EDICIÓN ESPECIAL: Arrancamos el 2026 con siete crónicas escritas por autores menores de 30 años. La Generación Z revisa el México de nuestros días.
DOMINGA.– Estoy sentada en una gran mesa comunitaria en la que unos gringos alzan la voz para platicar con los que tienen enfrente. Llegué tarde a la conversación. Ya pasó la parte, que me sé de memoria, en la que cada uno dice de qué estado es, en qué trabaja, y se ensalza con algún título como “creative director” –director creativo– o “art curator” –curador de arte–. Eso significa que ganan un chingo trabajando desde su compu, por si tenían la duda.
Los nómadas digitales siempre están llenos de “projects”, así les llaman vagamente. Y estas mesas fueron ideadas para que unos ocho gringos se sienten tranquilamente a trabajar en sus proyectos. Si por pura casualidad se da que en la mesa están sentados siete gringos y una mexicana es sólo eso, una casualidad.
Me he propuesto tener el día más gringo posible en Ciudad de México. Estoy tomando un latte frío con leche de macadamia “hecha en casa” en el paraíso del coworking: una exfábrica abandonada en la colonia Doctores. Bueno, abandonada ya no porque ahora está llena de cafeterías, residencias artísticas, tiendas independientes, extranjeros con cámaras colgadas al cuello…
Laguna fue una fábrica de encaje desde los años 30 del siglo pasado y hasta 2016. Conserva su estilo industrial, como es la moda en muchas de las cafeterías de la zona. Los únicos arreglos que se han hecho consisten en reparar puertas, ventanas y barrotes, y pintarlos de color verde: “El tono verde de los antiguos telares”, como se lee en una inscripción en español e inglés sobre una ventana de este lugar.
–¡Qué sorpresa, una cafetería con paredes de ladrillos! –es una de mis burlas favoritas cuando paseo por la Roma, la colonia vecina y adinerada de la Doctores.
La realidad es que las paredes de ladrillos constituyen gran parte del valor simbólico de estos barrios que fascinan a los extranjeros. Los procesos de gentrificación en las grandes ciudades se dan específicamente en los vecindarios que poseen ya un valor cultural e histórico antes de poseer el alto valor de mercado por el que se les reconoce. Hace unos diez, o incluso seis años, antes de la pandemia, el rumor del corredor Roma-Condesa era ese: que en esas colonias vivían muchos artistas. Cuando salía a pasear por esa zona, la actividad era ir visitando galerías.
Había ya unos cuantos restaurantes con propuestas culinarias innovadoras, como Lardo, en la Condesa, o Rosetta en la Roma, ambos de la chef Elena Reygadas, pero sólo eran conocidos por los locales y por uno que otro aficionado a la gastronomía. Fueron sitios como éstos, con capital cultural, los que atrajeron la inversión económica a la zona. Ahora, a forma de simulacro, de referencia al pasado, los restaurantes y galerías dejan “la identidad e historia” de las construcciones a la intemperie, como se lee en la ventana de esta exfábrica.
Cómo ser un auténtico nómada digital
Los gringos vienen a México a hablar con otros gringos. Eso pienso mientras estoy sentada en la mesa comunitaria de coworking. Aunque eso lo sé desde la primera vez que viajé con una amiga a Los Cabos. Los americanos que se alojaban en el mismo hotel sólo se hacían amigos entre sí. Señoras veteranas de Carolina del Norte con güeritas jóvenes de Los Ángeles y rednecks de Texas, todos conviviendo en armonía aunque no se hubieran ni volteado a ver si se encontraran en su propio país. Lo que tienen en común es que aquí todos se sienten superiores al mismo nivel. En Estados Unidos, esta combinación tan excéntrica hubiera generado una lucha de egos y de ideologías políticas, pero aquí –donde casi todos suben la voz cuando hablan porque están muy pero muy orgullosos de que su primer idioma sea el inglés y no el español–, aquí todos son parte de una bella nación indivisible.
–Oh my God, ¿tú también eres de América? –se preguntan entre ellos. Como si no fuera obvio, para empezar. América para ellos significa Estados Unidos.
No es que crea que los gringos tengan la culpa de todo. Son, en parte, un chivo expiatorio ante la falta de protección que existe de parte del Estado hacia los habitantes y negocios locales. La estructura legal de la Ciudad de México, ahora lo sabemos, no estaba lista para recibir altas cantidades de turismo y de inmigración sin que esto dañase el tejido social.
