Hace un par de colaboraciones recordaba que Sigmund Freud, recuperando la tradición de los clásicos, nos mostró que la interpretación de los sueños debe provenir del propio soñante, es decir que no debe aplicarse una lista de cotejo para imponer una posible respuesta al significado de lo soñado.
Como el mismo Freud lo dijo: los sueños son “la vía real” para llegar al inconsciente, entonces la misma regla se debe aplicar a todo lo relacionado con la vida anímica y sus consecuencias positivas y negativas.
Es decir que debe ser el paciente quien con sus propios recursos narrativos y discursivos explique cuál es a su parecer el origen de su mal y las posibles consecuencias que esto le ha arrastrado en su vida.
Desde luego que se necesita de la escucha del analista -formado y analizado previamente- para evitar que la interpretación se convierta en un delirio que lejos de dignificar el síntoma se convierta en un lastre que hunda más a la persona que sufre.
Con esto intento decir que, si bien la interpretación debe realizarse desde la historia del paciente y no desde el saber del analista, es fundamental acotar, ahora sí con el saber del analista, el relato, subrayar las resonancias del significante y tratar de que el paciente haga suyo lo que ya tenía, pero desde un lugar diferente.
Cuando solo se escucha la interpretación sin límites, el riesgo es tanto como cuando hay una interpretación del supuesto especialista.
Vayamos con un par de viñetas para acercarnos a la comprensión de lo que trato de transmitir.
Un niño que nació en una familia con pocas posibilidades económicas y educativas padecía malestares que no podía explicar a su familia, que solo entendía el dolor desde el cuerpo y no desde la existencia.
A medida que crecía, su sufrimiento también lo hacía. Su familia preocupada se explicaba su actuar como problemas de conducta derivados de una ambición desmedida por salir de la pobreza. Esa interpretación le acompañó hasta la edad adulta.
Siempre creyó que su trauma provenía de una infancia con carencias económicas, por eso trabajó más allá de los límites morales, para darse una vida de esplendor económico. Pero a pesar de lograr su objetivo, seguía estando deprimido y angustiado.
Así que inició su viacrucis por la religión, las terapias psi, los motivadores profesionales. Todos le daban la razón su tristeza profunda tenía una raíz infantil. Debía perdonar y seguir adelante. Le decían.
No obstante que más de un “profesional” le dio la razón a la interpretación personal de su mal, no lograba salir de ese estado que le hacía conseguir ansiolíticos, antidepresivos y pastillas para dormir con el médico de la farmacia.
Hasta que una doctora le dijo que si alguna vez le habían hecho estudios cerebrales. No, era la respuesta. Así que acudió con un especialista y detectaron que una lesión cerebral era la causante de su “melancolía”.
Una niña que apenas rozaba los diez años vivía la mayor parte del tiempo con su madre, porque sus padres, que nunca se casaron, se habían distanciado más que separarse. Su comportamiento nunca fue el mejor. Pero “empeoraba” con cada nueva etapa de crecimiento que tenía.
Una noche llegó a urgencias porque tenía fiebre y “como que hablaba en un dialecto o lengua muerta”. Le hicieron todo tipo de estudios, uno de los cuales fue interpretado como típico de paciente epiléptico.
Pero otro médico descubrió que tenía el cerebro inflamado tal vez por una bacteria o herpes. El herpes en el cerebro puede causar además de la inflamación, cambios de personalidad, convulsiones y/o epilepsia.
Huelga decir que la niña a su corta edad ya también había probado de todas las terapias.
Luego de permanecer dos semanas hospitalizada se logró estabilizarla y bajarle la inflamación cerebral. Así que su familia determinó llevársela a casa.
A los pocos días vuelve a presentarse una crisis “de personalidad”, referida por la madre. Así que otra vez la familia, toda menos el padre, deciden llevársela con un brujo a Tamaulipas. El curandero la somete a una semana de limpias y exorcismos.
La familia se siente más tranquila porque le dijeron que algún familiar del padre le estaba haciendo un “trabajo” muy poderoso.
De esta forma decidieron echar al bote de la basura los resultados médicos y quedarse con la explicación del brujo. Porque al final de cuentas en lo que ellos creen es en la medicina tradicional, no en la evidencia científica.