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  • El abucheo de México ‘86. El Mundial que no perdonó la crisis ni el temblor

  • La rechifla a Miguel de la Madrid en la inauguración de México ‘86 fue más que una anécdota futbolera: fue la expresión pública de un país herido por los sismos y desencantado del poder.
El abucheo a Enrique de la Madrid en el Mundial de 1986 sentó un precedente que sigue vivo dos décadas después | Mauricio Ledesma

DOMINGA.– El Estadio Azteca no rugió por un gol el 31 de mayo de 1986. Rugió contra un presidente. La ceremonia inaugural del Mundial avanzaba según el libreto. Banderas ondeando. Música solemne. Coreografías multitudinarias. Papel picado cayendo desde las tribunas. El mundo entero observaba a México. Ocho meses y doce días antes ya habíamos sido el centro del mundo. Pero por una tragedia.

Los terremotos de septiembre de 1985 dejaron miles de muertos, edificios derrumbados y una ciudad herida que todavía no terminaba de levantarse. Por eso, la inauguración del Mundial tenía como propósito generar la narrativa y el mensaje de que México estaba listo y de pie. Que México volvía a sonreír.

Desde el palco de honor, frente a 500 millones de telespectadores globales y con un estadio lleno de 100 mil aficionados, aparecieron las palabras solemnes de la inauguración. Guillermo Cañedo, presidente del Comité Organizador, sostuvo que “con el mismo espíritu y entusiasmo que en 1970” se demostraba una vez más “que, a pesar de los serios problemas, México sigue en pie y que los tiempos difíciles se superan con unidad, cooperación y libertad”. Sonó entonces la primera rechifla.

Luego habló el presidente de la Federación Mexicana de Futbol, Rafael Álvarez del Castillo, quien se fue por el mismo camino verbal: “después de los graves acontecimientos de septiembre último [el país] decidió llevar a cabo el Mundial antes que evadirlo, ya que debemos demostrar al mundo que podemos salir avantes en cualquier empresa por difícil que esta sea”. Se intensificó la segunda rechifla.

Tocó el turno a João Havelange, entonces presidente de la FIFA, y surgió un breve paréntesis de respeto. Pero cuando cedieron la voz al presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado, la gente enardeció y entonces se desató ese abucheo que pasó a la historia. No fue una silbatina aislada ni una protesta localizada. Fue una ola sonora que recorrió el estadio, como una ola. Un ruido áspero y continuo. El momento duró unos 45 segundos. Para quienes estaban ahí pareció mucho más.

México 1986: el “veranito” que cambió el ánimo del país con un Mundial
En la inaguración del Mundial de 1986, el presidente Miguel de la Madrid dio el banderazo de salida | Fototeca Milenio.


Martha Anaya, periodista, lo recuerda con precisión en entrevista. “Los agarraron calientes a todos”, me dice como si fuera ayer cuando documentaba su crónica a unos cincuenta metros del palco de honor, donde estaban la comitiva presidencial, los directivos de la FIFA y los invitados especiales.

“Desde temprano, el sonido no llegaba bien a las partes altas del estadio. La gente llevaba horas esperando bajo el sol que pegaba a plomo, en pleno verano. Algunos hacían la ola. Otros chiflaban e improvisaban su propia fiesta. Cuando comenzaron los discursos oficiales, el ánimo ya estaba muy cargado. Con lo del ‘85 encima, pues bueno, se la cobraron a lo grande al presidente”, remata Anaya.

Detrás de los personajes que pronunciaron las palabras inaugurales estaba el hijo del expresidente. Enrique de la Madrid Cordero tenía 23 años y, según los recuerdos que comparte para DOMINGA, sostiene que “mi papá nunca se dijo afectado por ese abucheo. Tenía un carácter fuerte, siempre lo tuvo”. Confiesa y suelta una risa. “Sólo porque yo no podía chiflarles en el palco”. A pesar de la sorpresa, mantuvo la cordura, dice, siempre se apegó a la formalidad y a los protocolos.

