M+.– Apelando a la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, futbolísticamente México no ha soltado de su memoria la segunda Copa del Mundo que organizó —casi de milagro— entre el 31 de mayo y el 29 de junio de 1986.
Una fiesta a la que renunció Colombia ante la incapacidad de cumplir con los requisitos de la FIFA (Fédération Internationale de Football Association), y que hoy, cuatro décadas después, regresa al país con un hecho inédito: volver a ser sede del mismo evento. Aquel torneo quedó marcado por la consagración de Diego Armando Maradona en el antiguo Estadio Azteca —hoy Estadio Banorte y próximamente tres veces mundialista—.
Decir “40 años” suena a una vida entera, pero de 1986 a 2026 México ha cambiado en la forma en que se mira y se proyecta. La política, la cultura pop y hasta los apellidos en el poder han mutado con el tiempo. Nuevos rostros, dinámicas distintas y viejos símbolos conviven en ese bagaje. Pero si algo permanece intacto es ese punto de cruce entre el futbol y la política.
Por eso, en MILENIO damos un nuevo vistazo, desde dentro, a ese verano: desde la mirada de Enrique de la Madrid Cordero (Ciudad de México, 1962), quien vivió ese Mundial desde el núcleo del poder y lo recuerda como “una oportunidad de ponernos de pie y disfrutar de un gran futbol”.
Colocados en el presente, sabemos que el Mundial volverá a vivirse como lo que es: una fiesta que México sabe organizar. Jerseys nuevos, pantallas encendidas, fotos en Instagram, cervezas pasando de mano en mano y videos que inundan la conversación. Pero hay una pregunta que atraviesa esta historia: ¿cómo se vive un torneo así cuando tu casa está en el centro del poder? ¿Dónde se grita un gol cuando el apellido pesa y hay reflectores encima?
Revisitar una época que no se vivió nunca no es sencillo. Pero en el caso de De la Madrid Cordero, 1986 no fue sólo la imagen de Maradona levantando la Copa, ni el gol de Manuel Negrete repitiéndose en la memoria colectiva. Fue también un país herido por el sismo, atravesado por la crisis económica, que encontró en el futbol —y en su proyección hacia el mundo— una forma de respirar. Entre hombreras, los beats de Prince and the Revolution y las letras de Luis Miguel, ese verano terminó por construir una manera particular de vivir un Mundial cuando el hogar es, también, el centro político y económico del país.
Ordenar la casa desde dentro: crisis económica y un sismo letal
Para nadie es un secreto que los años 80 estuvieron marcados por Madonna, Michael Jackson y muchas de las telenovelas de Verónica Castro; la joya de la corona, Cuna de lobos —que no es de Castro— sacudía a las familias con las decisiones de una malvada tuerta llamada Catalina Creel, mientras 24 Horas, con Jacobo Zabludovsky, era el epicentro de las noticias nacionales.
Así como recordamos esa atmósfera, también hay que tener presente que, antes de 1986, la Ciudad de México se vino abajo a las 07:15 horas del 19 de septiembre de 1985, tras un sismo de 8.1 grados que quedó grabado en la memoria del país.
A ese golpe se sumaba un contexto económico frágil: la nacionalización de la banca impulsada por José López Portillo dejó un sistema financiero en tensión que el Banco de México (Banxico) calificó en su informe de 1982 —consultado por MILENIO— como “crítico para la economía y las finanzas del país”.
Enrique de la Madrid Cordero describió este ambiente social como “de mucho pesar”, en un momento donde la idea de organizar otra Copa del Mundo parecía lejana:
“Traíamos una crisis económica muy larga que empezó hacia el año 82, con la caída de los precios del petróleo y el aumento de las tasas de interés a nivel mundial. México pasó de pensar que iba a administrar la abundancia a encontrarse en una crisis terrible. Y si a eso le sumamos los sismos de 1985, el ánimo era de tristeza”, comentó en entrevista.
Un factor clave en ese contexto fue la alta dependencia de la economía mexicana del petróleo, cuyo desplome terminó por agravar la situación financiera del país:
“México dependía en un 80% del petróleo, y cuando caen los precios, no puede cumplir sus compromisos de deuda. Suben las tasas de interés y el país entra prácticamente en una suspensión de pagos”, comentó De la Madrid Cordero.
Entre la caída de los precios del llamado “oro negro”, una deuda externa que rozaba los 20 mil millones de dólares —según datos de la revista Momento Económico de la UNAM— y una capital en reconstrucción, el país comenzaba a transitar de un ánimo marcado por la crisis hacia otro atravesado por el futbol.
