Política

Darle la vuelta a la tortilla

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Darle la vuelta a la tortilla
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

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Sigmund Freud no sólo armó una teoría sobre la enfermedad desde la mera especulación y observación. También fue escribiendo a partir de lo que escuchaba, de lo que sus pacientes decían y de aquello que aparecía en sus síntomas a manera de un cuento inacabado de los hermanos Grimm.

Para él, la angustia, la fobia o la neurosis no eran hechos sueltos. Eran formas de decir algo que no encontraba otro camino. Por eso sus casos clínicos no se leen sólo como historias médicas, sino como relatos donde una vida intenta explicarse a sí misma.

Dos casos paradigmáticos en la construcción del psicoanálisis son el del pequeño Hans y el hombre de los lobos. En uno aparece la fobia de un niño a los caballos; en el otro, el sueño infantil de unos lobos sobre un árbol, que amenazaban con entrar a la recámara de un pequeño para hacerle daño.

El pequeño Hans no estuvo en un análisis como tal con Freud. Buena parte del material llegó por medio de su padre, este sí paciente del profesor, quien observaba al niño y transmitía lo que éste decía sobre su miedo. Freud leía esas notas y proponía una interpretación.

Hans temía que los caballos lo mordieran o se cayeran. Visto desde afuera, podía parecer una fobia simple. Pero Freud pensó que ese miedo cargaba algo más: deseos, celos, angustias y una forma infantil de acomodar una intenso despertar a la sexualidad infantil.

El hombre de los lobos fue distinto. Él sí llegó al consultorio de Freud para contar, entre otras cosas, un sueño que se volvió famoso. Y un intento primero de hacer clínica breve. Sí también el psicoanálisis lo intentó.

Freud tomó ese sueño como una puerta de entrada para tratar de comprender la neurosis. No lo leyó como una imagen cualquiera, sino como una pista para reconstruir una escena infantil, real o fantaseada, que habría dejado una marca profunda en la vida psíquica del paciente.

Ambos casos fueron expuestos en sendos libros que marcaron el derrotero del psicoanálisis y que hoy siguen siendo fuentes inagotables de estudio, para tratar de acercarnos a la comprensión de las fobias, la neurosis y el complejo de Edipo.

Herbert Graf era el nombre verdadero del pequeño Hans y Serguéi Konstantínovich Pankéyev es el aristócrata ruso que es mundialmente conocido por ser el hombre de los lobos de Freud.

Ambos en algún momento de su vida, por medios y razones distintas conocieron a Freud. Pero los dos coincidieron en que los relatos de sus casos clínicos estaban muy alejados de la realidad.

Graf, quien como su padre se convirtió en músico, definitivamente no recordaba haber padecido esos miedos ni las conversaciones con su padre tal y como las relataba el médico vienés. Mientras que Serguéi Konstantínovich aseguraba que no había encontrado la cura por medio del psicoanálisis, aunque de él logró el sustento económico toda su vida.

¿Se equivocó Freud? Seguramente sí, al menos en parte. Pero quizá lo más interesante no sea decidir si tuvo razón o no en lo que relata o cómo lo relata. Lo importante es mirar que todo paciente llega con una perspectiva de lo que le pasa y mantener esa narrativa es a final de cuentas lo que le está enfermando.

La entrada al análisis tiene que ver justo con eso: con darle vuelta a la tortilla, como se dice coloquialmente, a los problemas psíquicos que aquejan a la persona. No para imponer otra verdad, sino para abrir otras aristas del problema, desde las cuales se pueden encontrar no sólo otras maneras de explicarlo, sino de vivirlo.

Por eso el análisis no busca solamente comprobar si un recuerdo fue exacto o no y desde ahí confrontar al paciente con la realidad, como sí lo conciben muchas de las terapias psi (creo que la mayoría).

Lo que buscamos es tratar de entender, con el paciente, qué lugar ocupa ese recuerdo, esa imagen o esa explicación dentro de la vida psíquica de quien relata esa vivencia y descubrir como en cualquier novela o cuento, cómo es que eso se conecta con la vida propia y la de los demás.

Darle la vuelta a la tortilla no implica darles la espalda a los problemas o restarles importancia para que no nos afecten, como también proponen algunas terapias. Nada más alejado de la realidad. Esta vuelta es una apuesta por acercarnos y reconciliarnos con eso de lo que se intenta huir.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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