Política

Ciro

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Todos nos hacemos la pregunta: si atentaron contra uno de los periodistas mexicanos más conspicuos, ¿quién está a salvo? Este país es uno de los más peligrosos del mundo para el periodismo, y esa peligrosidad ya no se limita a pueblos asolados por el crimen organizado y desolados de reflectores mediáticos. El atentado contra Ciro Gómez Leyva sucedió en la Ciudad de México, sede de los medios nacionales e internacionales en la que, además, hay miles de cámaras que registran lo que ocurre en la vía pública.

Hay que decirlo: desde la Presidencia, a querer o no, se allana la senda de la barbarie. Cuando López Obrador estigmatiza a sus críticos en los medios como ejemplos de venalidad periodística —y lo hace todos los días— sus subalternos y sus millones de seguidores toman nota. Y no tiene que ser uno de ellos quien en un arrebato desquiciado empuñe un arma; pueden ser los criminales —esos que en vez de balazos verbales reciben de AMLO abrazos comprensivos, a los que en vez de estigmatizar les da el atenuante de que “la pobreza los orilla al camino de las conductas antisociales”— quienes sientan que al cobrarse algún agravio de un periodista acallarán a otros y, de paso, complacerán al señor que los considera basura.

Es irresponsable que AMLO disponga castigar la corrupción en un “tribunal de la opinión pública” que, en el contexto de inseguridad que prevalece en México, emite condenas impredecibles. La fuerza de su voz es enorme y no le corresponde a él decretar culpabilidades. En el caso de Ciro, por cierto, se equivoca. Me consta. Como presidente nacional del PRD, entre 2015 y 2016, fui blanco de una campañita del gobierno, que quería desacreditar mis denuncias de corrupción contra Peña Nieto. Me llovieron ataques en la prensa y no faltó el inefable fuego amigo: un perredista me grabó subrepticiamente en una sesión del CEN en la que, exasperado, grité que renunciaría si me desautorizaban en la construcción de alianzas anti cacicazgos. El audio, con valor noticioso, fue filtrado al programa radiofónico de Gómez Leyva, y él lo reprodujo al aire.

Cuando calibraba el daño que la grabación de mis malquerientes me causaría recibí una llamada de Ciro para abrirme el micrófono. No recuerdo otra ocasión en que después de recibir un golpe bajo —y he recibido bastantes— el periodista que lo publicó me haya buscado para que ejerciera mi derecho de réplica; sí recuerdo haberlo pedido en vano varias veces. Y Gómez Leyva, sin amistad de por medio, hizo más: días después escribió un artículo en el que reivindicaba mi vehemencia para defender mi autoridad y mis convicciones. Eso solo lo hace un hombre justo, alguien que va más allá de su deber como informador para desfacer un entuerto que no originó. Eso se llama decencia.

Cierro con dos mensajes. A AMLO le hago, sin esperanza de que lo escuche, mi enésimo llamado a la prudencia declarativa que exige su investidura: si no puede contrarrestar la violencia, que al menos no la estimule. Debería seguir el ejemplo de un expresidente al que dice admirar, Ruiz Cortines, quien estaba consciente de su poder y de que la violencia verbal invoca violencia física y poseía la sensatez y la entereza para medir sus palabras. A Ciro le mando un abrazo, le deseo una larga vida y le auguro muchos éxitos periodísticos más.

@abasave

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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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