El habitante original estorba como un mueble viejo que no combina con la nueva paleta de colores. Los nuevos negocios corren a puestos callejeros que han existido por décadas porque consideran que dan una mala impresión, que no combinan con su estética minimalista-beige. El derecho a quedarse se paga en dólares y a quien no le guste, que se vaya.
Los estadounidenses resaltan por su vanidad, sí, pero esto no pasaría de ser un motivo de burla si no fuera porque se ha ido desalojando lentamente la colonia para volverla un Airbnb gigante, donde gringos platican con gringos y los atienden mexicanos que deben sí o sí hablar inglés.
Tal vez los extranjeros no quieran platicar conmigo porque no tengo ningún proyecto que presumir ni soy directora creativa de una pequeña marca independiente, pero definitivamente les gusta tomarme fotos. Ahora que me cambié a un sillón individual cerca de la entrada ya pillé a dos, por ejemplo. Ver a una mexicana de veintitrés que parece de quince hecha bolita leyendo es para ellos como estar en un zoológico.
Volteo por instinto y veo una cámara apuntada y vuelvo a ver hacia mi libro como si no me diera cuenta. El extranjero toma la foto y se va, ni siquiera se molesta en avisarme que me tomó una foto.
Aunque no es verdad que ninguno me hable…
–¿Eres mexicana?
–Sí.
–Lo supe porque estás chiquita, las mexicanas suelen verse más chicas que su edad real.
–(…)
–¿Me das tu número?
–(…)
Bueno, ya he trabajado en mi computadora en una mesa comunitaria con siete gringos, ya me tomé un latte con leche vegetal, ya me tomaron dos fotografías en las que espero verme misteriosa e interesante, ya me pidió mi número un Youtuber de Chicago que vive en Polanco desde hace dos años. Ya vine a un lugar de moda también, pero es tan grande esta fábrica que apenas hice fila detrás de cuatro personas para ordenar mi café. Creo que lo que me falta para tener una verdadera experiencia gringa en Ciudad de México es hacer una fila de verdad. Ah, y comer tacos caros.
Qué graciosos somos los mexicanos cuando paseamos
Voy caminando de regreso a la Roma y delante de mí van dos coreanas-americanas muy distraídas con su ‘selfie-stick’. Avísale a cualquier chilango mayor de cincuenta años que vas a la colonia Doctores y te dirá que con cuidado, que no lleves el celular afuera, que ahí asaltan, que ahí iban a fiestas de luz y sonido cuando estaban jóvenes y que siempre terminaban en madrazos.
Pero la realidad es que estas primeras dos cuadras aledañas a la Roma ya son más bien una extensión de ella. Los extranjeros se adentran en estas calles sin noción de ningún peligro, con su laptop en la bolsa, cámara fotográfica al cuello y el iPhone en la mano.
Me dirijo al Pasaje Parián –una plaza comercial con una arquitectura que fusiona el Art Nouveau con estilos historicistas medievales, la cual alberga tiendas y restaurantes– porque ahí hay una taquería en la que diario y a todas horas hay una fila absurdamente larga. Siempre que paso pienso: ‘Pobres estúpidos, esos tacos no son los buenos’, pero hoy estoy intentando ser uno de ellos. Además, capaz voy y hago la fila de una hora y resulta que sí estaban buenos. Y luego capaz y me ven ahí diario haciendo mi fila de una hora.
El Pasaje Parián fue unos de los edificios que la inversión privada rescató. Fue, originalmente, un mercado local que se deterioró con el terremoto del 85 y cayó en un abandono total tras el del 2017. La resurrección urbana de la zona implicó también la recuperación de espacios comunitarios.
Donde hubo letreros de demolición durante cinco años, la inversión privada llegó y reconstruyó en menos de un año. El dinero entró donde el Estado llevaba décadas ausente. Llegaron luces, árboles cuidados y se rescataron fachadas históricas que estaban al borde del colapso.
Restaurantes, librerías, galerías, cafés y foros culturales activaron una economía que genera empleo y comunidad. Beneficiarse de los nuevos espacios culturales y recreativos, y protestar contra la falta de regulación que existe ante la gentrificación no son actividades mutuamente exclusivas.
Durante mi recorrido me detengo en una boutique de ropa de segunda mano. Al frente hay una playera de Metallica con el cuello raído que cuesta 1,900 pesos mexicanos. Más atrás hay una playera blanca medio percudida que dice “Gustavo Ángel: a unos les caigo bien y a otros no”, con un collage de tres retratos del susodicho. Según Google, es famoso por ser vocalista del grupo Los Temerarios. Algún extranjero suertudo se llevará esta joyita por la tremenda cantidad de 750 pesos mexicanos. Me voy porque la niña de la entrada me avienta una mirada condescendiente por estar checando los precios.
