Política

10 años en terapia

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • 10 años en terapia
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Mored
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Así recuerdo que ocurrió. Por aquellos años en los que intentaba pertenecer formé junto con otros colegas un grupo que habría de dedicarse al estudio y difusión del psicoanálisis, que incluso tendría como uno de sus grandes objetivos formar a acompañantes terapéuticos para atender, por ejemplo, a personas en psicosis o con autismo.

Como parte del proyecto buscábamos a docentes que compartieran desde la filosofía y el psicoanálisis otros puntos de vista que nos ayudarían a formarnos y a formar a los demás.

En uno de esos intentos por lograrlo organizamos un seminario dedicado a estudiar la conformación del concepto de cuerpo en cccidente. Fue ahí donde coincidimos, creo que por primera vez.

En uno de los descansos de las clases se acercó a mi como quien intenta hacer un nuevo amigo, sin saber si debe hablar del clima y atreverse a aburrir con la obviedad o lanzar un disparate que mueva a risa y sea el gancho de una larga amistad.

Me dijo: “hola, Isaac, podrías recibirme en consulta”. Le pregunté que cuáles eran sus motivos y respondió: “me quiero analizar”. Por aquel entonces no desconfiaba tanto como ahora de este motivo como fuente para buscar una consulta, así que acepté. Acordamos la fecha y la hora para iniciar su proceso.

Recuerdo que siempre andaba con café en mano y cuando el tiempo lo permitía en los recesos del seminario sus dedos cambiaban los vasos de cafeína por cigarros, que a veces parecía que se devoraba y otras tantas parecía que le devoraban.

Tenía muchas ganas de hablar, pero no sabía cómo. Tal como le ocurre a la mayoría de las personas que llegan a consulta. Todos los síntomas se la apelotonaron en la garganta y cuando al fin uno pudo hallar la salida de emergencia, no lo dejó correr y de él se enganchó para tejer y destejer su historia de vida.

El síntoma es motor y lastre. Acuden al psicoanalista cuando ya no deja seguir caminando, cuando ya no va, con la idea de que hay que extirparlo, antes de conocerlo, arrancarlo de raíz, porque se tiene la creencia que eso hace sufrir.

Así le pasó, como a la mayoría, salvo que como quería analizarse sí estaba en la disposición de formar el fantasma que hay en torno a él para conocerlo, dignificarlo y permitirle que siga en su vida. Claro, a veces se desesperaba.

En uno de esos momentos de desesperación, en la alborada de su proceso, me preguntó: “¿cuánto tiempo más voy a tener que estar viniendo (a consulta)?”. Aunque parecía que era una pregunta formulada para su analista, en realidad la estaba lanzando al techo para poder escucharla y responderla.

Desde luego que este cuestionamiento le acompañó a lo largo de su estancia en mi diván. Emergía como niño travieso, cada que una crisis, un juicio, nuevo o anterior, parecía asomarse en la narración de su vida.

Resolvía esta inquietud acercándose más o alejándose de su proceso analítico. Por momentos ponía semanas de distancia y por otros el reconocimiento de que tenía que hacer algo con esas cosas en su vida, pasada, presente y futura que mantenían un hilo conductor, de tan ligero e invisible que parecía no romperse.

Hasta que llegó un momento en que la pregunta por el tiempo ya no estaba formulada de la misma manera. No era la preocupación inicial, lógica, esperada y deseada, de cualquier paciente que quiere saber si en unas cuantas sesiones alcanzará aquello que llaman cura.

Pudo asumir que pesa más el tiempo lógico por lo liviano, que el cronológico por lo pesado de las manecillas del reloj.

Un día mientras el invierno alcanzaba su máximo esplendor de caluroso frío me escribió para decirme que no volvería más. Para agradecerme estos 10 años que le acompañé en terapia. Años, en los que reconoció, tuvo muchas pérdidas y también algunas ganancias.

En una sesión recordó que en su primer día conmigo llegó con una idea en la cabeza, algo que no puso en palabras hasta tiempo después: “ayúdeme, yo ya no puedo con mi vida”. Había desasosiego en su alma. Decirlo en voz alta fue su muestra de la cura.

Hoy al despedirse ya tiene en sus bolsillos esperanza para usar en su vida, pasada, presente y futura.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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