Política

No hay populismo que dure cien años

Escuchar audio
00:00 / 00:00
audio-waveform
volumen-full volumen-medium volumen-low volumen-mute
Escuchar audio
00:00 / 00:00

Hablar de populismo autoritario es tautológico. Los regímenes populistas son intrínsecamente autocráticos, incapaces de funcionar sin una figura de culto. De hecho, la actual oleada de populismo, que inunda al mundo como reacción a la creciente desigualdad neoliberal, es en buena medida resultado de un cambio de táctica. Los hombres fuertes que solían llegar al poder mediante revoluciones o golpes de Estado cayeron en la cuenta de que era más fácil hacerlo por la vía electoral.

Así ocurrió con movimientos populistas tanto de izquierda, como el de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, como de derecha, como el de Viktor Orbán en Hungría. Las banderas fueron distintas —socialismo del siglo XXI y nacionalismo conservador— pero las tácticas fueron iguales: en los dos países se entronizaron líderes poderosos que sometieron a sus contrapesos institucionales y a los medios. Llegaron al poder gracias al pluralismo democrático y luego se dedicaron a desmantelarlo. El populismo se volvió diestro —y siniestro— en el manejo clientelar de las elecciones, al grado de tener maquinarias electorales que parecían invencibles.

Parecían. El madurismo y el orbanismo perdieron el apoyo social mayoritario, y esa pérdida se dio por las mismas razones: el deterioro de la economía y la corrupción. Con una diferencia, eso sí: Maduro recurrió al fraude y Orbán reconoció su derrota. Claro, las elecciones húngaras tenían encima los ojos de Europa, ansiosa del fin de la eurofobia en esa nación que tanto ayudó a Putin y a Trump. Pero en ambos casos se derrumbaron regímenes tiránicos y longevos —27 y 16 años, respectivamente— construidos en torno al culto a la personalidad, y la desesperanza que cundió entre los opositores a esos gobiernos populistas trocó en optimismo.

Hay otra diferencia. En Hungría, donde pese a todo la democracia resistió y sus instituciones prevalecieron, habrá una transición. Péter Magyar, el derechista moderado que rompió con Fidesz —el partido orbanista— y venció a su antiguo jefe, será primer ministro. En Venezuela, en cambio, Trump indujo una suerte de madurismo sin Maduro, con una desertora obediente a las directrices de Estados Unidos, Delcy Rodríguez, pero con margen de maniobra para que el viejo aparato controle sus estructuras y mantenga las pulsiones antidemocráticas. Es decir, el derrumbe fue cabal allá y parcial acá.

En suma, las sociedades venezolana y húngara dejan dos lecciones. Una es que el populismo no es eterno porque tiene dos talones de Aquiles: su mala conducción económica y su corruptibilidad. La otra es que su debacle se dio merced a escisiones internas. La primera lección es venturosa, pero la segunda no deja de ser preocupante. ¿Para que la cuña apriete tiene que ser del mismo palo? ¿Y esa cuña de veras puede ser distinta al palo? Cuando hay auténticos conversos sí —suelen ser incluso más radicales en sus convicciones—; cuando hay oportunistas no. Delcy no encarnará el síndrome de san Pablo, está claro, pero quizá Magyar lo haga. Como sea, creo que hay dos enseñanzas más importantes para los demócratas, y son dos obviedades olvidadas: 1) no son las élites sino las masas las que ganan elecciones, y 2) ninguna democracia puede cifrar sus esperanzas en un iluminado, salvo que quiera suicidarse. 


Google news logo
Síguenos en
Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.