Transfiguración, esa es la condición de lo no visto. Imanta desde el interior del cuerpo. Lo intangible encuentra otras formas, se traduce, se acomoda. Las imágenes que nos despiertan —esas identidades voluntariosas— responden a un llamado bello y primitivo. Su observancia puede transferir la sensibilidad: la lleva hacia distintos modos de soberanía, hacia otras formas de conocimiento. Entrar en la transfiguración implica una ética.
La escritura, como el ejercicio o la siembra, se vuelven entonces una forma de meditación. Una manera aguda de sentir. En ella regresamos a ese rostro que, fantasmal, se adentra en nuestra mirada; a esa carne vista que, por el deseo inesperado, el pensamiento intenta aprisionar.
Como el deseo de besar unos labios: se oculta en las palabras o se contiene en el saludo. Al acercarse a la mejilla, las manos toman tu cabeza, se posan cerca de la nuca —como si se sostuviera algo preciado—, y así se acercar el rostro a la mirada primero. Ahí ocurre el desplazamiento: la imposibilidad se transfigura.
A veces basta manejar de noche, cruzar los puentes de una ciudad, para verlos convertirse en emociones sólidas que te sostienen, que sostienen la música que escuchas. El exterior deja de ser un paisaje: es alegría descarnada que te rodea.
El dolor, por ejemplo, puede devenir en belleza si surge de cuerpos buenos; la agresión, en ocasiones, se transforma en aquello mismo que la generó. Los resultados se desplazan, se transfiguran, prevalecen: construyen o destruyen. Lo sabía John Keats: “La poesía de la tierra nunca cesa”. Mas los ojos humanos transforman todo lo que su vista alcanza. Para un ser animal podemos ser amenaza o una extensión de lo que para ellos es equilibrio. Somos, a la vez, corporalidades terribles y necesarias. Y lo más perverso, insistimos en adjudicarle a la naturaleza creencias sesgadas, como “honrar lo masculino”, que defienden la hegemonía y el poder sobre lo femenino una vez más. Eso que no se ve subyace tras las palabras manipuladoras. Como escribió John Stuarrt Mill (1860): “La injusticia, como todos los seres, engendra a su semejante”. Lo que no se ve a lo largo del tiempo permanece vivo, como la injusticia histórica que engendra el racismo. Es así que debemos observar lo que reproducimos.
La propia mirada se transfigura cuando se detiene en otros ojos: se abre al color para sentir su velocidad en el cuerpo. Se transforma al observar una flor que atraviesa, con su suavidad, tu esencia. Se abre tu mirada al percibir cómo la lluvia vuelve a tus ropas pesadas, sinuosas. Se abre cuando sabes que las rocas contemplan las olas junto a ti.
A los costados de las carreteras, las alambradas vigilan. El metal declara que la tierra es propiedad de alguien; no dice qué ocurrió ahí. Hay un silencio que lo envuelve: el metal deja de serlo, se transfigura en evidencia, en una dignidad que destella para quien logre advertirlo. Porque para reparar el daño —ya sea difamación, abuso, robo de tierras o genocidio— hacen falta palabras: son necesarias la disculpa, el resarcimiento y la garantía de no repetición.
También, lo que no se ve es la espiritualidad que se transfigura en el mestizaje, en ese ir y volver de la memoria, en traerla consigo en un cabello largo que es huella del Pueblo/Nación N’dee. Esa espiritualidad nos dice que somos terrestres, luminiscencia de una concha de abulón. Nos muestra el camino de la belleza: cuidar bien de un árbol, tomar uno de sus frutos y, con asombro, descubrir que hay más; ello se transforma en gratitud.
Dejar partir a quien desee irse. Irse también, sin que nadie nos detenga por los hombros, es libertad. Libertad de pensamiento, libertad de rectificar, libertad de lo que se calla y de lo que se dice:
“Ven a verme en mis sueños, amor mío —escribe Mary Shelly—. No habría para mí mayor regalo. Ven, mi amor, con la luz de las estrellas y acaricia mis ojos con tus besos”.
Tal vez por eso los recuerdos son luciérnagas ardientes y atormentadas, como la tierra.
AQ / MCB