Recuerdo que en un ateneo, un psicoanalista presentó el caso de una de sus pacientes, una mujer joven, agobiada por algunas fobias que mutaban, una temporada tenía pavor a las arañas, pero lograba superar sus miedos y cuando parecía que tendría una vida normal, aparecía la siguiente fobia, ahora a los espacios cerrados.
Pero lo que a mi me llamó la atención, más allá del caso en sí mismo, fue la narración de una sesión en la que la paciente mostraba su queja porque descubrió a su pareja en turno metida en el baño masturbándose. El caso para ella era más grave, porque acababan de sostener relaciones, que al menos para ella habían sido satisfactorias.
De hecho, desde su perspectiva la vida sexual que tenían como pareja más o menos consolidada ¬–porque no estaban casados y vivían juntos a medio tiempo– la calificaba como más que óptima.
Desde luego, como la pareja no estaba en análisis, los motivos que tuvo no sé si solo esa vez o era de manera recurrente, no los podemos conocer. Y esto es riesgoso porque cualquiera que escuche o lea ese relato, puede llegar a juzgar su comportamiento desde una perspectiva moralista.
Esta óptica nos puede hacer caer de la manera más sencilla y “justificada” en una condena hacia su actuar y colocarlo de inmediato en el papel de un depredador sexual, que cumple a cabalidad los perfiles que la industria cinematográfica y del entretenimiento en general le gusta inventarse para mantenernos cautivos consumiendo sus productos.
A mi me llamó la atención este hecho porque creo que la viñeta puede acercarnos a tratar de comprender el concepto de goce, conceptualizado por Lacan y que es tan importante en la práctica clínica. Pero como casi con todo lo que pensó Lacan, este concepto también enfrenta sus dificultades de comprensión y de transmisión como conocimiento.
Lacan es heredero del concepto de goce de Georges Bataille un gran bibliotecario que escribió cuentos pornográficos desde el anonimato.
Para Georges Bataille como para Lacan, el goce no es un disfrute máximo, muchas veces ni siquiera es placentero, como popularmente se acepta y se usa esta palabra. Por el contrario, las más de las veces es destructivo. Bataille lo describe de maravilla en su obra El erotismo, el goce, dice, es una "voluptuosidad tan próxima a la ruina como a la vida".
Sigmund Freud también ya lo había sospechado después de pavimentar las vías de su teoría en una economía del placer y displacer de la vida anímica de sus pacientes. Al analizarlos descubre que no es tan sencillo como eso, porque siempre hay algo más, hay un más allá del principio del placer, que no es la muerte en sí, pero tal vez lo sea.
Es fácil pensar que nuestra vida, la de quien esto escribe y la de quien esto lee, rebota como en el juego Pong de Atari. Necesitamos, satisfacemos, sufrimos, disfrutamos. Y que un estado de felicidad sería dejar de necesitar y parar de sufrir.
Para abordar el tema del goce, quise traer a colación este caso del joven eróticamente autocomplaciente, porque justamente el sexo y su satisfacción tendría que ser la meta pulsional de los individuos. Así se lo enseñaron las histéricas a Freud. Y no solo a él, sino a todos los médicos de la antigüedad que atendían a mujeres.
Sin embrago vemos que no es así. No solo por el caso aquí comentado, sino por la mayoría de las reacciones en pareja después de los encuentros, sin importar como hayan sido estos, casi siempre están marcadas por breves instantes de silencio, seguidas por deseos de platicar, de comer o de fumar un cigarrillo, sino es que de algo más.
Vuelve a ponerse en juego la pulsión de una satisfacción oral.
Quise abordar el tema del goce, porque recién descubrí en un centro comercial a personas caminando como autómatas, llevando en una bolsa sus compras recién hechas y en la otra su celular. Claro su mirada se dirigía al teléfono móvil.
Se supondría que acaban de adquirir algo para su disfrute, quizá algo que necesitaban hace tiempo, o lo querían de tiempo atrás, o tal vez sólo porque es el objeto de moda había que gastar en él.
Pero ya lo tiene, y aún así eso que compraron no alcanza para brindarles satisfacción, que deben recurrir, seguramente a las redes sociales (medios de entretenimiento fragmentado les llamo yo).
Y son estos enjambres algorítmicos lo que hoy nos ponen a gozar, nos llevan a la ruina, es la expresión más detallada del “gasto innecesario”, que da fundamento al goce batailliano, que trae como consecuencia la pérdida del sujeto, porque el mandato actual es: “a gozar, se ha dicho”.