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  • “Nos gentrificaron el Mundial”: Santa Úrsula Coapa se resigna a festejar los goles desde la azotea

El fútbol pasó de ser una fiesta popular a un privilegio con boletos impagables y experiencias inaccesibles | Especial

El Mundial promete una fiesta histórica, pero en Santa Úrsula Coapa se viven boletos impagables, rentas al alza, comercio desplazado y vecinos que se resignan a celebrar desde la azotea.

DOMINGA.– “Nos gentrificaron la ilusión”. La frase es de Miguel Reina, documentalista, guionista y creador del pódcast Balón y banqueta. Intenta con ella resumir un sentimiento que –piensa– comparten miles de aficionados frente al Mundial 2026. El torneo más esperado, que regresa luego de cuarenta años y por tercera vez al Estadio Azteca, se ha vuelto en un espectáculo inaccesible para quienes sueñan con entrar a sus renovadas gradas.

Durante décadas el futbol había sido una de las pocas utopías sociales que aún funcionaban. El deporte más popular del planeta tenía una característica extraordinaria: permitía que en un solo estadio convivieran obreros, estudiantes, comerciantes, burócratas, migrantes y turistas. Durante noventa minutos desaparecían –al menos simbólicamente– las jerarquías sociales. Así que la tribuna era una democracia imperfecta pero vibrante.


Miguel lo explica con ironía y tristeza: fue más fácil cruzar el mundo para asistir a la inauguración del Mundial de Sudáfrica en 2010, que conseguir un boleto para el partido inicial que se celebrará en su ciudad natal, la Ciudad de México. Mismo día: 11 de junio. Mismo evento: el juego inaugural de la Copa del Mundo. Mismas selecciones: México vs. Sudáfrica. Contexto distinto.

Hace 16 años viajó de mochilazo hasta Johannesburgo. Con ahorros limitados, sin reservaciones de hotel y con la solidaridad de varios paisanos que le ayudaron a pagar su estadía. Grabó un documental, consiguió uno que otro patrocinador y logró estar en el Estadio Soccer City cantando el himno nacional mexicano. Hoy, como muchos otros mexicanos, sólo verá el mundial desde el sillón de su sala.

Los procesos de la FIFA lo han dejado fuera: organizó –en su sitio web oficial– sorteos aleatorios con millones de solicitantes, filas virtuales interminables y boletos que en reventa oficial o en plataformas como StubHub o Viagogo alcanzan desde los 40 mil pesos en las localidades más alejadas de la cancha y hasta un millón de pesos en las zonas VIP. “Se gentrificó el futbol”, sentencia.

Lo que era una experiencia popular se transformó en lujo premium. El estadio que antes reunía a familias enteras ahora se convierte en espacio VIP, con hospitality y zonas exclusivas que unos pocos privilegiados pueden pagar.

Miguel lo resume con una imagen poderosa, que quizá se repite en cada mundial alrededor del planeta pero que describe su incomodidad presente: “los niños que viven junto al Azteca escucharán desde las azoteas de sus casas el himno nacional y los goles de México, pero nunca podrán entrar […]. La esencia del futbol es lo popular, nació en las calles, en los barrios. Hoy lo han convertido en algo de lujo”.

Protestas en contra del Mundial 2026 en el Zócalo Capitalino
Protestas en contra del Mundial 2026 en el Zócalo Capitalino | Especial


Ante la exclusión, decidió narrar el Mundial desde la calle, la cantina, la plaza pública. Su proyecto Balón y banqueta busca recuperar su esencia popular: partidos que se ven en los puestos de tacos, durante cascaritas improvisadas, donde se cantarán los goles vía las pantallas gigantes que instalarán en las alcaldías. “El futbol nació en las calles”, dice mientras se recuerda de niño, entrando al estadio de la mano de su padre. “Y desde ahí lo voy a documentar”.

La paradoja es brutal: el Mundial que debía ser motivo de ilusión en su propio país se ha convertido en motivo de impotencia.

“Antes podías ahorrar tres meses y lanzarte a la aventura. Hoy es imposible. Las cifras acompañan esa percepción: el costo de los boletos ha crecido más de 900% en términos reales desde el campeonato del mundo en Sudáfrica, cuando todavía no existía el dynamic pricing (precios dinámicos) que hoy abundan”, remata Miguel Reina. Es más, de Sudáfrica a nuestros días, las entradas aumentaron.