Bajo ese contexto, el Mundial no sólo fue un evento deportivo, sino un punto de inflexión en el estado de ánimo colectivo:
—Tocando los temas sociales y económicos, ¿cómo la organización del Mundial cambió el ambiente en los mexicanos?—
“Cayó como un bálsamo de agua y era algo necesario. Los sismos del 85 fueron durísimos, es la fecha donde no se saben las cifras oficiales de cuánta gente realmente murió, pero una buena parte del centro de la Ciudad de México quedó terriblemente afectada (...) Este Mundial vino a cambiar el ánimo, a demostrar la capacidad y resiliencia del país. Fue una decisión tomada desde el 82, cuando Colombia renuncia a organizarlo y México lo acepta. A la postre resultó muy positiva”.
—Siempre hay voces que critican estos eventos, ¿en ese momento también las hubo?—
“Seguramente las hubo, pero el argumento era que México no iba a destinar recursos importantes para el Mundial. Es muy difícil encontrar un evento que de tanta promoción global. Probablemente hubo críticas, pero no tenías que hacer nuevos estadios ni gran infraestructura, entonces eran más los beneficios que los costos”.
Pero ningún “bálsamo” se sostiene sin relato. Y en 1986, ese relato tuvo un protagonista silencioso pero poderoso: la televisión.
“México está de pie y jugando futbol”: la señal a seguir… y transmitir
En un país como el nuestro, los medios de comunicación han sido los primeros en contar la vida de la sociedad y en México, por años, Televisa fue clave en la construcción de los relatos diarios. La Copa del Mundo de 1986 se pudo apreciar desde cuatro canales con señal (2, 4, 5 y 9), siendo los últimos dos de contenido juvenil.
La gente, además de ver novelas y noticieros —o de pensar en la crisis—, podía reunirse en familia para ver a ese Tri que hizo soñar a miles de aficionados con la promesa de ganar un Mundial:
—¿Qué tan importante fue el papel de los medios durante el Mundial de 1986?—
“Para México era una enorme oportunidad, cuando apenas estabas a ocho meses de los sismos del 85, se mandó la señal de que México estaba de pie, y eso solamente se logró a través de las televisoras. El papel de la televisión fue fundamental, porque también hay que recordar, ya son 40 años de distancia, muchos en el mundo vieron desde su pantalla este gran certamen”, comentó a MILENIO.
La televisora adquirió un papel que hoy, décadas después, se ha expandido hacia las redes sociales. Pero en los años ochenta, con tecnología mucho más limitada, la señal a color logró algo igual de potente: construir un relato compartido y llevar los goles a millones de pantallas en todo el país.
“La gran mayoría de la gente no acude a los estadios. Entonces lo puedes ver a través de la televisión. El papel de los medios fue muy importante, como importante volverá ser otra vez en el Mundial del 26, llevando desde varios canales y señales la misma emoción de ver a la Selección Nacional jugar”, sentenció.
Pero si la televisión construyó el relato hacia afuera, también cabe preguntarse cómo se cuidaba la imagen desde el poder.
—¿Existía alguna estrategia deliberada para mostrar la imagen del presidente durante el torneo?—
“No que lo recuerde. México tiene una capacidad de organización muy grande para este tipo de eventos. Seguramente cada dependencia tenía su función, como ahora en temas de seguridad. La FIFA pone condiciones, pero ya se habían organizado Olimpiadas en el 68 y el Mundial del 70, además de otros eventos. Había experiencia y teníamos expertise en ese terreno”.
Ese conocimiento organizativo no sólo se reflejaba en la logística del torneo, sino en algo más sutil: la manera en que México se mostraba al mundo y, al mismo tiempo, se miraba a sí mismo.
Mientras la televisión proyectaba un país que estaba de pie, dentro del estadio —y fuera de cámara— se vivía otra dimensión del Mundial: la experiencia personal. La del joven que no sólo observaba el poder, sino que también quería gritar gol y formar parte de la fiesta.
Vivir el Mundial desde dentro: entre palco, poder y multitud
La justa futbolera se construyó como una gran narrativa hacia afuera, pero también hubo otra historia que se jugó en paralelo: la de quienes lo vivieron desde dentro.
No desde la grada común o desde una casa, ni únicamente desde el poder; sino en ese punto intermedio donde el protocolo convive con las ganas de gritar gol.
En ese equilibrio se movía Enrique de la Madrid Cordero —quien para ese entonces tenía 24 años— y recuerda aquel verano no sólo como el hijo del presidente; sino como un joven que, entre trajes formales, accesos restringidos y estadios llenos, también encontró la forma de vivir el futbol con la misma intensidad que el resto.
—¿Cómo recuerda la imagen en términos de vestimenta en ese momento?—
“Me tocó acompañar a mi papá —Miguel de la Madrid Hurtado (Colima 1934 - Ciudad de México 2012)—, en la inauguración, y ahí sí recuerdo que fuimos de traje. Se le daba mucha formalidad a la ocasión y fue muy solemne (...) No existía un palco presidencial como tal, pero fue un momento único. Mi papá no fue a muchos juegos que yo recuerde; pero, en mi caso, la policía de la Ciudad de México tenía un palco pequeño pero muy bien ubicado, y ese es el que nos prestaron. Yo traté de ir a la mayoría de los partidos en la Ciudad de México”, comentó con alegría.
