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¿Quién quiere ser humano?

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • ¿Quién quiere ser humano?
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

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Cuando se proyectó la película La Red, con Sandra Bullock, la mayoría se centró alarmada en las posibilidades del mal que podría ofrecer, en un futuro cercano, la instauración de una vida vivida a través y por la internet. Sin embargo, a mí me pareció fascinante que pudiéramos tener acceso a tanto con tan poco.

Trabajar desde casa sin la necesidad de someterse a los caprichos ególatras de un superior que para sentirse así tenga que humillar a los demás. O bien, algo tan sencillo como ordenar comida de tu restaurante favorito sin necesidad de esperar horas por un lugar para comer. Eso es lo que vi en La Red.

Por eso vivo feliz en un mundo donde puedo agendar una cita para estudios de laboratorio desde una aplicación y obtener mis resultados por la misma vía, sin necesidad de hacer largas filas por horas para toparme con la cara de hastío de la vida de una persona que tiene que atender a otras personas, con todo lo que esto significa.

Todo va bien hasta que deja de funcionar. Como todo.

Llevo cuatro meses peleándome, como buen abuelo, frente a una máquina tragamonedas, porque la aplicación de una tienda departamental se ha descompuesto y me obliga a trasladarme a su única sucursal en la ciudad más cercana a mi casa, para poder realizar los pagos de unas compras que hice en línea.

En mi necedad por querer hacer que la app vuelva a funcionar para mí y que el problema se resuelva vía remota, para cumplir la promesa de la tecnología, me he tenido que enfrentar a administradores de guiones, que no son otra cosa que los agentes telefónicos.

No podría decir que son burócratas, porque no tienen ningún poder sobre nada. Me da la impresión de que al aceptar estos empleos, las personas deben pasar no por un proceso de capacitación, porque no ha de ser muy difícil leer una escaleta, sino más bien por un camino de deshumanización.

Los agentes telefónicos no son otra cosa que la extensión de la máquina, de la app. Se deben volver capaces de no pensar, ni artificialmente, para que de esta manera sólo emitan las mismas respuestas genéricas ante preguntas que lleven insertas dos o tres palabras claves que permitan su categorización en lo que sí pueden y deben responder.

A pesar de ser una animación, Robert Parr, el señor Increíble de la película Los Increíbles, si tiene un rasgo que denota humanidad. Cuando es funado por la sociedad que creía defender, tiene que aceptar un trabajo como agente de reclamaciones en una agencia de seguros.

Ahí, como los agentes telefónicos a los que hago referencia (que bien pueden ser todos los agentes telefónicos), debe atender a los reclamantes bajo un guion establecido. Pero de vez en vez se ve que está dispuesto a pensar, porque pensar siempre implica hacerlo diferente, y salirse del surco, aunque eso sea visto como enloquecer.

Cuando me refiero a que hay un rasgo de humanidad en Robert o Bob, como le llama cariñosamente su esposa, no estoy hablando de la idea equivocada de equiparar lo humano con lo sublime. Sino que hago alusión justamente a todo lo que implica ser humano. Y me parece que si hay una característica que defina a lo humano es la equivocación.

Sólo los humanos nos equivocamos. Y es precisamente gracias a esas equivocaciones que hemos logrado a veces cosas bellas y también a veces cosas siniestras, pero siempre humanas.

Las máquinas no se equivocan, cada vez que tecleamos ñ en el ordenador la pantalla nos devolverá una ñ. Porque sólo pueden hacer aquello para lo que están programadas. Incluso con la tan cacareada IA, hay que saber escribir los prompts correctos para obtener los resultados más o menos esperados, porque de lo contrario habremos fracasado.

Pero el humano puede pensar en caminar hacia la izquierda y hacerlo a la derecha, piensa una cosa y dice lo contrario de lo que pensó.

Así que hoy parece que nadie quiere ser humano. Se ha vuelto esa poderosa máquina de hierro que devora calles y amenaza a los otros, como él, a los que llama peatones. Su memoria, antes capaz de construir y fantasear, hoy es un chip telefónico lleno de fotografías, que si le place un día puede borrar. Tiene el poder de resetar su laptop, como quisiera que le ocurriera con la vida.

Todo antes de poder ser humanos y aceptar que nos equivocamos, pero aceptarlo de verdad, no como coartada para seguir fingiendo que la máquina no vive en nosotros, tal y como lo hace la IA, que nos engaña de la manera en la que queremos ser engañados.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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