Y no sólo es el precio de los boletos, la FIFA se ha dedicado a gentrificar el deporte que explota hasta la última gota de diversas maneras. Por ejemplo, destina hasta 35% de sus lugares preferentes y los llamados hospitalities para los patrocinadores, para compromisos corporativos y para quienes pueden pagar una “experiencia 360” que incluye hasta un Airbnb dentro del Estadio Azteca que tendrá como anfitrión al pentapichichi mexicano Hugo Sánchez.

La FIFA rediseña también los estadios para otro tipo de consumidores. Lo que antes requería meses de ahorro hoy exige niveles de ingreso que colocan el evento fuera del alcance de la mayoría. El resultado no sólo es económico, es simbólico. La ilusión ya no alcanza.

Viviendas transformadas en alojamientos turísticos

La gentrificación del futbol no ocurre solamente en las tribunas. Desde enero de 2026, a seis meses del arranque del Mundial, comenzó el reordenamiento del mapa de quién se hospeda, dónde se hospeda y para quién se rediseña la ciudad. Departamentos que antes alojaban familias ahora operan como hospedaje temporal para visitantes internacionales.

Va un botón de muestra: el proyecto de activismo y procesamiento de datos Inside Airbnb –que monitorea el impacto del alquiler de corto plazo en el mundo, con sede en México– reveló que cada 48 horas, en la Ciudad de México, tres viviendas dejan de estar disponibles para alquiler residencial y se vuelven alojamiento turístico. Durante la primera mitad de 2026, se sumaron 770 nuevos espacios en plataformas de renta corta, en un contexto donde los desalojos siguen siendo parte del paisaje urbano.

Memorial Urbano, cuenta de Instagram que se autodefine como una “iniciativa colectiva para hacer memoria frente a los estragos que causan la gentrificación, la turistificación y la financiarización de la ciudad”, sostiene que cuatro demarcaciones, las dotadas de mejores servicios y mayor centralidad, concentran 81% de la oferta total de Airbnb: la alcaldía Cuauhtémoc se mantiene como el epicentro indiscutible del negocio con 12 mil 514 alojamientos (46% del total de la ciudad). La firma consultora Deloitte México estima un crecimiento de 61% en el número de anfitriones de turistas de corta estadía a causa del Mundial 2026.

Colectivos marcharon contra la criminalización emprendida en Santa Úrsula de cara a la Copa Mundial 2026
Colectivos marcharon contra la gentrificación en Santa Úrsula de cara a la Copa Mundial 2026 | GALO CAÑAS/CUARTOSCURO.COM


Alrededor del Mundial moderno orbita una economía gigantesca. Para los 13 partidos que se celebrarán en suelo mexicano, Deloitte prevé una derrama económica total superior a los 4 mil millones de dólares, algo así como 0.14% del PIB nacional. El futbol sigue siendo el pretexto, pero el negocio es el centro.

No sólo se encarecen boletos y se convierten las tribunas en espacios VIP. También transforma los barrios que rodean los estadios.

En Santa Úrsula Coapa, donde está el Estadio Azteca, los vecinos resienten que aumenten las rentas, desaparezcan los habitantes históricos y el barrio comience a cambiar su identidad. Piensan que esta fiesta global se está convirtiendo en otra cosa.

La zona vive en un ecosistema híbrido: mezcla de economía popular de alta rotación y plusvalía intermitente detonada por eventos masivos. En días ordinarios, su tejido productivo descansa en micronegocios: tienditas, fondas, talleres, comercio informal y servicios barriales que operan con márgenes reducidos y clientela local; es una economía de subsistencia con alta densidad de autoempleo. Pero en días de partido –y ahora, en la antesala del Mundial– ese mismo territorio se convierte en una zona de captura de renta extraordinaria: miles de visitantes, consumo acelerado, ocupación total de espacios, presión sobre transporte, agua y servicios. Esa dualidad parece haber comenzado a romperse.

