, pero hoy millones de libros hablan de Él. No tenía dónde reposar su cabeza; hoy existen cientos de miles de edificaciones donde se le predica cada día. Habló a relativamente pocos en valles y montañas semiáridas, pero ahora millones hablan de su gracia, amor, bondad, misericordia, justicia y poder para perdonar pecados, salvar y dar nueva vida.
James Allan Francis escribió de Él: “Tenía apenas treinta y tres años cuando la marea de la opinión pública se volvió en su contra. Sus amigos huyeron. Uno lo negó. Otro lo traicionó. Fue entregado a sus enemigos y sometido a la farsa de un juicio. Lo clavaron en una cruz entre dos ladrones. Mientras moría, sus verdugos se jugaron a los dados su única posesión terrenal: su manto. Al morir, fue bajado de la cruz y colocado en una tumba prestada por la compasión de un amigo. Han pasado veinte siglos, y hoy Él sigue siendo la figura central de la raza humana y el líder del avance de la humanidad”.
Sin citar la Biblia, esto basta para reconocer que Jesucristo fue único y extraordinario, simplemente por ser Dios hecho hombre. Odiado y perseguido sin razón, no albergó ni un gramo de amargura ni resentimiento, al punto de decir en medio de su tormento en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
¿Por qué? Porque te ama: “Por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”, (Hebreos 12:2).