Anaya pudo observar de frente y a detalle los rostros en ese palco ante la rechifla de la multitud. “Recuerdo mucho la expresión de Miguel de la Madrid”, me cuenta. “Continuó con su discurso como si no estuviera ocurriendo nada”. Igual que cuando dijo, en medio de los escombros del terremoto, que el país no necesitaba de la ayuda internacional para su reconstrucción. Parco, serio, casi gris.


La Ciudad de México seguía mostrando cicatrices visibles del terremoto.
Había edificios apuntalados. Predios vacíos donde antes existían vecindades. Familias esperando indemnizaciones. Brigadistas convertidos en héroes ciudadanos. Familiares que nunca pudieron ser rescatados de los escombros. Aún se respiraba el luto. El terremoto seguía ahí, aunque la televisión intentara convencernos a punta de jingles mundialistas que el mundo estaba unido por un balón.

Por ello el abucheo resultó tan poderoso, no fue solamente contra un hombre. Fue contra una época, contra una manera de gobernar, contra la distancia entre el discurso oficial y la realidad que millones de mexicanos seguían viviendo. A falta de urnas verdaderamente confiables y de las redes sociales que hoy abundan, el estadio se convirtió en el lugar donde la gente pudo reclamar al poder.

Esquina de Avenida Juárez y Avenida Balderas tras el sismo de 1985
Esquina de Avenida Juárez y Avenida Balderas tras el sismo de 1985 | Fototeca Milenio

El derrumbe del PRI

Resulta tentador pensar que ese abucheo inauguró la caída del PRI-Gobierno. La realidad es más compleja, pero sí parece haber sido una especie de señal, una advertencia o un síntoma de que el partido hegemónico ya no jugaba sin rivales en la cancha y con el árbitro en el bolsillo. Aunque debemos ser puntualmente cronológicos: esta historia no comenzó en 1986.

Dieciocho años antes, otro presidente ya había sentido lo que era enfrentar a una tribuna encendida y había descubierto que las multitudes deportivas podían convertirse en algo mucho más peligroso que una manifestación política. El 12 de octubre de 1968, diez días después de la matanza de Tlatelolco, Gustavo Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos. Cuando apareció ante las tribunas, los aplausos se mezclaron con rechiflas y rechazo. Dos años después, durante la inauguración del Mundial de 1970 –el primer Mundial mexicano–, las mentadas volvieron.

Gustavo Díaz Ordaz fue el primer presidente en enfrentar (en dos ocasiones) a una tribuna furiosa
Gustavo Díaz Ordaz fue el primer presidente en enfrentar (en dos ocasiones) a una tribuna furiosa | Fototeca Milenio


Alejandro Rosas, escritor e historiador, considera que no ha existido otro episodio comparable con el de 1986. “Es el peor abucheo que se ha llevado un presidente de México”, afirma. “Ni Gustavo Díaz Ordaz en 1968 ni las rechiflas que siguieron en los años posteriores alcanzaron aquella intensidad. Era la frustración y el enojo. Una manera de desquitarnos de lo terriblemente mal que había operado con el temblor y de la terrible crisis económica que nos atravesaba”, sostiene Rosas en entrevista para DOMINGA.

“Nadie se dio cuenta en ese momento de lo importante que había sido la propia sociedad frente a la inoperancia del gobierno”, explica Rosas. “Después del terremoto, miles de ciudadanos se organizaron por su cuenta para rescatar personas, repartir ayuda y reconstruir comunidades”. El abucheo de 1986 fue, en cierta forma, una extensión emocional de esa misma energía colectiva: la tribuna convertida en cancha de protesta ante la inacción e ineficiencia de las autoridades.

Martha Anaya lo describe con otra imagen. “Las muchedumbres tienen otra lógica. Cuando estás en el anonimato, las cosas funcionan distinto. La masa actuó como un organismo único y aquel sábado, a mediodía, decidió hablar”. Pero el periodismo calló y se apegó al sistema. Eran otros tiempos y la censura no permitía que las ocho columnas de un diario rezaran: “¡Abucheo monumental al Presidente!”.