Los empleados de esta zona, aunque también sean mexicanos, están acostumbrados a vernos con indiferencia porque muchos de nosotros no dejamos dinero. Sólo vamos y perdemos su tiempo viendo cosas que ni vamos a comprar. Esa es nuestra diversión en las galerías y las boutiques: ir a ver. Qué graciosos somos los mexicanos.
Me imagino que algún citadino de las Lomas o del Pedregal se puede ofender con esa afirmación. “Yo no soy un jodido”, dirá. “Yo sí voy a las boutiques y a las galerías a comprar cosas”. No sé. Sólo lo digo porque he notado que en fines de semana gran parte del público de la zona son mexicanos “fresas” que han encontrado diversión en una zona ante la cual antes eran más o menos indiferentes.
Los comúnmente apodados whitexicans –mexicanos blancos de clase alta– tienen en común con los gringos que gritan cuando están en zonas que ellos creen bendecir con su presencia. Por eso sé que entre semana en la avenida Álvaro Obregón hay más gringos; y que en fin de semana hay más mexicanos, de los cuales el 50% habla en un volumen normal y el 50% habla gritando. Saquen de eso las conclusiones que deseen sobre clase social porque yo no trabajo en el Inegi.
–Yo no creo que tenga nada de malo que suban los costos de la zona. Si no les alcanza para vivir aquí, que se muden a otro lado –me dice con mucha seguridad un mexicano de veintisiete años que acaba de comprarse un departamento, no en la Roma sino en la mera orilla de la Doctores.
Bueno, en realidad sí hay mexicanos con solvencia económica para tener una auténtica tarde de shopping en la colonia Roma, pero son pocos. Según Pepito Veneno, galerista urbano que se instala los fines de semana frente a la fila de los Tacos del Valle, sobre la avenida Álvaro Obregón, un 20% de sus compradores son mexicanos y un 80% son gringos.
Una fila de casi dos horas para comer unos tacos
Me formo en la fila de los Tacos del Valle a las 7:20 pm. Aquí empieza la travesía. Paso los primeros cinco minutos contando la cantidad de personas formadas en la fila y los pasos que me toma llegar de la cola a la puerta del restaurante. Hay aproximadamente 65 personas formadas, que equivalen a unos 21 grupitos de dos a cuatro personas. Tardo 35 pasos en llegar al inicio.
7:25 pm. Okay. ¿Ahora qué hago? Me entretengo checando el negocio callejero de botas que está instalado a esta altura de la calle. Recuerdo que en 2021 compré aquí unas vaqueras que me salieron muy buenas. Aún las uso y ni se les notan los cuatro años que tienen encima. Entonces las botas me costaron 350 pesos. Costaban 400 pero le regateé al vendedor porque no traía más dinero ese día. Hoy las botas están en promedio en 1,450 pesos.
Además, el negocio ha crecido bastante. Tienen muchos más modelos de zapatos y una cuenta de Instagram que iniciaron el año pasado, en agosto de 2024. ¡La modernidad está aquí!, o te le unes o te hundes. Ahora los puestos callejeros también recurren al modelo del influencer, del pequeño emprendedor que es al mismo tiempo su propio ‘manager’.
No todo puede ser blanco o negro. Para “Boots Zapato Retro”, la gentrificación ha sido más bien bastante redituable. Se han adaptado a ella. Para los gringos es divertido conocer el modelo del negocio callejero con el vendedor agraciado, el que no sólo te vende sino que se hace tu amigo, al menos por unos minutos.
Todos quieren una rebanada del pastel. El pastel, en este caso, es el flujo económico que los extranjeros traen a la zona. Aunque siempre ha habido vendedores ambulantes, la cantidad se ha multiplicado año con año a partir de la pandemia. 7:40 pm: veo a dos vendedores de enjambres que recitan su monólogo habitual a las familias mexicanas:
–Hola, guapa. ¿Me regalas tu número?... Ahhhh, no te creas, lo que pasa es que ando vendiendo enjambres…
O intentan explicarle a los extranjeros qué chingados es un enjambre:
–Dul-ce –enuncia lentamente para ver si así le entienden mejor–. Ceeeereal. Cho-co-la-te. ‘Twenty’ pesos.