Alejado de los trajes y las corbatas que la moda proponía en 1986, De la Madrid Cordero comentó a MILENIO dos cosas: su pasión por el balompié y el recuerdo de ese torneo en tierras mexicanas:
“Me gusta el futbol, la habilidad y el trabajo en equipo. Soy aficionado al Barcelona, en esas épocas ofrecía un espectáculo extraordinario, casi como un concierto”, dijo en exclusiva.
—Con su gusto por este deporte, ¿cómo vivió el Mundial entre protocolo y ambiente personal?—
“La parte oficial fue solo la inauguración y probablemente la clausura. Alejado de los eventos, el Mundial lo vivía con amigos. Íbamos al futbol con entusiasmo. El estadio lleno es impresionante, hay una energía muy especial. (...) No lo vivía de manera protocolaria, sino más como un ciudadano con la posibilidad de asistir. Fue mucha fiesta y alegría, un veranito que hacía falta”.
—¿La gente en los estadios lo reconocía?—
“Sí, siempre hay gente que te reconoce, sobre todo por la televisión. La familia del presidente tenía más exposición, pero nunca como ahora. No existían redes sociales, entonces la visibilidad era menor”.
Entre ese veranito lleno de alegría, el centrocampista de los Pumas, Manuel Negrete, hizo vibrar al Azteca con una tijerilla que marcó el primer gol ante la selección de Bulgaria. La única ocasión en que el Tri alcanzó los cuartos de final fue jugando en casa, hasta que Alemania detuvo el sueño de la afición.
—¿Recuerda dónde vio el gol de Manuel Negrete?—
“Debió haber sido en televisión. Ayer lo volví a ver y dices: qué gran gol. Algunos dicen que sigue siendo el mejor gol de México en un Mundial”, comentó.
—¿Cómo recuerda la sensación colectiva de pasar por primera vez a cuartos de final?—
“Fiesta, ánimo, alegría, banderas, felicidad. Como somos los mexicanos, pero en ese momento más porque lo necesitábamos”.
—¿Volvería a vivir una experiencia así?—
“Claro que sí. Es una oportunidad. Yo le llamo suerte. Haber tenido la oportunidad de vivir eso y de conocer México. Hoy, por ejemplo, no he comprado ni un boleto para el Mundial del 26. Lo voy a ver desde la televisión”.
Ese recuerdo, atravesado por la emoción colectiva, también estuvo acompañado por otro elemento clave de toda generación: la música. Porque si el futbol marcó el pulso de aquel verano, fueron las canciones las que terminaron de construir su atmósfera.
El soundtrack y la moda, los ingredientes ideales para una fiesta
Si algo termina de fijar la memoria de una época no es sólo lo que se ve, sino lo que se escucha… y cómo se viste. Mientras el balón rodaba en las canchas mexicanas; la música y la moda acompañaban la reconstrucción emocional de un país que necesitaba ritmo, identidad y una forma de volver a mostrarse al mundo.
—¿Qué música escuchaba en 1986?—
“Debía haber sido Luis Miguel, entre otros. También música de los 70. Juan Gabriel, José José, música pop americana (risas).”
Ese universo sonoro dialogaba directamente con lo que se veía en la calle, en la televisión y en los estadios. La moda de la época fue puro exceso: volumen, brillo y actitud protagonista. Todo orbitaba entre el poder, el deporte y el espectáculo, tres códigos que también definían el espíritu del Mundial.
En las mujeres, las siluetas fuertes con hombros exagerados y cintura marcada construían un power dressing sin matices. Colores intensos, telas brillantes y maquillaje sin miedo acompañaban peinados grandes, casi arquitectónicos.
Figuras como Madonna o Grace Jones llevaban ese dramatismo al límite, mientras Whitney Houston lo traducía en glamour pulido y la Princesa Diana de Gales en elegancia con poder. En México, esa estética encontraba eco en Verónica Castro, Lucía Méndez y Daniela Romo: brillo, presencia y narrativa televisiva.
En los hombres, el estilo se movía entre el ejecutivo relajado y el sporty cool: trajes con hombreras, camisas abiertas, cadenas discretas y una fuerte influencia atlética impulsada por el propio Mundial.
Denim, chamarras bomber y tracksuits dominaban el paisaje. Lo encarnaban figuras como George Michael o Don Johnson, mientras Prince rompía códigos desde lo andrógino. En clave mexicana, nombres como Luis Miguel, Andrés García y Manuel Mijares marcaban esa mezcla entre pulcritud, espectáculo y emoción.
