Es difícil resistir la tentación de anunciar el deceso de la 4T. La solicitud de Estados Unidos de detener y extraditar a diez personajes acusados de narcopolítica en Sinaloa fue un misil que la impactó bajo la línea de flotación, y la reacción del oficialismo hizo más grande el boquete. Peor aún, el hecho de que dos de los extraditables se hayan entregado a las autoridades estadunidenses echará por tierra la tácita y de por sí endeble declaratoria de inocencia: ¡pruebas, pruebas! Todo mundo en México, autoridades incluidas, sabe que Rocha y sus adláteres están embarrados hasta el cuello de complicidad con Los Chapitos, pero sus compañeros de movimiento se empecinaron en decirles que no estaban solos. Y no, no lo estaban, ni lo estarán. Tengo la impresión de que otros cuatreros les harán compañía muy pronto.
Con todo, declarar el fin de esta mitocracia corrupta sería prematuro. El viejo PRI se mantuvo en el poder durante décadas, pese a que el pueblo veía y a veces sufría su corrupción, gracias a su eficaz sistema clientelar. Y si bien la mayor conciencia crítica de la sociedad mexicana de hoy puede darnos la tranquilidad de que este mal no durará setenta años, sería ingenuo creer que la potente maquinaria electoral que se ha construido se derrumbe de la noche a la mañana. Lo que puede expedirse ya, eso sí, es una constancia de deslegitimación. La 4T ha quedado coja: una de las dos piernas la hicieron caminar y la llevaron a donde está, la de la “honestidad valiente”, la que se consideró más importante, ha sido amputada por la realidad. Y era esa la extremidad legitimadora por antonomasia, en la que se apoyaba su fundador para proclamar que la oposición estaba moralmente derrotada.
La gangrena ya estaba ahí; el huachicol fiscal y La Barredora la habían hecho notoria. Pero el caso sinaloense —más los que se acumulen esta semana— hizo ineluctable la amputación. Después de lo que hemos presenciado ¿quién se va a tragar la cantaleta del “no somos iguales”? Es más, aunque en el priismo del siglo pasado abundaron los corruptos y hubo connivencia de los gobiernos con el crimen organizado, nunca se llegó a convertir a un cártel en la secretaría de acción electoral del partido en el poder. La alianza con los criminales servía para hacer ricos a los políticos; ahora sirve, además, para ganar elecciones. He aquí la innovación: en vez de urnas embarazadas idearon una suerte de carrusel anticonceptivo para hacer a la oposición electoralmente estéril, incapaz de acercarse a la casilla. ¡Como si lo necesitara! Morena inventó para el opositor, en plenas elecciones, las tandas del malestar.
No, la 4T no ha muerto, pero ¿qué queda de ella después de la ignominia de las narcoelecciones? Dinero del erario y una mancha que no se quita ni con todas las aguas del océano..