Cierta universidad en la que tuve la oportunidad de dar clases tenía una metodología pedagógica que me parece interesante. Entre las directrices que marcaba se encontraba la de compartir a los estudiantes el objetivo de la clase del día. Había que escribirlo en el pizarrón. Así al finalizar los 50 minutos podíamos preguntar a los alumnos qué habían aprendido.
Dentro de las herramientas docentes a las que podemos acudir, casi siempre opto por usar analogías. Creo en su poder de crear de manera menos compleja modelos mentales para introducir conceptos nuevos, al transmitir similitudes de las estructuras y funciones sobre conocimientos que los alumnos ya dominan, o se supone que lo hacen.
Sin embargo, como bien los sabían los griegos, educar es una tarea imposible. Y en esta labor de enseñanza cotidiana hay muchos barrancos, por los cuales podemos deslizarnos o caer estrepitosamente y regresar al camino a veces se torna difícil, pero cualquier ruta es interesante.
Así que a pesar de tener claro cuál era el objetivo de la clase del día, un alumno podía haber aprendido que en el siglo XIX se medían los cráneos para determinar la inteligencia de las personas, o que Freud prefirió llevarse consigo al exilio a sus mascotas antes que a sus hermanas. Podríamos decir que se quedaba con el árbol cuando el objetivo es que viera el bosque.
Hace unas semanas pedía recomendaciones a mis hermanas sobre alguna serie para ver mientras limpio la cocina por las noches. Casi al unísono me recomendaron “Perdiendo el juicio”.
Trata de una abogada que durante una audiencia enfrenta una pérdida física y emocional y reacciona con un brote psicótico, que los autores de la miniserie presentan como el desencadenamiento de un Trastorno Obsesivo Compulsivo, el cual la aleja del ejercicio de la profesión y de sus lazos afectivos y amorosos.
Claro, nada de esto lo explican como si trataran de alcanzar un objetivo de aprendizaje. Más bien es un pre-texto para atribuirle a la protagonista ciertas características que la volverían una abogada extraordinaria, en el sentido de que por esta misma condición pudiera llegar a conclusiones racionales diferentes al resto de los abogados con los que trabaja.
Al principio las muestras de su presunto TOC se hacen en un tono vulgar. Es decir, abusan de lo que las personas atribuyen como muestras de una obsesión-compulsión. Y los lugares comunes necesarios para entender conceptos nuevos, se vuelve grotesco, entre lo trágico y lo cómico, provocando que al final la gente se decante por lo cómico.
Conforme avanza la trama el trastorno, que debería ser el auténtico protagonista se va difuminando hasta tener menos fuerza que un vapor de ducha, para nublar la mente de la abogada. Claro, no explican cómo pasó, porque nunca se ve su integración real a una terapia, o un régimen médico-psiquiátrico. Nada. Un deus ex machina le resuelve desde el brote psicótico hasta su defensa neurótica.
Los creadores de esta serie no me piden que lo haga, desde luego, pero en su defensa podemos decir que fue escrita para entretener, divertir, no para divulgación científica. Hasta ahí todo bien. El problema es que justamente usan un tema de la salud mental, que hoy tanto nos preocupa, para vender su producto. Me atrevería a decir que hacen un sutil blackface emocional.
Pero no se trata de lapidar a esta producción para streaming, sino de poner el acento en lo que ocurre la mayoría de las veces cuando bajo la noble bandera de la visibilización se esconden otros intereses. O incluso podríamos suponer que el objetivo instrumental si sea la visibilización, pero el consumatorio sea tan provechoso que se abandone la idea principal.
O bien, que en el afán de volver todo visible y al alcance de todos, los recursos para hacerlo se vuelvan tan vulgares, que lejos de provocar cambios en la manera de abordar problemas como los psicológicos, se estén reforzando prejuicios, simplificando problemas complejos, lo cual al final del día se traduce en una pérdida de oportunidades para quien los padece de verdad.
Y entonces podríamos decir, una vez más, estábamos mejor cuando estábamos peor.