Las obras y remodelaciones que podrían leerse como desarrollo y modernización, los vecinos perciben están pensados para los turistas que vendrán durante un mes y luego se irán. “Este es el Mundial del despojo”, dice una habitante originaria de cuarta generación. La nombraremos Alondra porque nos pidió resguardar su identidad por razones de seguridad. Tampoco permite que las cámaras la retraten. Su voz refleja la preocupación. “Se está haciendo obra pública para un particular, para el dueño del estadio, y con el dinero de todos”, denuncia.

Los vecinos acusan que el Mundial favorece a inmobiliarias y amenaza con desplazar a los habitantes históricos. “No quieren ver la realidad. Se dejan manejar por operadores [...] y por los intereses inmobiliarios”, afirma. Para Alondra, la Copa del Mundo ha sido el pretexto perfecto para acelerar un proceso de transformación urbana que beneficia a corporativos y promotores.

Los habitantes de Santa Úrsula sienten que el evento más grande del planeta los deja fuera de su propio barrio: “nunca vamos a volver a tener tan cerca el Mundial y tan lejos”, resume Alondra.

Una ‘Reta AntiFIFA’ afuera del Estadio Azteca

En Santa Úrsula Coapa el partido se disputa en otra cancha: una improvisada entre conos naranjas y en las narices del Estadio Azteca. El autodenominado Frente Antigentrificación convocó a la Reta AntiFIFA, un partido de futbol callejero que se realizará el mismo día de la reinauguración del Coloso, como una forma de resistencia simbólica. Su plan es cerrar los carriles centrales de Tlalpan, en el bajo puente del Estadio Azteca, para convertirlos en una cancha.

Justo ahí me encontré con Natalia Lara, una de las integrantes la Asamblea Antimundialista –una especie de conglomerado de organizaciones vecinales y grupos ciudadanos, como la Asamblea de Vecinos de Santa Úrsula Coapa, el Observatorio de la Colonia Juárez y varias organizaciones de pueblos y barrios originarios.

Ahí, al pie del estadio que ahora llevará el nombre de un banco nacional, Natalia me explica con claridad: “La cancha es también una forma de ejercer la revolución o la protesta social. Para nosotros evidenciar la pérdida de espacio público por la privatización de estos eventos significa apropiarnos nuevamente de las calles”.

“El año pasado encontramos departamentos por siete u ocho mil pesos. Hoy, esos mismos espacios rondan los 25 mil. Esto es especulación inmobiliaria”.

La reapertura del Estadio Banorte será el próximo 28 de marzo con el partido entre México y Portugal
La reapertura del Estadio Banorte será el próximo 28 de marzo con el partido entre México y Portugal | REUTERS/Quetzalli Nicte-Ha


La gentrificación se manifiesta en desalojos silenciosos, reubicación de comerciantes en formatos de renta más caros y reducción de espacios. El Frente Antigentrificación denuncia que incluso el agua se ha privatizado: para abastecer el Azteca han sobreexplotado el acuífero y dejado descobijadas otras colonias. La protesta se articula en torno a principios: el futbol como derecho, no como mercancía. “El futbol debe ser de protesta, no mercantilizado. Queremos retas en la calle para que no se privaticen los espacios como lo está haciendo el Azteca”, dice Lara.

El mapa de afectación es amplio: 17 colonias alrededor del Estadio han sido declaradas zona de impacto. Para los vecinos, el torneo mundialista-negocio inmobiliario se aleja de la vivienda popular. “Lo que va a dejar esto es el desalojo, el desplazamiento de las personas”, resume Natalia.

Y sin embargo, el futbol les ayuda a resistir. Con sus retas improvisadas –donde realizan partidos callejeros en colonias afectadas por la gentrificación donde lanzan consignas contra el despojo del agua, el aumento de las rentas y la privatización de áreas comunes y realizan pintas de murales o grafitis con causa sobre publicidad comercial en torno al futbol– pretenden fortalecer la integración comunitaria y apropiarse simbólicamente del espacio público.

Resisten con la idea de que este deporte no nació en los palcos, sino en las calles. Con dos piedras como portería y con una lata usada como balón.