Y, por supuesto, el futbol también vestía: Diego Maradona y Hugo Sánchez convirtieron el uniforme deportivo en símbolo cultural, llevando el lenguaje del juego más allá de la cancha.
En ese cruce entre música, moda y futbol, 1986 no sólo fue un Mundial: fue un evento donde México no sólo se mostró al mundo, sino que se decidió sacudirse por un rato el contexto social de la nación
—¿Cómo vivía la música y la moda en ese momento?—
“Sí me gustaba. La música siempre es muy importante, te da alegría y sentido de pertenencia. Antes la escuchabas en el radio; hoy en plataformas. Es parte de la identidad de cada generación”.
Esa idea —la de la música y la moda como formas de pertenecer— también ayuda a entender cómo han cambiado estos eventos con el paso del tiempo, y cómo se viven hoy en un mundo atravesado por nuevas plataformas, audiencias globales y una exposición constante.
El regreso de FIFA y la oportunidad de destacar mundialmente
A diferencia de 1986, cuando la televisión concentraba la narrativa y el objetivo era mostrar a un país que se levantaba tras la crisis, el Mundial de 2026 se inserta en un escenario distinto: uno donde la visibilidad no sólo se mide en audiencias, sino en influencia.
Hoy, organizar un Mundial implica algo más que logística o espectáculo. Siendo este el primer evento organizado con tres naciones como anfitrionas y colocando a México en un escenario de visibilidad internacional; los ojos del mundo se colocan ahora en el Estadio Banorte y en el contexto social del país… como hace 40 años.
—¿Cómo ha cambiado la organización de estos eventos hacia 2026?—
“Hay compromisos con FIFA: visas, seguridad, temas fiscales. Son contratos casi de adhesión. Pero conviene por la visibilidad global. Es turismo deportivo y tiene un impacto importante”.
—¿Cómo posiciona esto a México en el mundo?—
“Es una gran oportunidad de visibilidad, pero no hace política exterior. México no está tan presente en el mundo como debería”.
En contraste con la década de los 80 —marcada por la Guerra Fría y una política exterior más agitada—, el presente abre preguntas sobre el papel que México quiere jugar en el escenario global. Bajo esa lógica, eventos como la Copa del Mundo funcionan como una herramienta que va más allá del deporte.
—¿Qué papel debería tener México en el mundo?—
“Debería ser más activo, tener voz, incidir en las reglas internacionales. Hoy está ausente”.
—¿Estos eventos pueden servir como herramienta diplomática?—
“Sí, son oportunidades diplomáticas importantes”.
—¿Puede México ser potencia cultural a partir de esto?—
“Ya lo es, pero puede hacer más. Eventos así ayudan a fortalecer la marca país”.
A 40 años de distancia, México 86 no sobrevive únicamente por los goles, las jugadas o la consagración de figuras como Maradona. Permanece porque logró algo más difícil que ganar un partido: cambiar el estado de ánimo de un país.
En medio de la crisis, del polvo y de la incertidumbre, el futbol se convirtió en un lenguaje común que permitió, aunque fuera por un mes, mirar hacia arriba. La gente lo hizo suyo en las calles y en las casas, y toda una generación encontró en ese “veranito” una forma de volver a sentirse parte de algo.
Hoy, en la antesala de 2026, el contexto es distinto, pero la necesidad de construir relato permanece. México ya no sólo transmite una imagen: compite por atención, influencia y presencia en un mundo hiperconectado.
En ese escenario, el Mundial vuelve a aparecer como vitrina —y también como espejo—. Porque, como entonces, no se trata únicamente de cómo nos ve el mundo, sino de cómo nos encontramos en medio de la conversación.
Al final, quizá la mejor forma de entender lo que significó —y lo que puede volver a ser—, pues en palabras de De la Madrid Cordero y desde su perspectiva, está en algo mucho más simple:
“Que sea una oportunidad para unir a los mexicanos, mejorar la imagen del país y reencontrarnos”.
PD: Esta entrevista se escribió con un soundtrack que recorre los ochenta y se asoma a los noventa. Un Delorean emocional —como el de la cinta de 1985 'Back to the Future'— donde México intenta recomponerse con estilo, entre synths, baladas y pop global.
- 'Cuando pase el temblor' de Soda Stereo (noviembre,1985)
- 'Kiss' de Prince and the Revolution (febrero, 1986)
- El disco 'Entre el cielo y el suelo' de Mecano (junio 1986)
- 'Where Did Your Heart Go?' de Wham! (julio, 1986)
- El disco 'Soy como quiero ser de Luis Miguel' (julio, 1987)
- 'Come Undone' de Duran Duran (marzo, 1993)
- 'Secret' de Madonna (septiembre, 1994)
