La presidenta Sheinbaum encarna una contradicción entre la inercia populista y la racionalización. La primera proviene de un instinto aprendido, estimulado por sus asesores, que la lleva a incurrir en las prácticas de López Obrador; la segunda es producto de la enorme responsabilidad en el manejo de un país sin margen de maniobra para más rijosidades y ocurrencias. López Obrador lo agotó: su polarización, sus pleitos con la sociedad civil, sus apretones al presupuesto y su desdén por el multilateralismo daban para un sexenio, el suyo. Le hizo virtualmente imposible a su sucesora continuar el populismo sin provocar una crisis económica e incluso de gobernanza.
El impulso inercial se manifestó en la reacción presidencial al informe del Comité contra la desaparición forzada de la ONU. Todos los gobiernos recurren a falacias para rechazar dictámenes críticos de instancias internacionales, sin duda, pero solo los populistas infaman al dictaminador. La respuesta del segundo piso de la 4T fue un escupitajo hacia arriba, a la usanza obradorista: descalificó un reporte cuidadoso y hasta mesurado como si no existiera responsabilidad de un Estado que padece desde hace décadas la ostensible penetración del crimen organizado. AMLO podía darse el lujo de achacar cualquier cuestionamiento al Illuminati neoliberal, pues maniobraba con su labia una adversidad global que apenas comenzaba; CSP ya no tiene espacio para esos dislates. Y de la postura de la CNDH prefiero no hablar, para evitar la náusea. Haber hecho de ese organismo un comité seccional de Morena es una vergüenza indeleble. Ahora entiendo por qué se impidió a María Dolores González Saravia, titular de la CDHCM, llegar a la Comisión nacional: ella sí entiende su papel y lo ejerce con decoro.
El talante contradictorio de CSP se aprecia en otros casos. Uno de ellos es su proyecto de sistema de salud universal, un loable objetivo socialdemócrata para el cual propone un mecanismo inspirado en el populismo. No se puede universalizar la atención médica sin una reforma fiscal. No tenemos todavía la información completa, y yo hago votos por una futura previsión de mayores ingresos tributarios y de un plan para fusionar IMSS, Issste et al, pero lo anunciado apunta a una sobresaturación hospitalaria y a incentivos a la informalidad. La infraestructura y la logística existentes son insuficientes para el universo actual, no se diga para toda la población. El fin es correcto, desde luego; los medios son dudosos.
Sobran ejemplos. Se trata, a juicio mío, de una lucha interna de CSP entre su inercia populista y su obligación de impedir que el peso de las obras y los programas heredados hundan nuestra economía e incrementen la vulnerabilidad mexicana ante Trump y su necesidad de golpes espectaculares que lo salven de una debacle en las elecciones intermedias en Estados Unidos. A reserva de retomar el análisis, me limito hoy a señalar la contradicción que veo en ella y mi convicción de que no tiene alternativa: no puede porfiar en el eclecticismo ni abrazar cabalmente su formación obradorista sin que se le enreden los cables y haya un corto circuito en México. Si la vocación de CSP es el populismo, nuestra coyuntura interna y externa la orillará a abandonarla, so pena de dar al traste con su gobierno.