Durante mi estancia de una hora con cuarenta y tres minutos en la fila, me entretuve contando. En total, tres vendedores de enjambres. Un rapero con bocina y micrófono portátil que le dedica algunos versos a cada uno de los comensales. Cuatro vendedores de gardenias. Tres vendedores de dulces y cigarros. Tres que pedían “una monedita, por favor”. Pasaron caminando en total ocho personas con la playera del concierto de Bad Bunny. Un hombre pasa diciendo: “No los he probado pero he escuchado que están bien buenos”; otro comenta: “Mira, aquí esperan dos horas por unos pinches tacos”.
–Dicen que tal vez Bad Bunny se dé una vuelta por aquí.
–Yo creo que va a ir a Contramar, todos los famosos van ahí cuando están en Ciudad de México.
Yo no creo que vaya a ningún lado.
Ya casi somos Nueva York
A las 8:31 pm llegó un señor a tocar “La Chona” en una melódica que parecía marca ‘Mi Alegría’. A las 9:03 por fin pasamos. Comí los pinches tacos. La neta sí están buenos… La neta sí regresaría. El campechano especial fue mi favorito. Tortilla de harina con queso, pastor rojo, pastor negro, un aderezo de la casa parecido al chipotle cremosito que se usa en el sushi, pedacitos de tempura que le dan un toque crujiente a cada mordida, una buena porción de aguacate en cada taco. Los clásicos estaban bien, aunque sus especialidades son lo que hacen que sientas que la espera valió la pena. Eso, y que después de hacer fila por casi dos horas, pues ya tienes más que suficiente hambre.
Los precios de sus especialidades como el taco de “Campechana especial” o el “Tijuanita” oscilan entre los 109 y los 139 pesos mexicanos. Las flautas, entre 179 y 245. Si no eres muy glotón, puedes esperar gastar unos 500 pesos por persona entre los tacos, el agua y la propina.
Mi travesía termina a las 10:03 pm. Una hora y 43 minutos de espera en la fila más una hora comiendo tacos. Pienso que para cerrar de una manera auténticamente gringa debería comprarme una dona muy monchosa de Randy’s. Pero voy y me paro frente a la fachada y me parece un verdadero crimen visual. Es un local auténticamente gringo. Con luces blancas como de interrogatorio y detalles naranja fosforescente. Creo que ya no tengo más apetito.
El último paso de la gentrificación es el rompimiento con la referencia. Si bien en los primeros años de este proceso los restaurantes que se instalaron en el corredor Roma-Condesa intentaron tener una identidad visual cargada de historia, o traer una propuesta gastronómica original, como la exfábrica de la Doctores o el Pasaje Parián, ahora, con el influjo de dinero tan abundante en la zona, estas máscaras ya no son necesarias.
Negocios como Randy’s Donuts, Joe and the Juice y Los Atarantados ponen en sus fachadas motivos naranja fosforescente, rosa chillón o verde incandescente por encima del local que rentaron, y les basta el marketing, ya no el capital cultural, para tener filas de personas esperando afuera.
–Va a ser una dona estilo Homero Simpson, por favor.
–¡Qué bueno que ya hay Joe and the Juice en México, siempre que voy a Estados Unidos paso por un shake de proteína! ¡Son deli!
–¿Sabías que aquí comió Katy Perry?
La Roma es ya una referencia de la Roma. ¿Para qué conservar sus edificios? Muchos de los conjuntos habitacionales que se construyen lo hacen detrás de las fachadas originales, como si todos fuéramos cerdos incapaces de voltear la cabeza y darnos cuenta de que sólo es la fachada antigua con el edificio nuevo atrás. Esto no es una ofensa, por cierto, los cerdos literalmente no pueden voltear hacia arriba.
Pero también hay muchas constructoras que, muy quitadas de la pena, derrumban la casa original y ponen un nuevo edificio de concreto con balcones genéricos al frente, y un letrero neón en la entrada que dice alguna ridiculez como “live, laugh, love” –vive, ríe, ama–, porque saben que la localización es suficiente para pedir arriba de nueve millones por departamento.
Así, un proceso que se inició por la arquitectura e historia de una zona, va perdiendo valor cultural por el enorme capital invertido en ella. Los barrios gentrificados de Nueva York ya no son más que zonas de edificios gigantescos y tiendas de cadena. La Roma parece ir hacia allá. La Condesa y la Doctores siguen esos mismos pasos.
En fin, mañana iré a Contramar a ver si me encuentro a Bad Bunny.
*Sofía Frausto estudia el sexto semestre de la Licenciatura en Literatura y Creación Literaria en Casa Lamm, tiene 23 años y acostumbra caminar las calles de la Ciudad de México en busca de restaurantes originales, librerías independientes y cafeterías.