“En el palco de prensa teníamos pantallas. Mirábamos la filmación de los compañeros. Sobre todo de los extranjeros, porque a los nacionales no nos dejaron hablar tanto del abucheo. Casi nadie lo mencionó. En aquel entonces no podías ponerlo como entrada de nota. Pero lo consignabas en la crónica, mencionando un poco porque aún tenías encima los famosos estigmas: ni contra el presidente, ni contra la virgen, ni contra el Ejército”, dice Anaya.

La prensa calló ante el histórico abucheo que recibió el presidente Miguel de la Madrid | Fototeca Milenio
La prensa calló ante el histórico abucheo que recibió el presidente Miguel de la Madrid | Fototeca Milenio


Rosas recuerda que pocos meses después de la coronación de Argentina en el ‘86, llegarían otras crisis políticas en el país. Uno de ellos fue el conflicto electoral de Chihuahua, donde las protestas ciudadanas, las huelgas de hambre y las movilizaciones masivas lideradas por el PAN, rechazaban el presunto fraude electoral cometido por el PRI a favor de su candidato a la gubernatura del estado. La otra fue el surgimiento de la Corriente Democrática dentro del PRI que provocaría una grave ruptura interna y la salida de un bloque de priistas que terminaría llevando a Cuauhtémoc Cárdenas a ser candidato de la oposición de izquierdas en 1988.

La tribuna disparó un balón al ángulo superior y la política, muy pronto, recogería la pelota dentro de su propia portería. El sistema no cayó en 1986. Pero comenzó a mostrar grietas. “Con el Mundial, México comenzó a perder la inocencia”, resume Rosas. Quizá por eso el episodio del abucheo sigue resultando tan incómodo cuarenta años después, porque detrás de una anécdota futbolera se esconde un momento de transformación política.

El Mundial como fachada

Si el futbol fue utilizado como un mantra gubernamental y turístico para demostrar que México podía superar sus crisis, la gran paradoja de 1986 es que Colombia no lo pudo hacer. El país sudamericano era la sede original del Mundial, pero renunció a la organización cuatro años antes a consecuencia de su profunda crisis económica y de violencia provocadas por la narcopolítica emprendida por el célebre Pablo Escobar.

El 25 de octubre de 1982, el entonces presidente Belisario Betancur anunció la declinación oficial bajo una frase histórica: “El Mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial”. Entonces, México tomó la estafeta tras derrotar a Estados Unidos y a Canadá ante el consejo de FIFA en Zurich, Suiza. Cuando ocurrió el terremoto del 19 de septiembre de 1985, durante semanas se discutió incluso la posibilidad de retirar la sede. Pero la FIFA, al ver las arcas y recursos de la principal televisora y del gobierno y aliados, decidió mantenerla.

Carlos Calderón, cronista e historiador del futbol mexicano, recuerda en conversación para DOMINGA que el Mundial terminó funcionando como un acelerador nacional. “Muchas obras que probablemente habrían tardado años en realizarse se ejecutaron en cuestión de meses. La prioridad era mostrarle al mundo un país capaz de organizar el evento deportivo más importante del planeta”, sostiene. En resumen, la narrativa oficial era clara. México estaba unido, era solidario y la nación seguía adelante.

El sismo de 1985 puso en discusión si México debía o no mantener la sede para el Mundial de 1986
El sismo de 1985 puso en discusión si México debía o no mantener la sede para el Mundial de 1986 | Fototeca Milenio


Durante la ceremonia inaugural, Guillermo Cañedo, presidente del Comité Organizador, lo resumió con una frase que parecía escrita para la televisión internacional: “México seguía en pie pese a las adversidades”. Pero debajo de esa narrativa existían otras historias: las de los damnificados, la inflación, la enorme deuda externa y una sociedad que quería perderle el miedo al régimen.

