Pongamos una viñeta de la vida cotidiana. Dos amigas se encuentran y una le pregunta a otra por qué no ha ido su hijo a la escuela. Ella responde que ha estado enfermo. Con preocupación, le vuelve a interrogar, “qué tiene”. Y casi sin temor a equivocarme podría responder algo como esto: “ha tenido fiebre y mucha tos”.
La fiebre es la manifestación corporal más común cuando estamos enfermos que mayor preocupación nos puede provocar. Y cuando la tienen los hijos genera una alarma que en muchas ocasiones nos hace correr al hospital en busca desesperada de ayuda.
Lo mismo ocurre con la tos. Cuando irrumpe en nuestra garganta parece que quiere quedarse a vivir ahí para siempre. Es molesta y persistente, además de traicionera, porque se manifiesta cuando menos lo esperamos o lo deseamos. Quizá por eso en México decimos “no la hagas de tos” cuando alguien molesta sin aparente motivo.
A la fiebre la declaramos la guerra apenas pasa el termómetro del umbral que creemos permitido. En la bitácora familiar tenemos un amplio repertorio para tratar de aliviar este síntoma. Desde la preparación del té de borraja, pasando por las rodajas de papa o de tomate rojo en las plantas de los pies, hasta la salvajada de meternos a bañar con agua fría.
En este mismo tenor la tos confeccionó a lo largo de generaciones un grueso recetario para dar alivio. Más de uno habrá probado la infusión de cebolla blanca y miel de abeja, o el de buganvilias de hoja morada, no roja no blanca, morada, o bien el peligrosísimo te de eucalipto. Vaporub en los pies o grasa de res en el pecho, también están en las indicaciones populares.
Más de una vez las abuelas habrán puesto en peligro nuestra vida, con ungüentos y menjurjes altamente tóxicos.
Pero no hay que juzgarlas, simplemente recogían la tradición milenaria de ver a la tos y a la fiebre como enfermedades en sí mismas y no como hoy las entendemos, respuestas corporales, mecanismos de defensa.
Entendidos como tal por eso ahora los médicos aconsejan acompañar y vigilar la evolución del aumento de la temperatura y ayudar a que la tos pueda tener unos pulmones más hidratados, para que la expulsión del moco sea la adecuada.
Claro, esto no quita que sigan existiendo doctores que con tal de mantener contentos y tranquilos a sus pacientes receten antitusígenos y recomienden baños de agua ya no tan helada, para “bajar” la fiebre. Espero que sea ese el motivo y no aferrarse a creencias.
Usemos solo el caso de la fiebre. El incremento en la temperatura corporal de manera abrupta o paulatina puede deberse a un sinfín de enfermedades, la pueden causar bacterias, virus, hongos, parásitos, o bien asociarse a enfermedades autoinmunes, neoplasias o problemas metabólicos.
Así que bajar la fiebre sin conocer o atender lo que la provoca, puede complicar más el problema.
Lo mismo pasa con los síntomas psicológicos. La gente llega a consulta porque quiere dejar de estar triste, de sentir miedo, de sentirse en soledad a pesar de estar en compañía. O quiere ser más ordenado, disciplinado, dejar de pelear con su pareja o sus hijos.
Ellos creen que están enfermos de miedo o de tristeza, de enojo, de rabia, de abandono, de soledad. Pero no. Esos son sus síntomas, la manifestación subjetiva del verdadero problema, advirtiendo que exista en realidad un problema.
Claman por ayuda inmediata. Quieren tener pareja que los ame para la Navidad y apenas levantaron el altar de muertos. Necesitan quitarse los miedos a tomar decisiones porque en dos semanas se deben enfrentar a un nuevo entorno laboral.
Sin duda alguna habrá terapias enfocadas en problemas que los solucionen de inmediato. Pero no hay que echar por la borda la enseñanza de la fiebre y la tos. Curar un síntoma no es atender la enfermedad. Muchas veces hasta puede resultar contraproducente.
Igual ocurre con las afecciones psicológicas, “quitar” los síntomas no garantiza la formación futura de nuevos, incluso más violentos que los anteriores. Al síntoma se le conoce, se le entiende, se dialoga con él, se le acompaña, para poder dignificarlo. Porque a veces es la vida misma.