Las obras por em Mundial 2026 ha desplazado a comerciantes de la zonas aledañas
Las obras por el Mundial 2026 ha desplazado a comerciantes de la zonas aledañas | Mariana Morales

Tarjeta roja al comercio local en Santa Ursula Coapa

En los alrededores del Azteca se ve un gran cambio visual: antes veías tienditas coloridas y puestos de comida ambulantes. Hoy reina el color rojo y blanco de la compañía refresquera patrocinadora oficial del Mundial de Futbol. Ya quedan pocos puestos de elotes con queso, de tamales o de garnachas en las calles. Sandra Talleres, vecina y comerciante, expone que desde que iniciaron las obras de remodelación, su vida y su negocio de hamburguesas y jochos cambiaron por completo.

“Desde que empezaron a abrir las calles, el agua llega sucia. A veces no tenemos, a veces apenas un chorrito gris o rojo. No se puede usar. Y mientras tanto, pavimentan, vuelven a abrir, vuelven a pavimentar. Es dinero mal invertido, porque aquí hacen falta muchas otras cosas”, relata.

Incluso el tianguis de los martes ha perdido clientela. Las calles cerradas impiden el paso de la gente, los puestos ya no llegan y las ventas se desplomaron. “Al no haber gente, no hay entrada económica. Mi mamá tenía su negocio en el estacionamiento del Estadio, pero desde que empezaron con la dichosa reparación [en mayo de 2024] se acabó. Sin trabajo, sin entradas”.

Las obras de remodelación alrededor del Coloso han desplazado al comercio local
Las obras de remodelación alrededor del Coloso han desplazado al comercio local | REUTERS/Quetzalli Nicte-Ha


La gentrificación se refleja también en las rentas comerciales.
Un local muy pequeño ya cuesta 16 mil pesos. Antes eran dos mil 500 o tres mil 500 pesos. Todo porque viene el Mundial.” El resultado es que muchos comerciantes no pueden sostener sus negocios y cierran. Sandra denuncia además la corrupción: “Ya hay comentarios de que, si queremos poner puestos en la calle durante el Mundial, tenemos que entrarle con una lana. Quieren absorber toda la vendimia del Estadio”.

Lo que más duele, me dice sin compartir su nombre un vendedor de dorilocos, es la exclusión. “Antes, los vecinos podíamos aprovechar los eventos. Ahora no vamos a poder ni acercarnos al estadio”, se queja amargamente.

Y los datos lo respaldan porque la FIFA sólo permitirá que se vendan productos de sus socios comerciales. El contraste le parece evidente: las grandes marcas tienen asegurada su presencia dentro y fuera del Azteca, mientras que los comerciantes locales serán desplazados o condicionados. “Si queremos vender, hay que entrarle con dinero”, remata de cabeza. Es la informalidad regulada como filtro de acceso. A los comerciantes les sacaron la tarjeta roja.

Casi el enganche de un departamento para un partido de futbol

El 21 de junio, en el Mundial de 1970, el Estadio Azteca parecía una marea humana. Más de cien mil personas ocupaban cada rincón del coloso de Santa Úrsula para ver la final entre Brasil e Italia. El Rey Pelé saltaba por encima de la defensa azzurri para marcar uno de los goles más emblemáticos de la historia, Jairzinho recorría la banda derecha como si el balón estuviera unido a su pie y Carlos Alberto cerraba la jugada más perfecta que haya visto una Copa del Mundo. Aquella tarde el planeta parecía caber dentro de un estadio de la Ciudad de México.

Pero lo extraordinario de aquella final no fue únicamente el futbol. Las tribunas estaban llenas de gente común. Familias enteras que habían ahorrado durante semanas para comprar un boleto cuyo precio oscilaba entre 1.07 y 5.73 salarios mínimos de la época. El Mundial, entonces, seguía siendo una fiesta popular.

Dieciséis años después, cuando México organizó su segunda Copa, la escena se repitió con nuevos héroes y nuevas narrativas. Diego Armando Maradona convirtió el Mundial de 1986 en una epopeya personal: desde “la Mano de Dios”, hasta “el gol del Siglo” y su albiceleste campeona. El Azteca volvió a rugir. Los precios habían aumentado, cierto, pero el modelo seguía permitiendo que los aficionados comunes participaran del espectáculo. Los abonos para 13 partidos costaron entre 4.40 y 73.19 salarios mínimos. Incluso el paquete más caro seguía perteneciendo a una categoría que hoy suena casi arqueológica: espectáculo popular. En 2026, el escenario es otro.