Previo a la celebración de la Copa Mundial de hace 40 años, Martha Anaya recuerda que también existía una enorme operación cosmética. “Le dieron una manita de gato a las sedes”, dice al recordar zonas como Ciudad Nezahualcóyotl. Carlos Calderón ofrece detalles todavía más gráficos: “incluso colocaron arcilla pintada de verde en donde no había pasto para simular su existencia. Levantaron bardas de lámina que tenían al frente los logotipos del Mundial para ocultar las viviendas precarias.”. El Mundial debía demostrar que México estaba listo para el futuro.

El problema fue que el país real seguía asomándose detrás de la escenografía y durante 45 segundos esa escenografía se vino abajo con una rechifla. El futbol había servido de vitrina, pero la tribuna recordó que la realidad no se podía tapar con pintura verde, blanca y roja.

La pelota vuelve a casa

En junio de 2026 el Mundial volverá al Estadio Azteca. Las pantallas serán más grandes. Los controles serán más estrictos. Los boletos serán más caros. Los teléfonos inteligentes convertirán a cada espectador en un potencial transmisor global. Ya no existe el monopolio informativo de los ochenta. Ya no existe aquel PRI. Ya no existe aquella televisión. Y sin embargo hay algo que permanece.

Martha Anaya piensa en la polarización actual. Alejandro Rosas cree que ningún gobernante ignora aquella lección histórica. Carlos Calderón observa otro cambio fundamental: el Mundial ya no pertenece al público popular que llenaba los estadios en 1970 y 1986. Hoy es un espectáculo cada vez más exclusivo, más caro y más controlado. El historiador cuenta cómo el Mundial de 1986 fue un parteaguas. No sólo por lo que ocurrió en la cancha –el gol de tijera de Negrete, la magia de Maradona, el ansiado quinto partido al que llegó México– sino por lo que se vivió fuera de ella: un país golpeado por el terremoto, una economía en crisis y un gobierno que intentaba maquillar la realidad con pintura color verde y el logo de México ‘86: tres círculos simulando un balón al centro y los dos hemisferios a cada lado.


Calderón recuerda que el torneo se preparó con seriedad futbolística
: se eligió como entrenador al serbio Bora Milutinovic (que era el timonel de los Pumas), se agendaron giras internacionales, una base sólida de jugadores de Pumas y la llegada de Hugo Sánchez como estrella. En contraste, el proceso rumbo a 2026 luce improvisado, con tres técnicos distintos, delanteros extranjeros ocupando las plazas y boletos a precios inalcanzables. “[El Mundial del] ‘70 y ‘86 fueron mundiales pensados para el pueblo. Dime ahora cómo vas a pagar 120 mil pesos por un partido”, señala. La comparación entre épocas es inevitable.

“En el ‘86, pese al sismo y la inflación, el Mundial encendió la emoción popular. Claro, se jugaron los 52 partidos en el país, hubo 12 ciudades sedes en siete estados de la República, no como ahora que sólo tendremos 13 partidos en total. Los boletos se vendían en abonos (en paquete para poder asistir a varios partidos) y se hacía casa por casa, la gente intercambiaba recuerdos con turistas y por un mes se olvidaban las tragedias”, concluye Calderón. Hoy, con un futbol VIP, de lujo y gentrificado, la efervescencia parece apagada a punto de que suene el silbatazo inicial.

Ahora nos enfrentamos a otro cuestionamiento. No si habrá otro abucheo o si un presidente volverá a exponerse a una multitud. Sino a una pregunta más de fondo: ¿todavía existe un lugar donde el poder pueda escuchar, sin filtros ni intermediarios, lo que realmente piensa la gente? Cuarenta años después, el Mundial vuelve al mismo estadio. El concreto podrá estar remozado, las butacas podrán ser nuevas, incluso el nombre del inmueble puede ser otro, pero hay sonidos que permanecen, que sobreviven a los sexenios. Sonidos que sobreviven a los gobiernos. Sonidos que sobreviven incluso a los Mundiales.

