La psicología e indudablemente el psicoanálisis han creado conceptos para explicar fenómenos que se estudian en sus respectivos campos disciplinarios. Estos conceptos han pasado a ser parte de las expresiones usadas en la técnica y, por último, algunos de ellos, han enriquecido el lenguaje popular, la manera en que pretendemos comunicarnos los unos y los otros.
Así llamamos fácilmente “traumado” a cualquier persona que consideramos tiene un comportamiento entre lo obsesivo: “está traumado con los BTS” y lo patético (entendido esto como pletórico de sufrimiento) “el final de Stranger Things lo dejó traumado”.
Cuando, en realidad, el concepto de trauma que elaboró Sigmund Freud fue para tratar de fijar en el espacio y tiempo el origen del sufrimiento del neurótico y la histérica. Ambos conceptos también dichos a la ligera, como si el neurótico fuera un enojón y el histérico un gritón incontrolable.
También el deporte ha tenido sus aportes interesantes cuando se trata de moldear la manera en la que hablamos. Por ejemplo, en Teoría del juego de pelota al alcance de todos, un manual de unas 90 páginas que trataba de explicar las reglas y modos de la pelota vasca registra por primera vez hacia finales de 1893 el uso de la frase “a bote pronto”.
Se refiere a un golpe que se le da a la pelota inmediatamente después de que esta pegó en el suelo y comienza a elevarse. El uso de la expresión pasó de la pelota vasca al tenis, al futbol y al pádel, que dicho sea de paso hoy vive su furor en México, como hace más de 130 años lo hizo la pelota vasca en Madrid.
El gol más bonito del mundial de 2018 fue el del francés Benjamin Pavard, en el partido de octavos de final que los galos disputaron a la selección argentina. De verdad es una joya volverlo a ver y maravillarse con ese “bote pronto”.
La dificultad que genera conectar de esta manera es comprensible, porque el jugador solo puede controlar la fuerza que imprime al balón, y apostar a que su idea de trayectoria y destino final se cumplirá.
No hay tiempo para la administración y todas sus etapas, planeación, organización, dirección, control. Podríamos decir con Freud que simplemente es un sueño -por inconsciente- hecho realidad.
Ahora bien, por qué doy síntomas de una fiebre mundialista. Para empezar porque quisiera eso tener, pero no, cuando mucho me ha cogido una incipiente infección futbolista que perdería una batalla contra unos buenos tacos callejeros.
Y después, porque escucho a muchos pacientes querer resolver los conflictos de su vida anímica juzgando eventos del pasado como si hubieran tenido en el momento en que los pasaron, las herramientas con las que hoy cuentan.
Ya sea porque su proceso analítico les haya colocado en otro lugar y desde ahí puedan problematizar con una perspectiva diferente los mismos acontecimientos. O bien, y esto es a mi juicio o más grave por peligroso, que intentan explicarse comportamientos pasados a la luz de nuevas narrativas.
Hoy no quiero provocar tantas heridas narcisistas, así que pondré un ejemplo descafeinado.
Por años las abuelas les pedían a las madres que curaran los cólicos y hasta los resfriados de los bebés con una infusión de anís estrella. Dicen que iba de maravilla. Pero hoy hacerlo es atentar contra la vida del menor, porque se descubrió que provoca daños al sistema nervioso de los infantes.
Bueno, pues así es la vida, lo que fue bueno ayer no necesariamente será bueno hoy, pero quizá lo vuelva a ser mañana. Y entonces no podemos llevar a juicio a las abuelas acusándolas de querer matar a sus nietos. A nadie se le ocurriría. O tal vez sí.
Ellas en su tiempo, como hoy nosotros, hacemos lo mejor que creemos con lo poco que tenemos, aunque creamos que sea mucho lo que hoy sabemos.
Porque la mayoría de los acontecimientos en la vida suceden así, sin tener la posibilidad de administrarlos, y un error garrafal es pensar que pudimos haber hecho las cosas de manera diferente. Eso sólo es válido para la imaginación, que ya sabemos es traviesa y siniestra.
La vida se debe tomar como en el famoso tiro a “bote pronto”. Y lo tenemos que dar.
A veces haremos poesía como Pavard, y otras tantas, la mayoría, nos saldrán pavadas, como dicen los argentinos.