La playera de Diego Armando Maradona del mundial México 86 ha regresado a Argentina (AFP)
Diego Armando Maradona en el mundial México 86 | AFP


Más allá de la inflación comparada y del paso del tiempo, el Mundial moderno funciona bajo la lógica del capitalismo algorítmico: la gran demanda digital. Los sistemas de venta dinámica permiten que los precios fluctúen según el comportamiento del mercado, mientras que la reventa digital multiplica los costos hasta niveles que rozan lo surrealista.

En StubHub o Viagogo los boletos para la inauguración en el Azteca se cotizan entre los 123 mil y 927 mil pesos. Casi el enganche de un departamento al oriente de la ciudad por entrar a un partido de futbol.

Ya para la fase final en el mismo estadio, los precios superan en algunos casos el millón de pesos dentro de los paquetes premium conocidos como FIFA Pavilion, que incluyen asientos en zonas preferentes o palcos exclusivos, acceso a lounges privados, alimentos y bebidas de alta gama tipo buffet internacional, experiencias previas y posteriores al partido, atención personalizada, entretenimiento en sitio e incluso apariciones o dinámicas con exjugadores y figuras del futbol.

Y ni qué decir de la gran final: un boleto en Nueva York –que originalmente costaba 7 mil 875 dólares– ya se ofrece en casi 20 mil dólares en varios sitios web.

A ese ecosistema se suma el fraude digital: paquetes falsos, boletos inexistentes, estafas que proliferan cuando la demanda rebasa cualquier lógica de acceso. Cuando el espectáculo se vuelve inaccesible, el engaño encuentra terreno fértil. Hace tres semanas, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum emitió un comunicado para alertar sobre posibles fraudes electrónicos en la compra de boletos vía la reventa –que no está permitida para el Mundial en México–.

En la época de las fake news y el phishing, los malandros digitales suplantan la identidad de empresas, bancos o de la propia FIFA vía correo electrónico, mensajes de texto o por WhatsApp. Crean sitios con la imagen, logotipos y estilos gráficos casi idénticos a los oficiales para lanzar “oportunidades únicas” o “descuentos por tiempo limitado” y así obtener información sensible de los usuarios y venderles entradas a los partidos a precios estratosféricos.

En torneos recientes, estos fraudes han movido millones de dólares. La recomendación oficial es comprar en plataformas autorizadas. Pero incluso esa advertencia revela una paradoja: cuando el espectáculo se vuelve inaccesible, el engaño encuentra terreno fértil.

Silbatazo final al futbol

La industria global del deporte se ha convertido en uno de los negocios más rentables. La FIFA genera miles de millones de dólares en cada ciclo mundialista, los patrocinadores pagan fortunas por aparecer en las transmisiones y las ciudades compiten entre sí para organizar el torneo ofreciendo infraestructura, incentivos fiscales y promesas de desarrollo urbano.

El futbol se hizo premium dentro de la economía del entretenimiento global. “Todo empezó con la gentrificación de la señal de televisión: si quieres ver el Mundial completito, hay que pagar. Desde ahí se empezó a generar una disociación”, dice Roberto Remes, urbanista y especialista en movilidad. Como los grandes festivales musicales, los eventos convertidos en experiencias VIP, las ciudades transformadas en parques temáticos del turismo internacional. La economía del espectáculo ya no vende eventos. Vende experiencias y exclusividad, aspiraciones. O sea, por definición, implica exclusión.

Sin rodeos, la Copa de la FIFA seguirá siendo uno de los espectáculos más grandes. Los ratings seguirán rompiendo récords, los patrocinadores continuarán invirtiendo miles de millones y las ciudades celebrarán el impacto económico. Pero en algún punto del camino algo podría perderse. Algo que no aparece en los balances financieros de Zúrich y sus grandes patrocinadores. Tampoco en los informes de la derrama turística para los gobiernos anfitriones.

La sensación de que el Mundial era una fiesta del pueblo se está diluyendo. Porque una fiesta puede ser espectacular. Puede ser gigantesca. Puede ser rentable. Pero si la gente común y corriente ya no puede entrar al estadio, entonces quizá ya no debemos hablar de fiesta popular sino de un negocio extraordinariamente exitoso… sólo para sus dueños.

Fin del partido.


GSC/ASG



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Enrique Hernández Alcázar
  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio
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