Pese al alza de los precios, el triunfo de Argentina y Maradona de 1986 aún era un espectáculo popular
Pese al alza de los precios, el triunfo de Argentina y Maradona de 1986 aún era un espectáculo popular | Fototeca Milenio

​Faltan cuatro días

Este jueves 11 de junio de 2026 en el Estadio Azteca –ahora llamado Banorte y renombrado “Estadio Ciudad de México” para efectos mundialistas– las cámaras volverán a encenderse. Bajo esos reflectores, veremos si el termómetro social de la tribuna vuelve a hacer sus mediciones. Por lo pronto, Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ya decidió que no se va a presentar.

Apenas dos semanas atrás, confirmó que regaló su boleto preferencial a una joven indígena veracruzana. Un gesto que luce plausible y simbólico. O tal vez es el fantasma de aquel abucheo. “Hay cosas que te marcan para siempre. El abucheo a Miguel de la Madrid fue impresionante. Aunque fueras antioficialista, lo que fueras, te daba una sensación de dolor, tristeza, pena ajena”, dice Martha Anaya. “A partir de ahí, contados fueron los funcionarios que se han atrevido a pararse a un estadio, incluso en las plazas de toros”.

Sheinbaum sabe eso. Su equipo también lo sabe. Ella estará “inaugurando” el Fan Festival de la FIFA en el Zócalo, frente al Palacio Nacional, rodeada de asesores y con un público mucho más controlado que dentro del Estadio Azteca. ¿Será que la afortunada joven que la representará estará sentada en el palco de honor? Si no es así, el gesto quedará sólo en anécdota. “El expresidente Enrique Peña Nieto inauguró en 2015 el Estadio BBVA en Monterrey… sin público”, recuerda Rosas. Es lógica social, argumenta: “quién no iría a mentarle la madre al presidente o a la presidenta en un evento público, si no lo haces, realmente no eres mexicano”.

También le pasó a Andrés Manuel López Obrador en marzo de 2019, recuerda. “Era el presidente contemporáneo con los índices de popularidad más altos [y] fue abucheado durante la inauguración del estadio de béisbol de los Diablos Rojos”.

Jurgen Mainka, director ejecutivo de la FIFA en México respondió que se decidió cuando salió el calendario y nunca ha estado en duda que no fuera en México.
Cuarenta años después, el fantasma del abucheo de 1986 aún se mantiene vivo.


No hay palabra más corta y más filosa que esa. Un abucheo no se corrige, no se explica, no se negocia: se siente, te marca, queda para siempre en el registro público. Un estadio lleno en un país polarizado es un reto brutal. No perdona. No tiene diplomacia. Y cuando ruge, lo hace para humillar.

“Mi papá nunca sintió personal ese abucheo”, insiste Enrique De la Madrid Cordero. “Hay que recordar que veníamos de los sismos del ‘85 y además México vivía en una situación económica muy difícil derivada de la caída de los precios del petróleo y de la subida de las tasas de interés. Entonces el público se enojó y silbó pero, bueno, así le hace la gente cuando está en ánimo de fiesta, de echar relajo y pues tampoco fue un tema como para tomárselo personal”, explica.

Aspirante a la candidatura presidencial opositora en 2024, De la Madrid considera que la decisión de Sheinbaum de ir o no al estadio no es sólo política. “Es una decisión de vida. Cuando eres Jefe de Estado, además de que tienes muchas cosas difíciles por resolver, también tienes la posibilidad de vivir momentos muy gratos. Si después del abucheo mi padre hubiera decidido no ir a la final del ‘86, no hubiera podido entregar la Copa Mundial en manos de Diego Armando Maradona. ¿Por qué limitar las buenas vivencias solo por cálculo político?”, dice.

Era la oportunidad perfecta para que Sheinbaum se apropiara del Mundial, de este símbolo cultural y deportivo que ha sido distintivo máximo del machismo desde su primera edición en Uruguay hace 96 años. La ceremonia inaugural de su edición norteamericana 2026 tiene una proyección oficial estimada por la FIFA de 6 mil millones de espectadores a nivel global, lo que lo posiciona como uno de los eventos televisivos y digitales más grandes de la historia. Pero decidió que no jugará ese partido.

GSC

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Enrique Hernández Alcázar
  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio
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