Política

El error de confiar en la autocontención

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Lo malo de Donald Trump (DT) no es tanto su agenda cuanto su estilo personal de gobernar. Es decir, podemos reprobar su rechazo a la migración o su proteccionismo, pero son más nocivas su imposición de ley de la selva y del juego de suma cero y su concepción del triunfo como despojo. Y es que de la normalización de su comportamiento a su imitación solo media un paso, que no pocos gobernantes dan movidos por miedo y admiración al poderoso que se sale con la suya. Es eso lo que erosiona las relaciones internacionales. Si bien el poderío siempre se ha llevado el premio gordo en la rifa de la globalidad, en el siglo pasado la cooperación tuvo reintegro. Ya no.

Ahora bien, la superioridad militar y económica de Estados Unidos en la que él se monta ha sido más o menos la misma en las últimas décadas. ¿Por qué sus predecesores no pidieron la anexión de un socio comercial o amenazaron con apropiarse un territorio europeo? ¿Por qué no se cebaron en el multilateralismo o armaron, sin negociarlo, un “consejo de paz”? Aunque sobraron aventuras bélicas, no recuerdo a un presidente que haya desafiado a sus aliados e incluso a su base electoral como DT. ¿Por qué George W. Bush, quien también tuvo mayoría en el Congreso y una Suprema Corte afín, hizo al menos un esfuerzo diplomático antes de invadir Irak? Mintió, presionó, pero se cuidó de no estirar la cuerda de más. DT presume que solo “su propia moralidad” puede detenerlo y, desgraciadamente, la guerra en Irán le da la razón.

Lo que ha demostrado DT es que la Constitución estadunidense permite una gran discrecionalidad presidencial. Es sintomático, por cierto, que en su obra clásica How Democracies Die (2018), Levistky y Ziblatt pidan al establishment y no a la ley que actúe como dique contra candidatos populistas. Los Founding Fathers, tan celosos de los contrapesos de la democracia, parecen no haber imaginado un presidente así. El poder que ha acumulado es enorme: no rinde cuentas, se salta al Congreso y la Corte le dio impunidad. Si hay lagunas constitucionales que facultan al presidente para actuar a contentillo —la facultad del indulto de delincuentes convictos, por ejemplo, por la que Joe Biden perdonó a su hijo y DT a muchos imperdonables— existen ambigüedades que facilitan el jingoísmo.

Al líder de la superpotencia nunca lo han parado afuera, pero ahora tampoco lo paran adentro. Por el momento, aclaro. No sé si tengo demasiada fe en el sistema político de Estados Unidos o si confío de más en la racionalidad; lo cierto es que bien puede llegar el día en que esa nación, democrática en su fuero interno, frene los excesos de DT, como la Suprema Corte —su Corte, la que lo hizo impune— ya le puso un alto arancelario. Exacerbar la explosividad de Medio Oriente, dejar una estela de muerte y de caos en la economía mundial por cálculos distractores —o electorales, en el caso de su colega bully Netanyahu— nos perjudica a todos. Confiar en la autocontención es un error legislativo, porque solo la bonhomía o la mente estratégica que ve a largo plazo la encarnan, y ninguna de esas características abundan. En fin. Si la conciencia de que el abuso desgasta hasta al poder más grande no anida en el presidente, quiero pensar que nacerá tarde o temprano en la sociedad estadunidense.


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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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