No hay arrepentimiento más sincero que el nacido tras una borrachera.
La famosa cruda es el momento más cercano a una epifanía que cualquier ser humano podría tener.
La intoxicación por alcohol tiene la posibilidad de acercarnos a la locura, la muerte y el amor. Tres cosas de las que nada sabemos, sólo nos acercamos a ellas a través de la ficción.
Después de experimentar el frenesí de la alegría sin límites que sólo puede dar la locura, de padecer experiencias cercanas a la muerte por el riesgo en que nos ponemos o de creer que al fin atrapamos al amor y volvimos a ser uno, viene la tormenta reflexiva que demanda una calma que al parecer sólo nos puede dar el arrepentimiento.
Las reflexiones surgidas en este periodo son las más interesantes que podemos escuchar o narrar. Por eso me atrevo a decir que esta es una epifanía secular muy valiosa. Tras ella, muchas personas darán un giro radical a su vida. Claro que muchas otras no, pero seguro apuestan a volver a estar en ese estado en el que al fin la vida parece cobrar sentido.
Aprovechemos, pues, la cruda que nos dejó esta semana el término de la participación de la Selección Mexicana de Futbol en el Mundial 2026, para rescatar algunos apuntes de lo que este periplo nos dejó y cómo es que lo podríamos utilizar para comprender el aparato psíquico y de paso acercarnos un poco más a nuestra propia comprensión.
Como toda buena borrachera que se precie de serlo, la justa mundialista comenzó como algo “tranqui”. En un inicio, pocos tenían la fiebre de otras ocasiones. Los argumentos para defender la sobriedad futbolera eran, como toda argucia moralina que nos aleja de la primera copa, válidos y plausibles.
Es que el país no está para fiestas. Es que esto sólo es un negocio. Es que tenemos el peor seleccionado en 24 años. Es que los precios son impagables. Es que vamos a hacer millonarios a los que venden las playeras.
Lo difícil fueron los primeros tragos. Después, Dionisio volvió a hacer lo que mejor sabe. Nos regaló felicidad y la fertilidad de la esperanza. También desató, como sólo él sabe hacerlo, la furia vengativa y la locura.
En medio de esta embriaguez no parábamos de rezar: “¿Y si, sí?”, esperando que la santa bandera que está en los cielos y que nos regaló un soldado en cada hijo hiciera su milagro. ¿Y si, sí?
Ahora en la cruda podemos preguntarnos qué estábamos diciendo cada que prendíamos el cirio del “y si, sí”. Porque la duda que se siembra no es menor. Y si, sí ganamos, ¿qué va a pasar?
Por difícil que nos parezca aceptarlo, el “no” es más de la constitución humana que el “sí”. El “no” nos define y nos acompaña todos los días de nuestra vida, para más bien que mal. Cuando la madre expulsa al cachorro que lleva dentro, es precisamente porque ya no puede seguir llevándolo en su vientre. Es hora de dejar de ser feto.
Al niño se le desteta, se le dice no más pecho, porque ya eres niño grande. Esta acción de separar a la madre del pecho, que podríamos considerar como una de las primeras castraciones de nuestra vida anímica, es fundamental para la conformación del Yo. Ya no eres más un cuerpo con la madre, como cuando te alimentabas por el cordón umbilical.
Cada “no” que recibimos es fundamental para la constitución del Yo, que demanda con urgencia un límite a la condición meramente animal o vegetal. Freud lo escribió así: “Donde era el Ello, Yo debe advenir”. El Ello es la parte pulsional, instintiva del aparato psíquico. Y eso se logra con los “no”.
Por eso lo que aterra es el “sí”. ¿Qué hay después de un “sí”?
Hoy se habla mucho de que se debe evitar el rechazo, la frustración de los niños (y de los adultos, faltaba más), pero no estamos evaluando el daño que le hace al Yo la falta de “no”. O sí nos damos cuenta con las actitudes que curiosamente llamamos “egoístas”, pero preferimos mirar a otro lado.
Freud escribió también otro maravilloso ensayo titulado “Los que enferman cuando triunfan”, en el que analiza precisamente este fenómeno. ¿Qué le pasa al aparato psíquico cuando obtiene el “sí” que buscaba? Podríamos decir con Lacan que alcanzar el deseo es la locura, y no de forma metafórica, sino real.
La próxima vez que nos preguntemos obsesivamente “¿y si, sí?”, deberíamos pensar también en qué tanto estamos dispuestos a hacernos cargo de nuestro propio deseo.