Inmersa en una serie de controversias políticas, la opinión pública mexicana apenas ha reparado en la guerra en Irán. La fuga de un oleoducto y las mentiras oficiales para ocultar la responsabilidad de Pemex, la participación de agentes de la CIA en un operativo antidrogas en Chihuahua o la captura del INE por la 4T con el ingreso de tres nuevos consejeros guindas, por ejemplo, nos han impedido mirar al Medio Oriente. Pongamos atención, porque lo que allá sucede es grave y nos afecta.
México ya siente el daño. El gobierno, en su afán de evitar un gasolinazo, tiene que ajustar el presupuesto y eso pega en otras áreas de nuestra economía. Si bien existen muchas razones humanitarias para pedir la paz —la destrucción y la pérdida de vidas en la región y el fantasma de la hambruna que provocaría la escasez de fertilizantes—, la integración económica a Norteamérica nos da a los mexicanos una motivación adicional: que no haya gripe al norte y se evite la pulmonía al sur.
¿Qué podemos esperar de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán? Me temo que no mucho por ahora. El frágil cese al fuego acordado en Pakistán no ha podido liberar el tránsito naval por el estrecho de Ormuz, y la oferta petrolera sigue a la baja. Tras el bombardeo a su país, el régimen iraní tiene poco que perder y se ha radicalizado. El presidente Donald Trump, por su parte, carga la caída de su popularidad y las predicciones de que en las elecciones intermedias de noviembre su partido sufrirá una derrota estrepitosa. La guerra es mal vista por la mayoría del electorado estadunidense, y a él le perjudica más porque prometió en campaña ser fiel al aislacionismo pacifista de MAGA, su movimiento base. Y sí, eso le infunde prisa para pacificar, pero también lo sitúa en una posición de debilidad que choca con su personalidad y lo lleva intermitentemente a endurecerse. Le enerva la sola idea de salir del conflicto con una pálida sombra de derrota.
Pese a la enorme asimetría militar entre Estados Unidos e Irán, es la nación islámica la que hoy tiene ventaja. Ahí no hay democracia ni encuestas que quiten el sueño a sus líderes, que solo han de preocuparse por un improbable levantamiento de su resiliente población. Perciben, además, la ostensible impaciencia de Trump y lo ven al borde de la desesperación, lo que los incentiva a estirar aún más la cuerda. El mandatario estadounidense se ha topado con un enemigo más fuerte de lo que esperaba, frente al cual sus amenazas no parecen funcionar.
Esto último es clave. Donald Trump es famoso por negociar por la vía única de la intimidación, lo cual le ha dado buenos resultados en su faceta de hombre de negocios. Pero esa táctica es de un simplismo mortal en un enfrentamiento geopolítico en el que el número de variables y las dimensiones son mucho mayores. Digamos que atenerse solo al amedrentamiento para doblegar al rival es, en este caso, jugar con trucos de damas chinas en un torneo de ajedrez.
Espero equivocarme, pero creo que es improbable que la conflagración termine en el corto plazo. Por eso sostengo que, sin dejar de atender los problemas nacionales, en las próximas semanas debemos estar atentos al Medio Oriente.
PD: Más allá de críticas ideológicas o morales, debe saludarse que Trump haya salido ileso del tiroteo del sábado.