Política

¿Por qué nos han hecho tanto daño?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • ¿Por qué nos han hecho tanto daño?
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Mored
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La tiranía de la felicidad ha engendrado una subjetividad a la cual amarrarse, que dista mucho de parecerse al paraíso terrenal que tanto promulga.

Cuando parece que todo está dispuesto para que encontremos en el aquí y en el ahora el sentido de una vida plena, en la que todo fluye y nada influye, todo pasa y dejamos pasar, resulta que no es así.

Somos un inmenso conglomerado de globos de látex moviéndonos en un infinitamente reducido mar de cactus. Allá, donde nuestros ojos alcanzan a ver detectamos amenazas violentas, como si de pronto a esas plantas desérticas las raíces se les convirtieran en veloces pies y sus areolas en ballestas, que se mueven autónomamente dispuestas a atacarnos.

Todo amenaza nuestro imaginario, Yo, que se alimenta de la cosecha de un vasallaje, en el que también imaginariamente, solo deben existir frutos que alimenten la serenidad, imaginaria claro está, de nuestra alma.

Cuando esto no ocurre así –que es muy a menudo, también hay que decirlo– reaccionamos de una manera desbordadamente agresiva.

Claro, no estoy de acuerdo en que para las cuestiones psicológicas deba existir un gradiente por medio del cual debamos medir lo que nos duele y sus efectos, tal y como sí ocurre en la medicina.

Cuando acudimos al médico y este nos pide que escalemos del 1 al 10 qué tanto nos duele el presunto órgano dañado, ¿qué deberíamos responder?, siempre tengo ese conflicto.

¿Qué es un dolor escala 1 o escala 6? El dolor es el dolor, me está impidiendo hacer cosas. El dolor sí existe, aunque esté solo en mi cabeza. El 5 no existe, el 10 no existe, no los veo caminando por la plaza a donde quería ir, pero que el dolor me impidió llegar.

Solo puedo hablar desde mi percepción. Puede que lo perciba como un dolor de 10 grados, cuando en realidad debí decir que era de 3, porque lo que lo causaba no era tan complicado. Como en la versión endulzada de la fábula del león y el ratón, que el león se paralizó por una pequeña astilla, que el ratón con su diminuto ser logró arrancar.

Pero, así como dije que dolor es dolor, debo advertir que esta frase de la que nos hemos apropiado todos, tiene una trampa que nos está lacerando los lazos de convivencia social, al grado de que los ha convertido en meras emboscadas.

Justamente como en la fábula, reaccionamos ante el dolor como el león, en lugar de hacerlo como el ratón. Incluso si pensamos en la apuesta original de Esopo, el león bien pudo romper la red en la que estaba atrapado porque sus garras y dientes son más afilados que los del ratón.

Pero no lo hizo así, decidió mejor lanzar rugidos amenazantes al por mayor. Mismos que él propinó cuando el pequeño ratón, su héroe, lo despertó de su plácida siesta, porque “dolor es dolor”.

Esta conceptualización alcanza su máximo esplendor en el violentómetro de Alicia Tronco. La escaleta señala desde el nivel 0 que la interacción con el otro es una indicación de alarma. Desde ese grado se nos lanza una advertencia (sobre todo a las mujeres): “¡ten cuidado! La violencia aumentará”.

Con esta amenaza en ciernes desde luego que hay que actuar. Como decía al inicio, todo atenta contra nuestro Yo. Y la manera en la que reaccionamos es la del león. Queremos destruir al otro, antes de que este nos destruya, porque su sola presencia, que es diferente a la mía, me amenaza.

Así, dolor es que se tarden en traerme mis enchiladas verdes en el pequeño restaurante de la colonia, que tiene medio año abierto. Que un ingenuo automovilista se estacione frente a la pared de mi casa. O que en el supermercado se hayan equivocado a la hora de etiquetar un producto y ahora no quieran respetarme la súper oferta.

Dolor es dolor.

Y debemos reaccionar con la aniquilación del otro. Pero ya ni siquiera de manera metafórica. No, de verdad convocamos a las hordas que viven en los medios de entretenimiento fragmentado a que ataquen hasta su muerte al otro, al que fotografiamos, grabamos, buscamos en sus publicaciones.

Solo hasta que el otro está muerto podemos descansar. Podemos regresar a flotar en las tranquilas aguas de la serenidad, que deben estar alimentadas por los ríos de complacencia de los otros, que deben estar ahí dispuestos a alimentar nuestro imaginario Yo. Sino para qué están. Eso dice la psicología.

Amén.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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